Las mejores firmas madridistas del planeta

Zidane, el ágrafo

Escrito por: José María Faerna12 mayo, 2017

 

Hay cierto tipo de cosas que son más eficaces cuanto menos están. Esto lo explican mejor los místicos y los poetas, pero tampoco vamos a ponernos aquí estupendos saltando de la sintaxis a la hipóstasis como los sacerdotes que se hacen la lengua un lío ante el Simón del Desierto de Buñuel. Benzema, ese artista de la desaparición sobre el que debió escribir Kafka, dio el miércoles una lección práctica: allí no hubo más presencia material que tres colchoneros papando moscas. El gran viejo de Calanda –que de haberle dado por el fútbol en lugar de por el boxeo bien podría haber formado en aquel Madrid pionero de señoritos elegantes e ilustrados que se oreaban al aire de la Colina de los Chopos– sabía aterrizar estos enigmas más mundana y baturramente, como cuando da cuenta de aquella fórmula del dry martini en que la botella de vermú se sostiene en alto entre la copa de ginebra y una persiana entrecerrada, de modo que un rayo de sol incida sobre aquella y fecunde esta sin mancharla ni enturbiarla en inmaculada concepción. O en aquella otra inolvidable de Hawk Eye Pierce en MASH que reza así: cinco partes de ginebra y un minuto de silencio por el vermú. ¡Cuánto necesita el fútbol moderno del ojo de halcón!

Llega un momento en que del Madrid ya casi no se puede ni escribir de tanto como rebosa, puro deslumbramiento. Ya solo se puede escribir de Zidane. Es imperativo escribir de Zidane pensando en nuestros nietos, como Platón, Jenofonte y Hermógenes escribieron de Sócrates pensando en los suyos precisamente porque Sócrates jamás escribió nada. Sócrates es una sombra que se hace presente a través de su equipo sin quitarle un gramo de protagonismo. Lo mejor de Zidane es todo lo que no tiene, que es exactamente todo lo que la prensa harapienta echa de menos en él un día sí y otro también: un sistema, una alineación tipo, un carnet, una ideología futbolística –¡una ideología futbolística!, repítanlo conmigo muchas veces, como un mantra enloquecido: ¡Una ideología futbolística! ¿Se puede ser más berzotas?–. Me importa un bledo aburrirles proclamando artículo tras artículo que el Madrid está hoy en el mundo para salvar al fútbol y que Zidane es su profeta, su brazo ejecutor, su superhéroe, su Frodo portador del anillo entre las asechanzas de Mordor.

Y todo sin escribir una línea entre esa turbamulta de entrenadores que te sacuden a cada rueda de prensa con sus obras completas en la cabeza, la Biblia en cartoné que decía mi padre. “¿Sabes?”, dice recurrentemente Zizou con su sonrisa desarmante cuando responde a la prensa en lo que parece una muletilla inocente. Pero lo que verdaderamente está diciendo es que si tú no te das cuenta no merece la pena que venga yo a explicártelo. Como todos los verdaderos visionarios, Zidane se limita a ver lo que está ante los ojos de todo el mundo cuando ellos miran para otro lado. Es una obviedad sonrojante que un equipo realmente grande que solo se conforma con ganar todo lo que juega no puede jugar de una sola manera. Con Zidane hemos visto jugar al Madrid mejor y peor, pero casi siempre lo hemos visto ganando; lo hemos visto controlando los partidos con una consistencia italiana y reventándolos a la carga; dominando la posesión y golpeando a la contra; administrándolos con sabiduría y resolviéndolos con una fe inexpugnable. A eso, los harapientos lo llaman no tener estilo, cuando el estilo es el Madrid, estúpido. Zidane no tiene un manual –¿se imaginan a Sócrates escribiendo un manual?–, ni un dibujo redentor ni un elixir engañabobos en forma de bálsamo de Fierabrás para entrenar. Zidane no tiene un equipo A ni un equipo B, tiene un  equipo prodigioso al que no le cuesta nada recordarle a cada momento que es prodigioso, porque él era prodigioso jugando al fútbol, como sabe cualquiera que lo haya visto jugar, y todos sus chicos lo han visto jugar igual que usted y que yo. A Zidane cualquier pordiosero con ordenador en una redacción se cree con derecho a pedirle cuentas por sentar a este o al otro cuando no hay entrenador en el mundo que reparta minutos entre sus jugadores como él, como los Reyes Magos reparten juguetes entre los niños.

Zidane es el entrenador, pertenece a una raza que se eleva muchas cotas sobre los Guardiola, Mourinho, Benítez y Bielsa.

Yo sé y ustedes saben que el Madrid este año va a ganar la Liga y la Copa de Europa. Pero aun si no fuera así, porque el fútbol es el más imprevisible de los deportes y precisamente por eso es el más grande, deberíamos seguir con Zidane muchos años porque la distancia entre él y la mayor parte de la profesión es insalvable. Zidane es el entrenador, pertenece a una raza que se eleva muchas cotas sobre los Guardiola, Mourinho, Benítez y Bielsa. Su constelación es otra, la de los Shankly, Busby, Muñoz, Luis Aragonés. Esos tipos que sabían que un entrenador, como decía Ortega de los grandes actores, apuesta su suerte a hacerse invisible, su gloria es transitiva, se escribe a través de otros a los que al acabar el partido se pregunta en un recodo del vestuario, sin una mueca de más, cómo saliste de ahí, que es lo que le dijo la otra noche Zizou a Benzema. Tipos que hicieron historia cosidos a la devoción de un escudo, aupados sobre los hombros de sus mayores y mostrando a sus retoños la ruta para trepar hasta los suyos, no vendiendo Biblias en cartoné de puerta en puerta como tristes mendigos millonarios.

 

 

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

15 comentarios en: Zidane, el ágrafo

  1. Creo que en esa constelación se debería incluir también al gran Luis Molowny, otro ejemplo de entrenador que sabía hacerse invisible.

    1. Estimo en mucho a Molowny, pero no es exactamente lo mismo. Molowny directamente pasaba toda la responsabilidad a los jugadores y se desentendía, al estilo de lo que hacía Del Bosque, al que no estimo tanto. Es un estilo de entrenar que tiene su aplicación, pero que no vale en el medio plazo.

      Lo raro de ZZ es que ahí quien manda es él, pero que actúa en función de los jugadores. Es lo que dice el autor. Es una rareza.

      1. No se en que se basa para decir que Molowny se desentendia y curiosamente esto mismo se decía en su tiempo de Muñoz y de alguno más. Personalmente creo que, al igual que ahora Zidane, en su momento Molowny era bastante más entrenador de lo que la prensa decía lo que pasa es que ya en su época se estaba incubando este periodismo infame por el que se cuelga un San Benito a alguien y ya no se analiza nada más y a D.Luis le tocó el de "salgan y jueguen como saben"