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Ya no se habla del Real Madrid

Ya no se habla del Real Madrid

Escrito por: Mario De Las Heras6 noviembre, 2018
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No sé cuando se dejó de hablar del Madrid para hablar de madridismo. Puede que nunca se hablara del Madrid. Puede, incluso, que el madridismo existiera antes que el Madrid. Si no existiese el Madrid, todo ese madridismo andaría por ahí suelto. Imagínense. Así que el Madrid no puede ser más que una bendición, un lugar donde todos esos madridistas se recogen o son recogidos como en una misión.

El madridismo es esa misión cuyos inquilinos se han rebelado sobre la propia esencia de la misión. Es como si la hubiesen tomado, repoblado y reinventado. Sobre el Madrid han elevado edificios. Barrios enteros en los que todo el mundo habla de madridismo. Es como un desarrollo urbanístico descontrolado que nació a causa del Madrid y donde del Madrid no queda nada.

Todo se juega fuera del campo, en esa periferia pseudoteórica de la que todos esos vecinos no quieren salir. Es como el embrutecimiento, el envilecimiento y el empobrecimiento que se decía de los pueblos. Al Madrid su propia afición lo ha hecho subterráneo. Lo que mayormente se ve es una barriada -como aquella de Roma al principio de la Dolce vita mientras llega Jesucristo en helicóptero- donde los madridistas se gritan y discuten sobre cosas fútiles convertidas en ciencia y filosofía y sociología y política de andar comiendo pipas.

No hace mucho sólo había un poco de impertinencia e inoportunidad en el casi extinto pipero (lo que vino después de la seriedad del chascarrillo y la tertulia breve y la retranca), que hoy ha evolucionado en doctores y visionarios apócrifos en distintas materias. Hace mucho tiempo que el Madrid se quedó atrás, o debajo, más bien. Es posible que usted, madridista, esté poniendo sus pies ahora mismo sobre lo que antes fue un monumento clásico.

El Madrid es un yacimiento. Y para encontrarlo hoy tiene uno que ir excavando y luego con su cepillito barriendo la tierra y delimitando cuidadosamente sus dimensiones. El Madrid es Pompeya, con sus calles asombrosas, sus casas deslumbrantes, sus frescos y sus mosaicos, incluso sus habitantes fosilizados. Sus futbolistas fosilizados, abrasados e inmortalizados por esa lava madridista en distintas posturas, como por ejemplo la de Bale llevándose la mano al muslo.

Yo no me canso de ver la figura helada de Bale llevándose la mano al muslo en el suelo, o la de Benzema llevándose las manos a la cabeza. Cómo sería su vida antes de la erupción es imposible saberlo. Pero seguramente fuese bastante feliz.

El madridismo ha engullido al Madrid de tal modo que sólo se habla del primero. Ese madridismo tan soberbio se cree más importante que el origen. Ha olvidado de dónde viene. Ha olvidado sus tesoros.

Ese madridista es un impostor, ese madridismo es lava, un okupa que cree que está permanentemente en su casa, o en el despacho, en el ágora o en la Academia de sus sueños perorando sobre madridismo como si significara algo, en vez de respetando de un modo sencillo ese lugar que lo acoge, o ese lugar que acogió a sus mayores para hacerlos felices antes de que tanta felicidad volviera idiotas a sus descendientes.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.