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Y si fuera...

Y si fuera...

Escrito por: Nanook The Eskimo15 noviembre, 2022
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En estos tiempos de incertidumbre energética y de satanización del motor de combustión interna, hacerse con un coche nuevo cabalga entre la temeridad y el masoquismo, pero qué se le va a hacer. Consciente como soy de los precios de los combustibles, he optado por un vehículo de construcción estadounidense que no requiere de la combustión de hidrocarburos, sino que, merced a un dispositivo casi mágico, obtiene su energía de un dispositivo denominado de manera críptica condensador de fluzo. Lo has adivinado, querido lector. Tengo un DeLorean.

Delorean

Haciéndole el rodaje, aún frustrado por no poder poner una cinta de Bordón 4 por haber sido el radiocasete sacrificado para albergar una pléyade de complejos sistemas, me percato de que el vehículo va como la seda. Sobrevira un poquito, eso sí, pero ¿qué tracción trasera no lo hace? Al tratarse de un vehículo norteamericano, el velocímetro está en millas, lo que me obliga a hacer un poco de cálculo mental, pero nada grave. Al zurrarle un poquito en la bajada de la cuesta de las Perdices en la A6, ocurrió algo curioso en extremo: en cuanto alcancé las 88 millas por hora, es decir, me puse a 140, algo cambió. Como por ensalmo, me vi transportado a una época diferente. Viajé en el tiempo. Era Madrid, sí, pero estaba distinto. Un vistazo a un diario As que vi tirado me informó de que se estaba elevando a los altares a Cañizares y que Hierro había marcado un golazo de cabeza importantísimo con la selección española en un enfrentamiento contra Dinamarca. Clemente de seleccionador, oigan. En el rotativo no hallé referencia alguna a croquetas ni vituperios contra Florentino Pérez. Un rápido vistazo a la contraportada me mostró la foto de una chica extraordinariamente bien proporcionada que lucía una vestimenta tan exigua como inútil.

Algo debió de cambiar en mi tránsito por el espacio tiempo, pues en esta época soy persona con una fama y prestigio tan injustificados como inmerecidos, pero me hallo invitado a un programa de variedades para sentarme en un sofá con titanes como Mel Gibson a mi diestra y Sabrina Salerno a mi siniestra, mientras la inefable Raffaella Carrá ejerce de manera magistral como anfitriona

Algo debió de cambiar en mi tránsito por el espacio tiempo, pues en esta época soy persona con una fama y prestigio tan injustificados como inmerecidos, pero me hallo invitado a un programa de variedades para sentarme en un sofá con titanes como Mel Gibson a mi diestra y Sabrina Salerno a mi siniestra, mientras la inefable Raffaella Carrá ejerce de manera magistral como anfitriona. Al parecer, mi celebridad se debía a que se me consideraba un excéntrico que había profetizado que, para el año 2000, el Real Madrid tendría 8 Copas de Europa, y que en 2022 el número sería de 14, amén de otros vaticinios de limitado interés, desde el suicido de Kurt Cobain en 1994, el cambio de gobierno en España de 1996 o que Metallica se cortarían el pelo en el mismo año.

Mel Gibson y Raffaella Carrà

Pulula por ahí un tipo bajito argentino que responde al nombre de Tony Kamo y que es presuntamente hipnotizador, habilidad que quiso probar conmigo. No es que me entusiasmara que me tocara la frente y me dijera aquello de “1, 2, 3 duerme”. El caso es que me traspuse, un sueño reparador y, ay, breve. Demasiado. Desperté como lo hago siempre, de mala leche y con ganas de ir al baño y de rascarme. En un corte publicitario satisfice mis necesidades fisiológicas y volví al plató, nada nuevo que no ocurra todas las mañanas, así que no vi nada extraordinario en cuanto a los poderes del hipnotista.

Empezamos a jugar a una cosa llamada el “Si fuera”. Se revelaba un personaje o cosa a uno de los invitados de los sofás sin que los otros lo vieran y debía responder a preguntas de éstos que, necesariamente, deberían llevar tal formulación. Casualmente, me tocó responder a preguntas sobre el Real Madrid y el Barcelona, por lo que comenzó el interrogatorio.

Sabrina Salerno abrió fuego. Con esa musicalidad italiana en su habla, preguntó “¿Si fuera un niño o chico?  La respuesta era fácil. “Si fueran unos niños o chicos”, le corregí.

Raffaella Carrà y Sabrina Salerno

“Uno de ellos sería aplicado, buen estudiante y con un tesón y fe a prueba de bombas. Eso le ha hecho granjearse la inquina y envidias de sus compañeros de colegio, gente mediocre, y también de algunos profesores que se niegan a reconocer la excelencia porque son conscientes de que es mucho más inteligente y válido que ellos. Sin duda está llamado a hacer grandes cosas en la vida. Fuera del ámbito académico, es un chico que cae muy bien con muchísimos amigos, admirado y respetado por los que cuentan con su compañía. Cierto es que hay veces que se descentra y se deja llevar, con rachas en algunos casos muy mejorables, pero es humano, así que esos despistes son perdonables, pues se compensan con mucho con todo lo bueno que hace.

El otro, por el contrario, es un niñato malcriado que se enfrenta a la autoridad con unas formas inadmisibles. Odia al chico antes referido y esa hostilidad, así como su perenne ostentación de la misma, albergan, de manera indudable, un gran complejo. No es tonto, pero sabe que no podrá ser como él, y eso termina devorándolo por dentro. Eso sí, siempre tiene una justificación victimista para cuanto no hace bien, y lo malo es que sus padres y profesores consienten y aceptan esas excusas“.

Mel Gibson creyó dar con la respuesta y farfulló con acento australiano

“¿Rinconete y Cortadillo?”.

Lamenté responder negativamente al hombre que había encarnado a Riggs en Arma Letal o a Mad Max y que iba a dar vida a William Wallace, por lo que le animé a que me preguntara su “si fuera”.

Uno de ellos sería aplicado, buen estudiante y con un tesón y fe a prueba de bombas. El otro, por el contrario, es un niñato malcriado que se enfrenta a la autoridad con unas formas inadmisibles

“¿Si fueran un tipo de música?” me inquirió.

Esto iba para largo. Tomé aliento y comencé a responder a don Mel.

“El primero que he dicho sería el resultado de mezclar a los Beatles con el Rat Pack, les añades a Led Zeppelin, Pink Floyd, los Rolling Stones, The Who, los Kinks, Queen, Guns n’ Roses, Sparks, la genialidad de Beethoven y Mozart, el sentido de la melodía de Puccini y Tchaikovsky y la capacidad de enardecer de Wagner y Iron Maiden. Esa mixtura da como resultado algo inmortal, glorioso y frenético capaz de ser a la vez épica, lírica y dramática, es algo atemporal y eterno.

El otro sería más bien la obra de uno de esos grupos que son buenos, muy buenos, pero que se creen más de lo que son. Son U2, Coldplay o Springsteen olvidando que son artistas que hacen un rock and roll cojonudo y de repente se arrogan una misión, adoptando una impostada trascendencia que resulta tan ridícula que acaba siendo risible. Tiene un punto de cansautor, de esos que tocan mal la guitarra y que ponen letras pretenciosas a sus composiciones, de manera que quieren tener mensaje y no llegan siquiera a tener recado. Por si fuera poco, están rodeados de palmeros que les dicen que son lo más grande, y ellos, criaturas, se lo creen. También tiene una componente de moda en cuanto a lo perecedero. Es un producto musical que puede tener muchísimo éxito comercial, incluso más que su competencia, pero que no puede compararse con ella en términos de pervivencia. Es, para que nos entendamos, como el reggaetón”.

“¿Reggae…qué?”, preguntó Raffaella con la confusión reflejada en su rostro.

Quise decirle que es lo que suena en 2022 en las discotecas, pero no podía explicarle a la diva, a la mujer que nos regaló “Hay que venir al sur” o “En el amor todo es empezar”, que la cosa había degenerado tanto, que sus magnas obras habían sido desplazadas por un subproducto de semejante calaña. Sólo podía explicarlo de una manera, mediante el método empírico. Te dejo aquí, querido lector, lo que revelé a Raffaella que sería el Barcelona que conozco si fuera un tipo de música.

Vídeo: Nanook The Eskimo

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