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Y querían llevar a Vinicius a Cartagena

Y querían llevar a Vinicius a Cartagena

Escrito por: Paul Tenorio3 junio, 2019
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En un partido de fútbol de Primera se hacen de media 28 faltas entre los dos equipos, algo más de 30 en Segunda y Segunda B. El Cartagena, por sí solo, le hizo 27 al Castilla. Visualicen por un momento lo que suponen 27 faltas durante 90 minutos. Cierren los ojos e imagínenlas: una zancadilla por aquí, un codazo por allá, un agarrón si te vas con metros por delante, un empujón para ganar un balón suelto, un bocadillo en el muslo que te llevas de regalo… una detrás de otra hasta llegar a 27. Zas, zas, zas, zas, 27 veces. Si son fácilmente sugestionables, puede que necesiten hasta ponerse algo de hielo o al menos un ibuprofeno.

Es imposible jugar al fútbol así. Sí, todos nosotros, y especialmente los integrantes del filial madridista, anticipábamos la encerrona que le esperaba al equipo en Cartagonova (no hubo más que ver cómo se calentó el partido desde las redes sociales del Cartagena o recordar la misma película de terror hace tres años frente a UCAM Murcia), pero igual que yo no podría escribir este artículo de ninguna manera si mientras lo intento un mono estuviera aporreando incansablemente el teclado de mi ordenador, tampoco se puede siquiera rematar a puerta cuando cada vez que atraviesas la línea medular o controlas un balón de cara sin oposición, eres derribado o agredido sin que el árbitro haga nada por ponerle remedio. Las leyes de la física prevalecen sobre cualquier principio futbolístico.

En el fútbol que se juega desde el sofá, el Castilla debió liarse a mamporros sin por supuesto que le expulsaran a nadie, ponerse a mover el balón a toda velocidad y terminar cascándole un 2-4 a su rival sin contemplaciones. Pero el fútbol de verdad, el que se juega sobre el césped, no es así. Lo que se vio en el campo fue a un Castilla atenazado e intimidado desde el primer minuto. Acojonado, por qué no decirlo. Un Castilla que tenía miedo cada vez que se abría un claro en el campo del Cartagena, porque el atrevido que osara intentar explotar ese espacio saltaba por los aires, como quien penetra en un campo de minas. Unos jugadores que iban a los duelos como si un niño de tercero tuviera que ir a quitarle el bocadillo al de sexto. Claro que el Castilla pecó de falta de experiencia. Claro que encajó dos goles de centros laterales en 12 minutos. Para eso es un equipo con una media de edad de 21 años y en el que muchos de sus jugadores hace un año se enfrentaban en categoría Juvenil a jugadores de su edad y no a ex jugadores de la Liga griega hechos y derechos. Podría haber intentado pegar lo mismo que recibió, ¿pero alguien duda que habría terminado con diez o nueve jugadores?. Esas cosas hay que saber hacerlas, y los de Manolo Díaz, como es natural, no tienen ni el cuerpo ni la experiencia todavía para librar ese tipo de batallas. Cuando vas al matadero, sólo hay un final posible. Muchos madridistas, que confunden autocrítica con autodestrucción, sólo culpaban a los suyos de no haber comparecido en el partido. A mí, en cambio, me parece una buena noticia que volvieran todos sanos y salvos a sus casas.

Al Cartagena hay poco que reprocharle, sinceramente. El club busca regresar a Segunda, con lo que eso supone económicamente tanto para la entidad como para sus jugadores, y aplastar literalmente al Castilla, llevar el encuentro al límite que marcara el colegiado, en este caso ninguno, era su obligación. Hubo cosas muy feas, claro que las hubo. Tras cada patada había un insulto asociado, una risa, una humillación extra. En la segunda parte, cuando el Castilla decidió tímidamente replicar la violencia de su rival, los locales caían fulminados sobre el campo, añadiendo a su despliegue de marrullerías toda suerte de dramatizaciones de lo más busquetianas. Desplazamientos de balón para perder tiempo en la cara del árbitro. El portero suplente interrumpiendo el juego desde el banquillo... no sólo hubo violencia: también se desplegaron todos los espectros posibles del cancherismo con la misma impunidad. Pero, insisto, nada que no hubiera hecho cualquiera que tuviera luz verde para ello en un partido tan a vida o muerte, nunca mejor dicho. El problema fue el colegiado.

Antonio Santos Pargaña, de 36 años, fue quien decidió inhibirse y permitir una escabechina que se prolongó durante 90 minutos, maquillando la estadística con tarjetas amarillas a partir del 80’ pero nunca poniendo justicia ante las dos e incluso tres expulsiones que mereció el Cartagena. Decisiones como la de no sacarle siquiera tarjeta amarilla al reincidente y malencarado Rubén Cruz (sevillano como él), que agredió con un brutal codazo en la cara a Alex Martín antes de encararse con el central madridista y soltarle todo tipo de lindezas; o la de permitir a ese caimán llamado Cordero sus reiteradas y alevosas faltas, evidencian que tenía interés en la victoria del Cartagena, en la derrota del Castilla o bien sufrió un insuperable miedo escénico. Al menos una de las tres es cierta. Su prevaricación fue vergonzosa y manchó el partido, la competición y su propia imagen, aunque su nombre no aparecerá en la operación Oikos.

no sólo hubo violencia: también se desplegaron todos los espectros posibles del cancherismo con la misma impunidad. Pero, insisto, nada que no hubiera hecho cualquiera que tuviera luz verde para ello en un partido tan a vida o muerte.

No me sale ni un reproche hacia un Castilla que no enlazó tres pases seguidos ni inquietó al portero local en ningún momento. Ni uno sólo. En esas condiciones, bastante tenían con sostenerse en pie. La temporada del Castilla es muy buena. El madridismo puede estar orgulloso. Gran parte de la campaña estuvo en puestos de playoff y, en un contexto de normalidad gracias a un árbitro que arbitró, le dio un baño en la ida al Cartagena. Un Castilla que perdió a Franchu, probablemente su mejor jugador, por una grave lesión, lo mismo que ocurrió con quizá su mejor promesa, César Gelabert. Un Castilla que cambió de entrenador a mitad de temporada. Pero un Castilla que mostró arrestos todo el año, paliando su bisoñez en un grupo de lo más difícil. Y que ha puesto en el escaparate a jugadores que apuntan ya hacia el fútbol de élite como pueden ser Cristo González, Javi Sánchez o Fran García, entre otros.

Y todo ello enmarcado en un año histórico para la Fábrica, con casi 1800 goles entre todos los equipos que suponen el récord de la última década y conjuntos como el Juvenil C que han batido los mejores registros históricos en el club en cuanto a golaverage y goles a favor. Quizá la Segunda o la Segunda B no sean los mejores escenarios para que se curtan los mirlos blancos de Valdebebas, a los que iría mejor una Liga de filiales como ocurre en muchos otros países, pero los Baeza, Aranda, Carrillo, Armenteros, Sala, Lucas Cañizares, Miguel Gutiérrez, De la Víbora, Bruno… son una realidad y oirán hablar de ellos muy pronto. La Fábrica nutre de más jugadores al fútbol profesional que ninguna otra cantera a nivel mundial y el objetivo es que lo haga también con una frecuencia creciente en el primer equipo.

Casualmente, Real Madrid Televisión había programado la emisión de una película, “Jackie Chan, Maestro de Kung Fu”, un cuarto de hora después del partido. Fueron más de tres horas de patadas, manotazos y codazos ininterrumpidos en pantalla, si bien es cierto que, comparado con lo que se vio en Cartagonova, disfrutar del bueno de Chan y sus mamporros fue una experiencia de lo más relajante, como quien se da un masaje con aceites esenciales tras una sesión de spa.

Y todavía había quien pedía a Vinicius para el partido, un chico al que el capitán del Atleti B mordió la cabeza en el Cerro del Espino en uno de sus primeros partidos en España. Si llega a jugar en Cartagena, sale de allí en ambulancia.