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Cardiff, 03/06/17

Cardiff, 03/06/17

Escrito por: Chero3 junio, 2019
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Si el Real Madrid nunca se rinde, tampoco los madridistas debemos hacerlo nunca. Esta es la historia de cómo yo, un madridista de a pie (o no tanto en ese preciso momento, como se verá) logró entrar a la Final de Cardiff, la gloriosa Duodécima, cuando todo hacía indicar que me iba a quedar con las ganas después de haber reservado avión y habitación de Airbnb en la capital galesa, y de haber adquirido mi localidad tras ser agraciado en el sorteo de socios.

Mi recuerdo de mis primeras horas en Cardiff, acompañado de otros ocho madridistas, no puede ser más lisonjero. Claro que en aquel momento aún era ajeno a las tribulaciones que me sería obligado pasar. Stephanie, la mujer con la que entré en contacto a través de Airbnb, no pudo ser más solícita, organizando para nosotros una recogida en el aeropuerto y distribuyéndonos entre diferentes habitaciones de varias propiedades en su haber. A mí me situó en una buhardilla de su casa junto a Nalls, mi cuñado, y un tercer amigo. Stephanie resultó ser encantadora, como probó mi primera conversación con ella mientras nos daba de cenar. Resultó que trabajaba como steward en el propio National Welsh Stadium donde con frecuencia se celebran grandes partidos de rugby (Six Nations incluida), donde  hace poco han tocado Beyoncé o los Rolling Stones y donde a la noche siguiente tocaba el Real Madrid, el mejor grupo de rock de todos los tiempos, presto y dispuesto a llevarse el botín ante el adversario turinés.

La juerga de la noche antes nos llevó a un local que no olvidaré, el Coyote Ugly, situado en la concurridísima St Mary Street. Allí entablamos amistad con un grupo de italianos que me animaron a encaramarme a lo alto de un toro mecánico sobre el que hice las delicias del respetable, sin sospechar que el paso previo a mi ascenso al toro (es decir, el quitarme la chaqueta y dejarla imprudentemente en cualquier parte) iba a desencadenar el desastre. La chaqueta seguía en su sitio cuando descendí del toro pero no se me ocurrió comprobar, en ese momento, si la cartera que había en uno de sus bolsillos continuaba asimismo en su lugar.

De hecho, no fue hasta la mañana siguiente cuando una llamada de la policía galesa, en combinación con una discreta resaca, me llenaron de turbación.

-We have found your wallet.

La cartera contenía varias tarjetas de presentación que facultaron a los agentes a llamarme. La turbación se acrecentó al llegar junto a mi cuñado y los otros seis amigos hasta la comisaría, donde me alegró comprobar cómo nadie había hecho uso de mi tarjeta de crédito pero donde me disgustó comprobar que había desaparecido mi bien más preciado en aquella hora y lugar, y con el cual el Destino había pagado mis desvelos a la hora del sorteo. En previsión de que pudiera serme de utilidad en los trámites posteriores, encaminados a resolver el entuerto, tramité en la comisaría la correspondiente denuncia.

Estas cosas tienen gracia, porque al principio uno tiende a pensar que todo va a salir bien, es más, que todo se va a resolver con relativa facilidad. Es solo cuando comienza un interminable desfile de un sitio a otro (y vuelta a empezar) cuando la desesperación se apodera de ti. Uno cree que un trozo de papel acartonado no puede valer tanto en pleno siglo XXI, que ha de haber formas de sustituirlo por otra forma más sofisticada de acceder al estadio. Luego vas pasando de una instancia a otra y ves que no.

Llamé al club. Me recomendaron que acudiera a la delegación del Madrid destacada en Cardiff, de donde a su vez me remitieron a la UEFA, primero a su sede en el hotel Hilton y de ahí a la oficina de la organización en el interior del propio estadio. En todos esos lugares fui tratado con gran civismo y consideración, pero nadie parecía tener capacidad para ayudarme. Circulé de un lado a otro de la ciudad con creciente desesperación.

En medio de este agónico proceso de idas y venidas, mi cuñado Nalls me recordó que Stephanie, nuestra casera galesa, que con tanta amabilidad y a un precio asequible nos había dado cobijo, trabajaba como steward en el estadio, por lo que le escribí un texto.

“Este es el teléfono de Fiona, mi jefa en el estadio”, respondió Stephanie. “Acércate al control número 10, en los alrededores el Hotel Angel, y ella seguro que trata de ayudarte”.

Tenía pocas esperanzas en esa solución, de manera que proseguí con mis idas y venidas burocráticas, incluyendo una última tentativa (las horas iban pasando y la de comienzo del partido se aproximaba inexorable) en el hotel de concentración del Real Madrid. Allí conseguimos hablar con un representante del club que nos reiteró que, por desgracia, no había nada que pudiera hacerse, por mucho que yo mostrara aquí y allá la denuncia según la cual mi entrada había sido hurtada.

El de la jefa de Stephanie era el último recurso al que podía acudir y uno en el cual yo no tenía puestas, precisamente, muchas esperanzas. Pero no había otra cosa que pudiera hacerse. Apuramos las últimas pintas en el Elevens, el pub propiedad de Bale, y a la salida me despedí de mis compañeros de comitiva.

Con la sola compañía de Nalls me dirigí al control número 10, uno de los puntos de seguridad en los alrededores del estadio donde ya, desgraciadamente, era obligatoria la presentación de entrada para seguir adelante. Allí pretendí pasar mostrando sólo la denuncia policial, desatando el más amistoso y puramente celta ataque de risa del responsable del control.

Así que llamé a la tal Fiona, siguiendo las instrucciones de mi casera. Y el resto, como la que hace el Madrid cada vez que se presenta a una Final de Champions, es Historia. Fiona, una galesa de ojos claros y silueta enérgica, hizo acto de aparición a los pocos minutos, se dirigió a los del control y les indicó que nos franquearan el paso. Historia es también nuestro paseo en dirección a los tornos de entrada, en medio de gran bullicio, mientras yo me preguntaba qué demonios tendría Fiona en la cabeza, como historia es también la silla de ruedas cuidadosamente situada en una esquina y la discretísima mirada de soslayo de mi nueva amiga.

-Sit down- dijo en un susurro.

A partir de aquí, las preguntas son siempre las mismas cuando cuento la historia.

¿Aquel inopinado mecanismo de entrada nos permitió, empujado yo por Fiona, Nalls caminando a nuestro lado, saltarnos incluso las largas colas de los tornos? Sí, nos lo permitió.

¿Tuve que presenciar el partido a ras de césped, tras las vallas publicitarias y mirando a la cara a un ejército de stewards? No, puesto que a la entrada Fiona me indicó que podía levantarme y acudir a mi localidad inicialmente asignada en compañía de Nalls, cosa que procedí a hacer haciendo gala de la misma discreción con la que me había sentado.

¿Una vez dispuestos todos en nuestras localidades, apareció por allí el ladrón de mi entrada, o al menos alguien que la hubiera adquirido de sus manos por un precio presuntamente desorbitado? No, nunca apareció.

Lo que sí apareció para salvarme la vida en aquel día y hora fuese legendaria hospitalidad galesa. Menos mal que también hizo acto de presencia la no menos proverbial determinación madridista, encarnada en mi persona. Sin mi empeño, sin mi denuedo quintaesencialmente vikingo, mis tribulaciones nunca habrían llegado a buen puerto. Otro se habría rendido, pero un madridista (como decíamos al principio) jamás lo hace.

Madridista.

2 comentarios en: Cardiff, 03/06/17

  1. ¡¡¡ Hiciste honor a tu condición de madridista !!!.

    Y es una demostración más de que cuando lo posible, por difícil que parezca, se hace con el máximo denuedo y concentración, el resultado es satisfactorio.

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