Las mejores firmas madridistas del planeta

Y nada más

Escrito por: José María Faerna27 mayo, 2018

El jueves entretuve los nervios con el documental de Ignacio Salazar-Simpson sobre Bernabéu, que guarda algunas perlas divinas (“cuando alguien dice que el Madrid es el equipo del Régimen me acuerdo de su padre”, por ejemplo), y después me encontré por casualidad con que Real Madrid Televisión daba la histórica filmación completa de la Quinta: 7-3 al Eintracht de Francfort en Glasgow, 1960; cuatro de Puskas y tres de Di Stéfano. Hacía años que no la veía y me reafirmó en el presentimiento de que en Kiev íbamos a vivir algo parecido, un partido salvaje, a calzón quitado, carga va carga viene, contra un rival quizá vulnerable, pero temible. Un partido de esos que recuerdan los siglos.

No fue así del todo, salvo en que en los dos casos el equipo rival tuvo mejor pinta en la primera media hora; en Glasgow incluso se adelantaron en el marcador. No vimos el recital de la segunda parte de Cardiff, y ahí se agarrarán los de aquella manera de esos que piensan que el fútbol es una rama del ballet, allá ellos. Vimos un partido muy complejo, una batalla con heridos de consideración evacuados entre lágrimas por los sanitarios, un tranche de vie con todas sus aristas: un joven portero atropellado por su destino, un campeón que duda en público y se sobrepone a sus dudas, un rival que flaquea pero no se rinde, y un héroe de leyenda (redundancia) incendiando el Olimpo y atentando contra la gravedad.

Bale, maldita sea, el inmenso Bale, el autor de dos de los tres goles más estupefacientes, con aquel de Zidane en Glasgow y aquel otro del bartrazo, que yo haya visto en toda mi vida. Hay muchas maneras nobles de ganar y el Madrid se apresta a la que se tercie. Yo soy el que soy, decía el Hijo del Hombre. Yo gano porque gano, dice el gigante del fútbol. Y el que tenga ojos para ver, que vea. Y el que tenga oídos para oír, que oiga. Y nada más. Cuánta grandeza.