Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Vikingos y bantús

Vikingos y bantús

Escrito por: Fred Gwynne3 marzo, 2019
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

Ayer, después de comer en familia, los 81 años de mi padre se pusieron a jugar a las cartas con los 6 de mi sobrina. Era un juego de cartas infantil, de familias, de los de abuelo bantú y madre tirolesa que nunca pasan de moda.

Mi padre juega muy bien a las cartas, es de esa generación que en los sesenta echaban un tute con un café y una copa de cognac encima de la mesa. Gente curtida, que se quitaba el farias de la boca, te miraba de soslayo y sabía que ibas a meter la pata echando el caballo de oros. Perder nunca entra en sus planes.

Mi sobrina, dulce como una navaja de afeitar, estaba frente a él, en la mesa del comedor, mano a mano, repartiendo los naipes sin quitar ojo a mi padre, agazapada, como una escrutadora crupier de Las Vegas que se sabe ganadora. Antes de perder es capaz de masticar y escupir la baraja. Conoce a la familia esquimal como si viviese en un iglú y por conseguir familia es capaz de acabar con todas las razas del mundo. Nunca hace prisioneros.

- Lorena, no vale mirar las cartas del mazo. Eso es trampa.

- ¡JO!

- Ni jo, ni ja, y sácate el esquimal ese que te has metido en la manga.

- Vaaaaale.

A veces el ansia de victoria le puede, hace trampas y mi padre le reprende. Son reminiscencias de mi cuñado culé, deslices, una miradita por aquí, un desmayó por allá. Normalmente son trampas burdas, groseras, como Alba tirándose en plancha o Busquets mirando entre los dedos, nada que mi padre, ejerciendo de veterano, no pueda controlar recogiendo las cartas, apuntándose la partida y volviendo a repartir.

Ninguno de los dos juega para perder, da igual la situación de la partida, da igual el resultado, mientras haya cartas que jugar hay posibilidad de victoria. Si el abuelo bantú está solo en el poblado, si su familia está desperdigada en el mazo, ninguno se preocupa, cada uno hace lo que tiene que hacer para la victoria: mi padre tortura al resto de la familia para saber su paradero y mi sobrina (ella nunca ha sido muy amante del tikitaka) directamente le pega fuego al poblado.

Está claro por sus expeditivos métodos que el abuelo y la sobrina forman parte de la familia vikinga.

Cuando terminó el partido recordé esta partida de cartas para intentar animarme. Ellos son mi faro. Veteranos, noveles y hoy, desgraciadamente, derrota. No hay más. Primero te cabreas y luego exterminarías a todas las razas del mundo. A veces la partida viene mal dada, te sacan treinta y una de mano después de tu órdago, te levantan el rey de espadas cuando ibas a cantar las cuarenta o te toca una madre tirolesa cuando necesitas un hijo esquimal. No tengo ni idea de cómo acabará la partida, hemos perdido una mano con el rey del chupito, en la que estamos jugando te acaban de cantar las cuarenta y en la que viene, la más importante, la del REY DE OROS, aunque todo esté una vez más en nuestra contra, aunque hoy el que quemaría el Bernabéu con todo el equipo dentro soy yo, estoy convencido de que el hijo bantú se va a levantar el taparrabos para demostrar al mundo que, a pesar de sus 18 añitos, nadie define mejor que él.

Tengo tres días, hasta el martes, para cicatrizar estas heridas, mirar al cielo lleno de buitres y hacer una vez más lo que siempre he hecho desde que llegué a La Galerna: bajar del puto carro y empujar.

Dios perdone mi atrevimiento.

Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.

15 comentarios en: Vikingos y bantús