Las mejores firmas madridistas del planeta

Tuve el inmenso honor y verdadero placer en coincidir varias veces, para compartir mesa y mantel, con el más grande: Alfredo Di Stéfano, el único ganador y poseedor del “Superbalón de Oro” que otorgó France Football en 1989 -por delante de Johan Cruyff y de Michel Platini-.

La primera vez fue a finales de 2007, por medio de un amigo que a su vez era íntimo de Jesús Paredes, el mítico preparador físico que acompañó a Alfredo en el Real Madrid y en Boca Juniors, entre otros clubs, y que por aquel entonces era la mano derecha del seleccionador español, Luis Aragonés  -por cierto, gran amigo de Alfredo también-.  Permítanme que lo llame todo el rato Alfredo, sin el Don, ya que, nada más me lo presentaron, Di Stéfano me dijo que “de tú y sin el Don”, con lo cual me limito a obedecer sus directrices. Aquel encuentro tuvo lugar en el restaurante Imanol de la calle General Díaz Porlier y duró aproximadamente una hora, durante la sobremesa, compartiendo café.

Para romper el hielo, tras darle mi tarjeta de visita, le hablé de mis orígenes franceses y, acto seguido, le pregunté por los suyos. A Alfredo Di Stéfano Laulhé, cuya madre, Eulalia Laulhé Gilmont, era originaria del sur de Francia (País Vasco francés), le brillaron de repente los ojos al mencionarle a su madre, y a partir de ahí no se le quitó la sonrisa de su cara. La conversación con él fue sencilla, abierta y amabilísima. Me habían comentado -o había leído- que Alfredo era un gruñón empedernido y una persona bastante huraña. Todo falsedades. Rara vez me he encontrado con una persona más afable y cordial, que no evitaba ni un solo tema de conversación.

Un punto importante para que fluyera la tertulia fue al mencionar sus orígenes en los potreros de Buenos Aires y de sus primeros pasos en su amado River Plate, y la admiración que le producía haber compartido momentos con la mejor delantera de fútbol que él recordaba, la famosa “Máquina” de River Plate compuesta por Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Recordemos que en 1947 el ataque de aquel equipazo estuvo formado por Reyes, Moreno, Di Stéfano, Labruna y Loustau y que en aquella temporada Alfredo logró anotar, a sus 21 años, 27 dianas.

También recordaba con cariño su etapa en Millonarios de Bogotá, en Colombia, donde volvió a coincidir con su ídolo Pedernera y con su amigo Néstor Pipo Rossi. Aquel gran equipo pasó a la historia como el “Ballet Azul”, y su juego moderno enamoró a Santiago Bernabéu desde que el 30 de marzo de 1952 -y con motivo de las Bodas de Oro del Real Madrid- el Millonarios derrotara a los nuestros por un rotundo 2-4, con dos goles de Alfredo.

Anécdotas, miles. En otra comida que compartí con él, en 2012, ya por motivos profesionales, en la que mi empresa le invitó para presidir una reunión con varios altos cargos de universidades españolas, entre ellos varios rectores y numerosos catedráticos, Alfredo maravilló a todos por su sencillez y por su sabiduría. No era fácil destacar entre tantos notables intelectuales, pero al poco tiempo de empezar Alfredo su breve discurso de bienvenida, los rectores y los catedráticos allí presentes quedaron todos boquiabiertos ante el desparpajo y la socarronería de Alfredo hablando del futuro de la educación universitaria y de la importancia de los avances de la tecnología aplicados para la formación. Hábilmente, me senté a su izquierda durante el almuerzo y pude acaparar para mí solo su magisterio durante casi dos horas, solo interrumpidos de tanto en cuanto por los camareros del restaurante La Dorada -ya desaparecido- y por alguna pregunta por parte de los invitados a la presentación.

Era mi momento para hablar del Real Madrid, “que me lo dio todo”, de sus grandes amigos Pancho Puskas (“nunca ví una zurda igual, era un guante”) y Héctor Rial, de la primera vez que vio a Paco Gento “más veloz que un puma de la Pampa” (llegaron ambos al club en el verano de 1953), de Raymond Kopa, de sus queridos Santamaría y Pachín. También para hablar de su relación con Don Santiago (le llamaba cariñosamente “el Viejo”), de aquel choque de egos que provocó un cataclismo en 1964 -tras la derrota 3-1 en la final ante el Inter de Luis Suárez, Mazzola, Facchetti y Corso- superior al de este verano con la salida de Cristiano a la Juventus. “En aquel momento”, me dijo Alfredo, “yo no era consciente del paso que estaba dando. Tenía 38 años y me veía con fuerzas para seguir siendo titular indiscutible. El Viejo me decía que me quedase en el club, en el puesto que quisiera, pero ya no como jugador. Aquello me indignó. Discutimos. Y le dije que me iba, que tenía ofertas. Fue la peor decisión de mi vida. En el Español, pese a que me trataron muy bien, no llegué nunca a ser feliz. Me equivoqué. El Viejo, una vez más, tenía razón".

A los postres, recuerdo que un catedrático de la Facultad de Ciencias Económicas le preguntó a Alfredo por su famoso secuestro en Caracas, allá por 1963. En ese momento, todos los participantes en el almuerzo, unas veinticinco personas, escucharon en silencio una deliciosa narración de un hecho doloroso para Alfredo, su secuestro por parte de una organización guerrillera venezolana, y que el narrador transformó en un relato de aventuras, con tintes de comedia, como cuando comentaba sus partidas de dominó con los secuestradores, y que dejó a todos los presentes con la boca abierta. Hay que decir que casi tres días duró el secuestro y que aquella misma noche, tras ser liberado por la mañana, Di Stéfano jugó el partido amistoso en Caracas ante el Sao Paulo, tras atender la petición que le hizo Bernabéu “para mostrar al mundo su gran valor”.

el secuestro de alfredo di stéfano duró casi tres días

Nunca tuve la suerte de ver jugar en directo a Alfredo, ídolo total de mis abuelos y de mis padres, aunque todos los socios veteranos que conozco y sí lo vieron coinciden en que no hubo jamás otro como él sobre el terreno de juego, un verdadero jugador total capaz de ejercer todo tipo de tareas y siempre anteponiendo al equipo por delante de los talentos individuales. Pero sí que tuve la oportunidad de tratarlo en persona durante tres ocasiones, bastante tiempo cada vez, para al menos poderme hacer una idea de una personalidad única y arrolladora, una mente más que lúcida (en 2012 ya tenía 86 años y daba lecciones a los rectores universitarios), una coraza de modestia recubriendo un interior de orgullo, una maravillosa composición de tenacidad, afán de superación y sentido de sacrificio.

Al acabar aquel evento en La Dorada, pedí permiso a Alfredo para darle un abrazo de despedida. “¡Cómo no, pibe!”, me dijo; y apoyando su bastón en una silla, extendió sus brazos y me estrechó calurosamente contra él con afecto casi paternal. Fue la última vez que tuve la suerte de verlo en persona.

Para mí, Alfredo siempre será el único y verdadero The Best.

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