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Veinte años es mucho

Veinte años es mucho

Escrito por: Angel Faerna30 julio, 2015

Dudo que, si hoy volviera a tener veinte años, empezara otra vez a sentir interés por el fútbol. Digo veinte porque es más o menos la edad a la que me descubrí gozando con este juego; como ven, una edad algo tardía para lo que ahora se estila. Eso sí, mi madridismo es anterior, pero se lo debo al baloncesto. Y eso imprime carácter.

Para un adolescente del tardofranquismo, el fútbol era tabú a poca conciencia política y estética que se tuviera. Un deporte que salía en el NO-DO declamado por un señor calvo, con bigotito y gafas ahumadas que también comentaba los toros; un deporte al que iba el Generalísimo en persona a entregar su trofeo cada año; un deporte practicado por tipos renegridos, sin gafas ni barba ni otros signos externos de distinción; un deporte ante cuya sola mención las chicas huían; un deporte así no era presentable. Pasada la edad de los cromos, en la que lo que de verdad te importaba de un jugador de fútbol era su número de letras (bendito Betancort, maldito del Sol), hacían falta referencias de mayor estatura, tanto física como de la otra. El baloncesto era perfecto: porque era un deporte universitario, y eso ya lo decía todo; porque venía de un país infinitamente menos triste y más moderno que el nuestro, lleno de democracia, de hippies, de revueltas anti-Vietnam, de buena música y mejor cine; porque tenía el ritmo y la plasticidad de sus inalcanzables estrellas negras y se practicaba en pabellones cubiertos, sobre reluciente parqué, con una equipación que incluía chándal de calentamiento normalmente a dos colores (¿qué fue de ellos?), todo lo cual parecía ser muy del agrado de las chicas. Si además eras alto y lo jugabas bien, en el paso de la EGB al BUP dabas el salto de patio y te convertías al fin en figura del recreo; incluso te quedabas por las tardes a “entrenar” un poco. Habías encontrado tu sitio, tu estilo, tu aquél.

Durante bastante tiempo mi devoción por el Madrid de fútbol fue puramente vicaria de la que sentía por el de baloncesto. Este último no sólo vivía en presente de indicativo una gloria deportiva europea que en el caso del primero quedaba algo atrás, no sólo había acuñado su propia épica en refriegas memorables con equipos italianos, yugoslavos o soviéticos; es que además destilaba un espíritu con el que me identificaba sin remedio y que mi fantasía encarnaba en diferentes jugadores: la inteligencia quirúrgica de Corbalán, la arrogancia indomable de Fernando Martín, el descaro tarambana de Iturriaga, el pundonor sin complejos de Romay, la exquisitez absoluta de Delibasic, la solidez rocosa de Biriukov... Y, como reza el escudo de los Estados Unidos, e pluribus unum. Aquello era un equipo y lo parecía. No era sólo mi fantasía. Hace algún tiempo el Número Uno nos pasó a Dos y Tres el enlace a una entrevista con Biriukov. Hablando de su primera temporada en el Madrid comentaba que, por más posiciones de tiro que se buscaba, Corbalán nunca le daba la asistencia y esperaba otro momento para pasarle la bola y que tuviera que limitarse a prolongar la circulación. Las embocaba, sí, y era medio ruso, también, pero era un recién llegado y todavía tenía que ganarse el derecho a que el doctor confiara en él. Chechu cerraba el relato de la anécdota con una declaración de principios: “¡eso es un base!”

Ay, los principios.

Y si aquello era un equipo, nosotros éramos su afición. Una afición entusiasta, desenfadada, pendiente sólo de divertirse. Por consiguiente, también una afición agradecida; porque nos divertían, y mucho. Todo lo que teníamos que hacer era mirar a la cancha, lo que ocurriera más allá de ella nos traía sin cuidado mientras no nos cortara el rollo, como así era. La sección venía a funcionar dentro del club como una república independiente de la mano de Saporta, un señor que estaba al mando por la nada despreciable razón de que amaba el baloncesto. Pedro Ferrándiz y sus herederos en el banquillo sólo parecían pensar en la perfección y el triunfo, por ese orden (vale decir, en nuestra felicidad). Después de retirados, Emiliano, Brabender, Luyck, Rullán eran joyas de la casa a las que se mantenía provechosamente involucradas... En fin, supongo que idealizo un poco, pero comprendan que no tenía ni veinte años.