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Varane y la catarsis

Varane y la catarsis

Escrito por: Antonio Valderrama12 agosto, 2020
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Los fallos del central francés contra el City pueden suponer su liberación

Como el fútbol es el juego de lo imprevisible, resultó que Varane jugó el partido de la temporada con el temple de un alevín. Recuerdo una vez, en una liga entre colegios de mi pueblo, en la que, aterrado por la posibilidad de fallar goles cantados, fallé uno, en efecto. Uno clarísimo, un disparate: me regalaron una bola clara, sin portero, a medio metro de la línea, botando; golpeé la pelota tan concentrado en no mandarla por encima del larguero que, naturalmente, la mandé muy por lo alto, tanto que la parábola superó la valla que separaba el campo de albero de un manchón en donde pastaba un solitario caballo. Tengo grabado el momento, a cámara lenta, en que se desintegraba mi autoestima a medida que la pelota blanca no dejaba de subir, tras mi pezuñazo lamentable. Subió y subió hasta fundirse con el sol bajo de la atardecida de primavera, al tiempo que a mi alrededor todo era corro de alaridos, imprecaciones, silbidos y juramentos. Aquel caballo fue mudo testigo de mi desgracia, vio cómo me arrodillaba y me tapaba la cara, muerto de vergüenza. Yo era un alevín y Varane, en cambio, ha ganado cuatro Copas de Europa y un Mundial. Sin embargo, algo nos unió el pasado viernes: fallamos cuando, bajo ningún concepto, podíamos fallar.

Varane se lamenta contra el City.

En Manchester, el otro día, estábamos tan pendientes de que no la pifiara Militao, el sustituto de un insustituible, que fue Varane quien metió la pata a lo grande. Dos veces. Ocurrió además en el último partido de una temporada excelente de un futbolista que a los 27 ya lo había sido todo en el Madrid, excepto lo que fue el viernes: un villano, un antihéroe. Comprobar de manera tan dolorosa la falibilidad de Varane, un tipo alto, fuerte, ágil, una escultura griega, impecable en la salida de balón, veloz, implacable en el corte e inmutable bajo presión, nos puso a todos un poco ante el espejo de nuestras vidas, confortándonos y a la vez, avergonzándonos: ¿cuántos errores tan grotescos como los de Varane en Manchester no cometeremos a diario en nuestro penoso discurrir por el mundo, y cuán pocas veces somos capaces de asumirlos con la hombría con que él los asumió al final del partido, sin culpar a nadie más que a sí mismo? Quizá esa sea la ejemplaridad que se le pide a los personajes públicos, quizá sea eso a lo que se refiera todo el mundo cuando se dice que los futbolistas deben ser modelos para los niños: Varane, hasta fallando, conservó ese halo de perfección que lo ha acompañado desde que llegó a Madrid.

Varane despeja de cabeza.

No es fácil la posición en la que está Varane a estas alturas de su carrera. En siete años ha confirmado las sensaciones que dejó en su formidable debut, aquella impronta legendaria, pero siempre como un excelente secundario. Delante del último Manchester de Ferguson y de aquel Barcelona de Messi que aún conservaba el hechizo, Varane hizo a la gente imaginar que se estaba ante un central de época, como se decía antes: un titán elástico que deslizaba por el campo sus dos metros de príncipe polinesio ejecutando el manual del arte de la defensa con la técnica de un alemán y el carácter de un italiano.

Ha acabado siendo ese central extraordinario, no en vano conforma, junto a Ramos, la mejor pareja de centrales de la Historia del Madrid. Su nombre figura en la terna de los grandes jerarcas de la Edad de Plata, de manera indiscutible. Sin embargo, y como paradoja (no en vano, es uno de los pilares de la mejor defensa liguera del Madrid en lustros, de la esclusa lippiesca que se ha inventado Zidane este año para ganar la 34) el niño prodigio se encuentra en un lugar semejante al que holló Ramos con una edad parecida. El momento, diría un taurino, de la verdad.

Mourinho y Varane.

Si el otro día comparaba la equipación rosa con la que el Madrid iba a jugar en Manchester con un traje de luces, está claro, después del partido, que el miura corneó el equipo de mala manera. Y la cornada, de dos trayectorias, fue mortal en el muslo de Varane. La eliminación de la Copa de Europa no sólo deja esa preciosa camiseta muerta el día de su nacimiento (sospecho que Zidane hará lo posible para no volver a jugar un gran partido, un partido grande, quiero decir, con ese rosa) sino que deja al francés ante el mayor reto de su carrera, el de demostrar que, por sí mismo, es capaz de ejercer la jefatura en la defensa más exigente del fútbol mundial.

Está ante un momento que recuerda al que atravesó Sergio Ramos entre 2012 y 2014

Está ante un momento que recuerda al que atravesó Sergio Ramos entre 2012 y 2014. Cuando Ramos falla aquel penalti en la tanda contra el Bayern, en el Bernabéu, ya era campeón del mundo y de Europa con España, estaba a punto de repetir con la Selección, había ganado dos Ligas con el Madrid y era, sin duda, uno de los tres mejores defensas del mundo. No obstante, y aunque aquel año Ramos jugó a un nivel magnífico, ganando una Liga de récord y pivotando sobre él la nueva estrategia de adelantar la defensa para ahogar el estilo totalitario del juego barcelonista, esa fotografía retrató a un Ramos a punto de ser grande. Pero que no lo era. Un Ramos aún menor, insatisfechas las inmensas posibilidades que se le intuían al Ramos potro salvaje que debutó con Caparrós en el Sevilla.

Luego, un par de abriles después, frente al mismo Bayern, de aquellas cenizas emergió el Gran Jerarca.

El Real Madrid y una defensa de vanguardia

Ser defensa del Madrid siempre fue una profesión de riesgo, una especie de funambulismo. Hay que estar algo loco o creer de forma temeraria en uno mismo (al fin y al cabo, otro grado de locura) para sobreponerse a esa amenaza de catarsis cotidiana, a ese espectro del Juicio Final que gravita sobre la cabeza de los defensas y los porteros del Madrid en cada partido. Puede que Varane sea el yerno demasiado perfecto, que carezca de ese punto de enajenación necesario para creerse rey. También, es posible, pudiera ser que necesitara una herida profunda que le hiciese descarrilar de forma grandiosa por primera vez en toda su carrera. Todo héroe necesita una, un punto de no retorno, la catarsis. Hasta ahora, Varane ha confirmado que puede ser, seguramente, el mejor escudero de la Historia del Madrid. Hasta su carrera internacional con Francia parece bendecida: se perdió por lesión el chasco de la Eurocopa de 2016 (la única de las cuatro Copas de Europa con el Madrid cuya final se perdió) y regresó a lo grande en 2018 para ganar la Copa del Mundo en Moscú.

Sergio Ramos y Raphaël Varane.

Varane es el siguiente eslabón en una progresión planificada en el Real desde Mourinho, una progresión en la manera de entender la defensa. El tándem Pepe-Ramos transformó la idea que se tenía en el madridismo de defender, de ser defensa, una idea que en los tiempos modernos (en las buenas épocas, en los equipos campeones que ha tenido el Madrid desde los 90) había fluctuado entre la jerarquía militar, agresiva, omnímoda, de un Hierro bien escoltado por un pelotón de reclutas disciplinados, y la zaga atrabiliaria de llaneros solitarios al borde de un ataque de nervios, tipo el Madrid de la Novena o el de la segunda Liga de Capello. Por el camino se habían quedado muchos cadáveres, Woodgates, Samueles, Pavones, Miñambres, híbridos de Hierro y Helguera, experimentos fallidos, fiascos muchas veces estructurales, de una política deportiva caótica y extravagante. Todo eso pasando por algunas etapas de admirable e inusual orden en el que destacaron curiosos dispositivos como la defensa de cinco que se sacó Del Bosque de la chistera, en la Octava. Con el Pepe-Ramos, obra de Mourinho, el Madrid empezó a defender como un equipo no ya moderno, sino de vanguardia. Varane creció a la sombra de un cambio de mentalidad del que él mismo, por sus cualidades físicas y técnicas, formaba ya parte. Digamos que de ese cambio cultural, Varane es la cristalización, la crisálida.

Varane campeón del mundo

Desde 2014, y especialmente desde que asume por fin el rol de lugarteniente de la defensa, en el verano de 2016, Varane ha ido desarrollándose junto al foco pero en la zona de penumbra. Como conquistando una a una las metas soñadas con esa irrupción fulgurante, el novato se fue cociendo como una superestrella sin el brillo presupuesto, por la lesión de rodilla y su larguísima recuperación, pero al amparo de otros gigantes, que acaparaban la crítica. La única vez que ha tenido que asomarse al precipicio sin Ramos a su lado, el equipo casi se despeña: no se puede asegurar que la remontada de la Juve en el Bernabéu, en 2018, fuese su culpa, pero en las tres ocasiones en que ha tenido que mandar, esa vez junto a Vallejo, luego con Nacho, ante el Ajax, el otro día con Militao, frente al City, el Madrid ha naufragado atrás. En Manchester, directamente, jugó su peor partido como profesional de élite, pero si sus palabras en el postpartido (además de una prueba de su coraje) quieren decir algo, es que parece en sazón para evolucionar definitivamente al central de libro de Historia que todos esperábamos.

 

Fotografías Getty Images.