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Una final democrática

Una final democrática

Escrito por: Ismael Ahamdanech3 febrero, 2020
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El funcionario de la UEFA levantó la cabeza y miró a su interlocutor con un gesto que estaba entre el estupor y la incredulidad.

― ¿Cómo que han venido? ―le preguntó sin terminar de creerse lo que acababa de oír.

―Pues eso, que han venido. Y quieren jugar ―le contestó el subordinado con respeto.

― ¿Pero qué broma es esta? ¿Acaso no saben que los eliminaron?

―Dicen que la eliminación fue injusta.

―La madre que me parió. Esto no puede ser verdad.

Pero lo era.

El rumor había surgido justo el día después de la eliminación. Primero fue la sorpresa, con el resultado que se había dado en el partido de ida nadie esperaba que pudieran no llegar a la final. Después fue la indignación, el fuera de juego que les habían pitado, y que había sido revisado por el VAR, era de solo unos milímetros. El propio entrenador lo había dicho en rueda de prensa: “Nos hemos quedado fuera por el acierto de una máquina que podría haberse equivocado, pero que ha acertado, aunque, en este caso, el acierto parezca más un desacierto que otra cosa”. Más tarde llegaron las excusas: el césped estaba demasiado alto, no habían regado el campo en el descanso y por eso la pelota no corría lo suficiente y ellos, que eran un equipo acostumbrado a tenerla, se habían visto perjudicados. Y, por fin, cuando todos creían que llegaría la aceptación, una ola de ansia de justicia recorrió a toda la afición, que fue inflamándose como nunca antes había pasado con ninguna otra.

Todo empezó, como pasa siempre con las grandes revoluciones, con una pequeña chispa sin importancia que acabó encendiendo un fuego que ya estaba preparado y que había de devorarlo todo para cambiar el fútbol tal y como se había entendido hasta entonces.

Unos chicos en la cafetería de la facultad rumiaban su decepción por el resultado del partido. Ese día, aparte de la tristeza por la eliminación, o precisamente por eso, las calles estaban tranquilas. No había barricadas ni manifestaciones ni quema de contenedores, la otra revolución podía esperar, al menos hasta que la amargura se disipara. Y entonces uno de ellos tuvo la idea: “Esto está muy parado y hay que hacer algo, lo de ayer fue una injusticia intolerable. Otra más, y ya son demasiadas las que estamos sufriendo”, dijo. “¿Y qué podemos hacer?”, le contestó otro. “Hay que moverse. Nosotros, y no ellos, deberíamos jugar la final. Por muchas razones, ya lo sabéis. Vamos a movilizarnos. José, tú que controlas el Telegram, escribe en el canal que esta noche haremos una quedada donde siempre, a ver si juntamos a mucha gente y hacemos ruido. No pueden desoír nuestras reivindicaciones”.

Antes de las ocho, la hora a la que habían convocado la quedada, la noticia ya había corrido como la pólvora. Por Telegram, por Facebook, por Instagram, por Twitter, no había una sola red social por la que el mensaje no estuviese circulando, igual que no quedaba ni un rincón del país en el que la iniciativa no estuviese siendo comentada y celebrada.

―La madre que me parió ―volvió a decir el funcionario de UEFA―. ¿Y dónde están ahora?

―El equipo ya está en el estadio ―respondió el subalterno―. Han ido pronto para estar seguros de que cogían el vestuario local.

―Joder, encima eso.

―Y la directiva en el hotel que han reservado. Supongo que a esta hora estarán terminando de comer.

―Ya. Pero, ¿cómo cojones no hemos sabido nada antes?

El gritó retumbó en la sala y sonó como un reproche hacia el empleado, que se encogió de hombros y buscó una respuesta para disculparse, pero solo pudo balbucir un “no tengo ni idea” en voz tan baja que su jefe apenas pudo escucharlo.

En realidad, no tenían idea ni él ni nadie.

Las primeras concentraciones habían sido masivas. No solo en la ciudad del equipo. De hecho, habían recorrido toda la geografía nacional y muchos puntos de los cinco continentes: desde África hasta América, la gente había salido a las calles a reclamar la presencia de su club en aquella final que tenía más derecho a jugar que ningún otro de Europa. Nadie había jugado antes tan bien al fútbol, nadie había convertido del manejo del balón un arte sublime como lo habían hecho ellos, nadie contaba en sus filas con el mejor jugador que alguna vez había pisado un campo de juego. Nadie, en fin, había hecho de un deporte una forma de vida y de reivindicación de un mundo mejor y más justo.

Sin embargo, tan pronto como las movilizaciones tomaron pulso y vieron que lo que pedían no solo era justo, sino también factible, unos pocos hombres tomaron las riendas del asunto. Las fuerzas vivas de la ciudad y el entorno del club entendieron que tenían que cambiar la forma de actuar. Ya habían hecho ruido, ya habían comprobado que la masa social estaba con ellos y que tenían el suficiente apoyo para hacer lo que fuera necesario, ya sabían que la Historia y la Razón estaba con ellos y que jugarían aquella final. Ahora tocaba ser inteligentes. Despistar al rival. De lo contrario, la estrategia de represión que siempre imponía la UEFA, con sus reglas absurdas y su estructura decimonónica, con su falta de respeto por la democracia y por la voluntad de la mayoría, les impediría cumplir con la tarea que el Destino les había encomendado.

No, no podían consentirlo. Habría que actuar con sigilo para que el poder no cortara su iniciativa en seco antes incluso de que hubiese sido puesta en marcha. Lo primero que hicieron fue reunirse con la directiva. Estaban de acuerdo: se había cometido una injusticia que no podían consentir. ¿Cómo quedarían, no ya el club, sino la democracia, la libertad, los mismos derechos humanos si no actuaban? Sí, había que actuar. Pero con sensatez. Sensatez. Esa era la palabra. Nada de violencia, todo habría de hacerse de un modo pacífico. Por eso, enseguida comenzaron a desescalar el conflicto. La prensa dejó de hablar de él, las redes sociales fueron enmudeciendo el tema poco a poco, las concentraciones masivas se disolvieron como por arte de magia.

Así, al ruido le siguió el sigilo. Un sigilo en el que nada parecía moverse, pero tras el que se coordinaban todos los preparativos: desplazamiento, hotel, versión oficial para los medios y hasta una camiseta especial para conmemorar un día que había de cambiar el fútbol.

―Bueno ―continuó el mandamás de la UEFA―, voy a llamar al presidente.

―¿Para qué?

―¿Cómo que para qué? Para que se vayan del estadio ahora mismo y paren este vodevil que están montando.

―Tal vez tengan algo de razón. Jugaron muy bien.

―Hristo, no hago carrera contigo. La inteligencia te persigue, pero tú eres más rápido.

―Dieron más de mil pases.

―Madre mía. La mitad fueron entre el portero y los defensas.

―Pero…

―Pero nada, no sé qué coño hago yo discutiendo esto contigo. Perdieron, y punto. Que hubieran estado atentos al córner y no protestando al árbitro. Venga, haz lo que te digo y ponme al teléfono con el presidente.

Lo más difícil había sido el tema de la afición. Concentrar al equipo en un hotel a cien kilómetros del estadio sin que nadie se enterase había sido relativamente sencillo. Un chárter de madrugada, solo con jugadores, cuerpo técnico, directivos y periodistas afines. Pero con lo seguidores había sido más complicado. Llevar a cuarenta mil personas sin levantar sospechas era una tarea solo al alcance de cerebros privilegiados. Por suerte, los tenían. La final era en una ciudad bonita, así que la directiva del club preparó centenares de viajes organizados, pagados a cargo de una televisión autonómica con la que existía una buena relación. Los fans, con la orden de no llevar ningún distintivo del equipo para no levantar sospechas, fueron llegando en un lento goteo hasta inundar la sede de la final sin que nadie hubiese notado nada.

―Diga ―la voz sonó adormecida al otro lado del teléfono.

―¿Presidente? Soy Hans, el secretario general de UEFA.

―Hombre, Hans, me pillas haciendo la siesta. Me preparo para la final de esta noche, ¿sabes? Paso muchos nervios y necesito estar en forma.

―De eso quería hablarte. ¿Qué coño de final?

―Cuál va a ser, pues la de la Copa de Europa.

―A ver, presidente, os eliminaron.

―Pero fue injusto.

―Perdisteis cuatro a cero.

―Pero ganamos en posesión del balón.

―Solo tirasteis a puerta una vez en todo el partido.

―Pero tenemos al mejor jugador del mundo.

―Ese día no hizo mucho.

―Porque el césped estaba muy alto.

―Cumplía con la normativa.

―No me hables de normativa. Nosotros tenemos valores, algo de lo que los otros dos finalistas no pueden presumir.

―El resultado fue claro y las reglas son las mismas para todos.

―Ahí quería yo llegar, querido Hans.

―¿A dónde?

―Al tema de las reglas. Están equivocadas. Y, además, no entiendo que sean las mismas para todos. Ya te he dicho que somos un club con valores, algo que los demás no tienen, por lo que pienso que es injusto que las reglas sean iguales para nosotros.

―Me da igual lo que pienses. Quiero que saques del estadio al equipo ahora mismo y que os vayáis.

―Hemos venido pacíficamente y tenemos derecho a protestar.

―A protestar sí, pero a jugar la final, no.

―Nuestra forma de protesta es jugar la final.

―Presidente, me estás poniendo nervioso.

―Porque sabes que tengo razón.

―No, porque estás haciendo el gilipollas.

―No perdamos las formas. Debe imperar la sensatez.

―¿Pero qué sensatez si queréis jugar una final para la que no os habéis clasificado?

―Eso es según se mire.

―¿Cómo?

―Ya te he dicho que ganamos en posesión, que el césped estaba alto y que tenemos valores. Esas son tres razones más que suficientes para jugar la final.

―Joder.

―Esas formas, Hans.

―Quiero que salgáis del estadio ahora mismo.

―Ya te he dicho que no. Podemos discutir cómo, pero nosotros esta noche jugamos.

―Que no puede ser, presidente, ¿es que no lo entiendes?

―Hay otras maneras.

―¿Cómo que otras maneras?

―Sí. Podemos hacer un triangular.

―¿Cómo?

―Sí. Tres tiempos de cuarenta y cinco minutos en los que los equipos se enfrentan entre ellos dos contra dos y de ahí sale un ganador. Piénsalo. Más tiempo de juego, más televisión, más anuncios, más dinero. Todos salimos ganando. Y, además, sería un bello ejemplo para el mundo, que entendería que con valores se puede llegar muy lejos.

―¿Y quién ganaría? ¿El que tuviese mejor goal-average al final?

―Hombre, eso depende.

―¿De qué?

―Habría que tener en cuenta varios factores. La belleza del juego, la posesión de la pelota…

―Qué pesado con la posesión.

―Espera, no me interrumpas. Decía, la posesión de la pelota, los valores que tenga cada club, la opinión de los espectadores… Y, claro, los goles también pueden influir algo.

―No os vais a ir, ¿verdad?

―No, eso seguro, nos hemos ganado el derecho a estar en esta final y lo vamos a ejercer.

―¡Pero si os eliminaron!

―No empecemos con eso otra vez, Hans. Además, tenemos a cuarenta mil seguidores dispuestos a hacer lo que sea para que juguemos. Pacíficamente, eso sí.

―Pacíficamente…

―En efecto. Oye, ¿por qué no haces una cosa? Cógete el coche y nos vemos en el estadio. Allí podemos discutir los detalles de cómo organizar lo de esta noche.

―Sí, cojo el coche y nos vemos en el estadio. Pero lo de jugar, ni lo sueñes.

―Eso ya lo veremos…

El presidente, que había dicho esta última frase en voz baja, colgó el teléfono y sonrió. Sabía que no todo estaba perdido. Que si jugaba bien sus cartas podría convencer a la UEFA, y al planeta entero, de que con la posesión del balón y con valores, es posible hacer del fútbol un deporte más bello, acabar con las injusticias y convertir este mundo en un lugar mejor.

 

Ismael Ahamdanech
Ismael Ahamdanech Zarco es escritor. Con su última novela, Los últimos Hijos de Príamo, ha ganado el I Certamen Literario Martín Fierro de Denuncia Social. Twitter: @ismaelaz76

15 comentarios en: Una final democrática

  1. Je je je je, creo que algunos pensamos que este artículo tiene más de realidad que de parodia y caricatura. En el fondo es tal cual. Y , bien analizado, tiene más de trágico que de cómico.

  2. Pues yo, según iba leyendo, me iba quedando helada. Me ha entrado un sudor frío...y es que lo veía tan...normal...esperemos que siempre haya personas razonables en el mundo (como el que decía que era un despropósito) porque todo esto da que pensar....

  3. Muy divertido e ingenioso. Y además, mostrando la realidad de lo que pasa actualmente, una especie de lucha entre el bien y el mal, en la que el "bien", por supuesto, no puede estar equivocado.

  4. No hay nada de ficción en este artículo. Es la realidad. Es lo que está pasando.
    Lo que no has contado es el nombre del equipo y nos has dejado en ascuas.

  5. Hay un aspecto , dentro del interés general que despierta este artículo, que me parece especialmente resaltable. Y tiene que ver con la correlación entre “el més que un club” y el nazional-culerisme , corriente abyecta que tiene secuestrada , física y emocionalmente, a una parte - y no pequeña, precisamente- de la sociedad catalana. A saber, nada es tan eficiente-eficaz para desactivar el citado movimiento como lo es el Real Madrid, sobre todo si no se le vetara y boicoteara. Los éxitos blancos son los que Mas apagan el fuego separatista catalanista. Ya sabemos que farça y Real Madrid son vasos comunicantes.
    Por eso es altamente significativo en mi opinión este párrafo del autor:

    “Ese día, aparte de la tristeza por la eliminación, o precisamente por eso, las calles estaban tranquilas. No había barricadas ni manifestaciones ni quema de contenedores, la otra revolución podía esperar, al menos hasta que la amargura se disipara”.

    El establishment apoya al farça con la intención de calmar o compensar a los que te dije en relación a sus reivindicaciones político-económicas. De ahí semejantes prerrogativas y privilegios otorgados al Varsa. Sin embargo , estos dadivosos procederes lo que provocan , mayormente, es que las hordas nazional-culeristes se enardezcan y se vengan arriba. Una próxima goleada blanca infligida al farça, sería un golpe muy duro para el “prusés”.

  6. Se le ha olvidado hacer mención a que prensa deportiva especializada y medios de comunicación les respaldan en su petición. Con eso tendría el pack completo.

  7. El artículo es tristemente genial, y tiene ese puntito de lectura entre líneas que permite que sea más importante lo que no se dice que lo que se dice.

    Y lo siento, en el contexto en el que nos desenvolvemos, no es que no queramos (ojalá), es que no se puede separar política de deporte. Sobre todo cuando las víctimas somos nosotros, me refiero al Real Madrid. Somos víctimas de los Hunos nazional-socialistas y de los Hotros peperos apaciguadores que han servido todos estos años en bandeja de plata, la cabeza del Real Madrid para que se desahoguen.

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