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La tienda de surf de Coentrao

La tienda de surf de Coentrao

Escrito por: Mario De Las Heras17 agosto, 2016
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Vi a Fabio, Fabio Coentrao, pisar ayer el césped del Bernabéu vestido de calle, que es como lo pisa él de modo natural. Las mechitas rubias y la cara curtida. Fabio da la impresión de tener una tienda de surf en la banda del Bernabéu, donde a veces se le puede ver calentando en chanclas y fumando un pitillo.

Luego, cuando sale a jugar, de tarde en tarde, suele dar lecciones de lateralismo, un lateralismo efímero que empapa. Un soplo. Una carga de la caballería que pasa para inmediatamente perderse por el horizonte y, mientras a uno le alcanza una suerte de melancolía y se vuelve, allí en el bello Bernabéu, escena de nuestro cuento, de pronto lo ve allí sentado en su banco de madera salpicado de arena, con los ojos entrecerrados y su camisa de flores y su bronceado total, escuchando Could you be loved.

Hay familia en el Bernabéu. Una familia que ha formado Florentino a fuerza de ingeniería, cachetes y amor. Está el hijo estudioso, el rebelde, la guapa, el guapo, el bonachón, el torpón, el ligón, el gracioso, el tristón... Uno ve a este Madrid de su trofeo, de calle y de uniforme, y atisba esa reverberación del oasis lejano donde todo puede ser posible.

La fiesta de ayer tuvo que ser el castigo del odiador con todas esas sonrisas de familia, de día grande y patronal, con todo ese brillo, todos esos jugadores que se suben por la paredes y arrastran con todo y con todos como los potros salvajes que traía a Jefferson Flem Snopes, y esa cazadora como de piel de serpiente, de mamba negra, de Cristiano que atrae las miradas sibilinas igual que aquella del personaje de Tennessee Williams que le daba a Marlon Brando el primer millón de la historia del cine.

Ya la había visto pero ayer se me fue confirmando la seña de identidad de Marco Asensio (cómo lloraba en la presentación, cómo lloran todos, es el Madrid: "Familia, familia, navaja, espejo", le repetía D'Arnot en la selva al salvaje Lord Greystoke): el pase de la muerte, raso, cortante, preciso, ejecutado con cerbatana. Marco Asensio es un indígena que lanza dardos desde la maleza, ese es el sello, como el salto de la rana de El Cordobés o la mirada azul de Derek Zoolander.

Se adelantaba en el siete, ¡el minuto siete!, el Stade de Reims sesenta años después. Todo perfecto. Yo observaba "la verdegueante hierba" brillar a lo lejos, y a las aves gorjear en discordes tonos. La extensísima pradera, la estepa, que le recordaba a Bale, con coleta de cosaco, de Tarás Bulba, toda su vida pasada. "Entre los tallos finos y secos de la alta yerba, crecían grupos de coronillas, de tintes azules, rojos, y violados; la retama levantaba en el aire su pirámide de flores amarillas..." hasta que marcó Nacho de cabeza a pase de Kroos con un remate carpado, una trucha centelleante saltando fuera del agua.

2016 Trofeo Bernabeu

Todo eso lo miraba Zidane como un púgil saliendo al encuentro de su rival desde la esquina y yo imaginaba gestas y belleza: la melodía de Mascagni envolviendo en el cuadrilátero el solitario calentamiento del toro salvaje aligerada de pronto de solemnidad por las correrías de Baldé, un animador de playa bahameño disfrazado de futbolista.

Era el esplendor de la jugada a balón parado. Sergio Ramos, fino y tirante, amortiguando de virtuosismo las flechas de Kroos. Dos a uno. A Morata le buscaban sus amigos en la celebración como si se fuera a retirar y fue a marcar, otro de cabeza, mucha cabeza, como come el avestruz y con el gesto del avestruz. Morata ni pestañea. Un poco tieso, rígido, alto y emplumado.

Ya en el segundo tiempo apareció Isco con un peinado exactamente igual que el del artista anteriormente conocido como Prince. Y no me había dado cuenta de que el malagueño se desempeña igual que el de Minneapolis actuaba sobre el escenario. Oudin marcó el tres a dos y vimos la cara de la felicidad. Champán de Reims para celebrar una victoria de todos.

James sonreía a lo Top Gun como si acabara de venir de derribar un Mig, y varias veces estuvo a punto de hacerlo. Señales esperanzadoras como las de Kovacic, del que tampoco sabíamos que tenía en el pie un hierro cinco con el que deja la bola lista para birdie con un sencillo putt que ayer convirtió Mariano, que no es un futbolista sino un pateador.

Modric lo observaba todo con lágrimas en los ojos. Lágrimas de padre que ve crecer a su progenie como la arboleda que bordea el camino que va abriendo Carvajal cuando le da el ataque y se pone a correr entre trincheras, salvando proyectiles de mortero, como aquellos mensajeros australianos de Gallipoli. Salió allí a jugar la chiquillería que nunca antes fue más presente. Un Tejero con una potencia robertocarlosiana, Mariano el bombardero...

Yo quiero en el futuro un portero titular que se llame Yáñez y un defensa que se llame Lienhart, lo cual es como un seguro de pertenencia al pasado igual que los regalos de las cajitas de sorpresas que es también ese tal Enzo que gasta una parsimonia deslumbrante, evocadora de alguien (no sé de quién) pero con personalidad propia. Yo le vi hacer un eslalon lento, sorpresivo, y un circular en los medios, gustándose, mientras yo comprobaba el interesante peso de sus zancadas, lo que sin duda también estaría haciendo Coentrao desde el porche de su tienda surfera, allí en la banda del Bernabéu.