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Supercopa en Tallín: enemigos íntimos

Supercopa en Tallín: enemigos íntimos

Escrito por: Antonio Valderrama14 agosto, 2018
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Hay madridistas que desprecian la Supercopa de Europa como si para jugar este partido no hiciera falta ganar la Copa de Europa antes. Es un fenómeno común entre el aficionado al fútbol, para el que los partidos que se juegan en agosto, incluso los de Liga, valieran menos. Tuvieran menos peso, fueran como de mentirijillas. Es curiosa la frontera mental que marca julio con respecto a la oficialidad de las cosas del balompié, como si agosto fuera única y exclusivamente el territorio del calciomercato. De los fichajes, de los rumores y del condicional periodístico: “En las próximas horas el delantero podría firmar un nuevo contrato…”. El fútbol crea espacios psicológicos asombrosos.

Hay madridistas que desprecian la Supercopa de Europa y no deberían. Es un partido que sólo juegan dos clases de equipos: los privilegiados, es decir, los campeones de Europa, y los subvencionados por la burocracia de la UEFA, es decir, los campeones de la Europa League. La naturaleza misma de la Supercopa provoca el inevitable agravio comparativo porque nivela a la fuerza dos categorías irreconciliables de por sí: la de la aristocracia del fútbol europeo y la de la clase media. Democratizar por cojones. Por así decirlo, la Supercopa es un ascensor social de una única parada que posibilita una cosa un tanto impúdica, y es que, a veces, si el supercampeón resulta ser el de la Europa League, éste se autoproclame sin rubor como “el mejor equipo de Europa”. Enrique Cerezo ya lo hizo en una ocasión anterior, no hace mucho.

No obstante, para el campeón de Europa supone un recordatorio glamouroso y agradable de su condición. Es un premio por haber ganado lo máximo que se puede ganar. También consiste, la Supercopa, en un ensayo mucho más serio que cualquier torneo veraniego de cara a la inminente nueva temporada. El Madrid de Lopetegui, huérfano de Cristiano, en una suerte de transición planificada hacia una nueva etapa tras el lustro dominador, se va a enfrentar a un equipo formidable y le vendrá estupendamente afrontar un test muy exigente.

Puesto que Simeone, encarnación del Atlético, lo es. Su equipo ha sido uno de los tres mejores de Europa durante los últimos cinco años. Esto puede ser discutido en la superficie, pero me temo que no en lo esencial. El Madrid de los jerarcas ha ganado cuatro Copas de Europa en cinco años y en tres de ellas ha tenido que derrotar al Atlético de Simeone, contando dos finales y una semifinal. El año de barbecho, 2015, también deparó otro enfrentamiento caníbal entre los dos equipos, que el Madrid logró desequilibrar con la lengua fuera en los últimos minutos del segundo partido.

No es posible negar la evidencia ni tampoco desmerecer la categoría de los adversarios. Los antiguos esto lo sabían bien. La dificultad que entraña el enfrentamiento y el nivel de los rivales acrecientan el triunfo propio y el Madrid de Ancelotti y de Zidane ha pasado las de Caín para vencer a la tribu de Simeone.

A priori este Atlético de Madrid parece el equipo mejor armado de cuantos ha entrenado el técnico argentino desde su llegada en 2012. Contempla una plantilla de impresión contando con puestos doblados en todas las líneas. Parece claro que el objetivo atlético este año es llegar a la final de la Copa de Europa que se disputa en su estadio y no ser una simple comparsa en la lucha por la Liga. El Madrid tricampeón se enfrenta a un desafío único en el fútbol contemporáneo: la superación de sí mismo en un contexto general extraño donde todos los demás rivales potenciales, excepto la Juventus y el propio Atlético, mantienen la misma plantilla de la temporada pasada. Sin Ronaldo, Lopetegui debe redistribuir los goles entre los demás futbolistas de su equipo como si de una administración central se tratara, buscando de qué modo activar los demás recursos, algunos aún latentes, con los que cuenta en un vestuario que ya no tiene el Gran Pararrayos del 7 portugués con el que protegerse durante las tormentas.

La Supercopa es el escaparate en el que, futbolistas discutidos por distintas razones, como Benzema, Asensio, Isco, Modric, Ceballos o Carvajal, deben responder a las preguntas que revolotean sobre ellos como palomas alrededor de un bocadillo tirado en una plaza: si son todo lo buenos que se presumía que eran, si siguen siendo los mejores o la decrepitud ya se ha apoderado de sus piernas, si podrán adaptarse a un entorno mucho más abierto e incierto sin la aplastante referencia de Ronaldo, si podrán volver a ser lo que fueron… el mismo Lopetegui necesita de un triunfo incontestable antes de aparecer por el Bernabéu para la presentación liguera: el caso Rubiales y su ignominioso despido en la víspera del Mundial no le van a conceder más que estos dos meses de tregua en la opinión pública. ¿Y el Madrid, como institución? Hay madridistas que desprecian la Supercopa de Europa y no deberían: el rey no puede disfrutar jamás de un segundo de respiro.