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El sueño de una noche de verano austral

El sueño de una noche de verano austral

Escrito por: Mario De Las Heras31 enero, 2017
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Aquella tarde de atmósfera huckleberryana Rafael Nadal gana dos sets a cero y juega el tie break del tercer set de la final del Masters de Miami, el "quinto Grand Slam", frente a Roger Federer, el tenista número uno del mundo. Nadal ya le ha ganado en el primery, único enfrentamiento previo un año antes en esas mismas pistas y en tercera ronda, en sólo sesenta y nueve minutos. Pero Federer va a darle al joven prodigio una lección, derrotándole en el desempate y en los dos sets siguientes con autoridad.

Aquello pudo ser el cebo que el suizo le puso delante al español. Nadal ha sido un pez catorce años persiguiendo a ese gusano aún habiéndole sobrepasado. No a Federer, su amigo, sino a su gusano. Un gusano elegante y brioso y esquivo. Nadal nada a favor y en contra de la corriente. Muriendo y renaciendo. Hemos visto muchas veces brillar su lomo por fuera del agua pero no son suficientes para dejar de emocionarnos en cada último crepúsculo, cuando casi lo habíamos olvidado todo.

Corro el peligro de ser cursi, si no lo he sido ya, pero es que a mí este hombre, madridista entre otras cosas, logra sorprenderme siempre desde una pista de tenis; algunas veces hasta las lágrimas (como el viernes ante Dimitrov) que a duras penas podía yo contener como un tonto, después de pasarme cinco horas viendo y sufriendo (de amor) a ratos y furtivamente su nueva forma agresiva, otra más, de desempeñarse sobre el duro cemento: un picapedrero con un pañuelo en la cabeza atado por sus cuatro puntas.

He visto a dos enamorados (de su profesión) huir al bosque. Son dos personajes de Shakespeare. Son Lisandro y Hermia, o Demetrio y Helena. Son Nadal y Federer. El duende Puck va a resolver este enredo con un detalle pícaro. En la soledad del tenis el duende, el pícaro Puck, decanta los partidos pesados. Nadie puede mentir. No existe la injusticia. Tan sólo la magia y el amor. El amor. No tengo fuerzas. No me quedan. He caído rendido una mañana de domingo por culpa del líquido del duende, como Nadal. La empatía con el astro del deporte es tal que me siento como Eliot al lado de E.T.


El girasol se marchita y yo siento el dolor del extraterrestre. ¡Él vino a mí!, grito. Pero el corazón vuelve a latir y yo estoy vivo otra vez. Los galernautas me esperan con sus bicicletas en el parque. He robado la ambulancia. Jesús Bengoechea se pone los guantes cortados y el pasamontañas montado en su California, y Hechi y Nacho y José María y Ángel Faerna, y Rafa y Ramón y Jorge y Quillo y Fredo y Andrés y Falstaff y Kollins y Fantan y Alberto. Ya llega la nave. Despega el Madrid. La persecución es terrible. Bajamos terraplenes, nos dividimos, tomamos atajos. De repente nos han interceptado pero volamos. Nadal nos eleva.Desde el aire, sobre el bosque de Puck y de Demetrio y Helena, y de Lisandro y Hermia; sobre el bosque de Shakespeare vemos cabalgar al Madrid. Ya sabemos que no juega (a nada) pero cabalga. Cristiano le da un pase entre líneas a Kovacic con las orejas puntiagudas (Cristiano es Puck por un instante), que corre como el adolescente Superman al lado del tren. El croata espera y espera y marca gol. Y nosotros, la pandilla galernauta, seguimos pedaleando, volando. Llevo a Nadal en la cesta y la Real está neutralizada. Puck es ahora Zidane y Kovacic se estira, se inclina, se pone en paralelo al suelo, Gene Kelly bajo la lluvia, para encontrar a Cristiano que eleva la pelota con una varita en los pies por encima del portero.

Y nosotros casi la podemos tocar con los dedos. Allí abajo todo está controlado. Podemos concentrarnos en llevar a Nadal hasta su nave, pero antes observamos la penúltima estampida madridista en el bosque. Kovacic es sacador, soluciona problemas, es el bisonte que enerva a la manada que sale a su señal al galope. Danilo ve a Lucas Quinto desmarcarse, éste se va por la esquina y lanza a la olla hirviendo de hierbas, de remedios naturales.

Es Morata venciéndose hacia delante igual que una torre quien deja la portería de Rulli llena de escombros. Y entonces aterrizamos. Recordamos la gesta de Nadal (y de Federer) y él nos dice: "Estaré aquí mismo". La nave se aleja como el Madrid del Barcelona y del Sevilla y de todos, sin jugar a nada, simplemente empujada por sus propulsores, mientras aparece Puck en la última escena: "No habrá ratón que perturbe este hogar", como si le acabaran de despertar los pitos.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

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