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Sergio Ramos y la alta cocina

Sergio Ramos y la alta cocina

Escrito por: Fred Gwynne18 enero, 2017
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Cada vez que pierde el Madrid engordo. Es sufrir una derrota y ponerme a cocinar como si se avecinase un periodo de entreguerras. En cuanto la derrota llega, me voy al súper, lleno el carro, extiendo mis provisiones por la cocina, me pongo un ridículo delantal flamenco y empiezo a cocinar. No falla.

Hago fondos, salsas, asados, caldos, bizcochos, tartas, paellas, calderetas, guisos, frituras, roscones…Hago de todo. Y todo bueno. Soy el Modric de la cocina. Regateo salsas, le doy con el exterior a los guisos y domino el área de los fogones mejor que nadie. Al menos eso dice mi mujer entre bocado y bocado. Espero que su condición de osasunista no influya en sus opiniones…

Mi familia sabe que ha perdido el Madrid porque lleno sus frigoríficos a la misma velocidad con la que vacío el mío. Es una balanza inexorable. Me presento compungido, triste, y con varias cazuelas apiladas en mis manos, en casa de mi padre, tíos, primos, cuñados…y ellos en cuanto abren la puerta ya saben la magnitud de la tragedia.

-Qué, otra vez derrota ¿no?

-Sí, te he hecho un caldo de pollo. También te traigo costrones, una merlucita con almejas y un pequeño roscón.

-El gol de Ramos os hundió.

-También tengo en el coche una lasaña. Solo tienes que calentarla en el horno.

-Y el último gol en el 93. Si es que no hay derecho…

-¿Quieres galletas? He hecho unas muy buenas de canela y miel.

- Si te empeñas…

A mi cuñado, el culé, es al que más platos le llevo. Ese ha pasado más hambre que Carpanta. Y, curiosamente, le pasa lo contrario que a mí. Cuando gana el Madrid se le quita el hambre. El pobre llevaba meses y meses sin comer, estaba muy desmejorado y las ojeras le llegaban a la barbilla. Yo creo que cuando pierde el Madrid se asoma a la ventana y de ella no se mueve hasta mi llegada. Él sabe mejor que nadie que el Madrid no pierde, consuela. Y alimenta al hambriento.

El antimadridismo siempre se ha alimentado de migajas. A Figo le tiraron la cabeza de un cochinillo porque el cuerpo, después de asarlo a fuego lento hasta que quedó crujiente y dorado, se lo había comido Florentino. Y el J&B allí se quedó. Solamente un bárbaro sin “culinizar” combinaría el whisky con un buen asado.

Estoy convencido de que si en el Bernabéu se tirase algún manjar a un jugador rival (la comida es sagrada y nuestro estadio aún más para estos sacrilegios) estaría ya listo para degustar. En su punto de cocción, temperatura y servicio. A Piqué nosotros le lanzaríamos el cochinillo recién sacado del horno, una mesa, una silla, la cubertería completa y un buen Ribera de Duero o un Dom Perignom con su cubitera incluida. Y de postre un tocino de cielo de Madrid. Como mandan los cánones culinarios, las buenas costumbres y las once estrellas que lucimos. Como un equipo civilizado y señor.

Mira si tenemos señorío que hasta Sergio Ramos se ofreció voluntario para saciarles. Llevaban tanto tiempo sin echarse algo a la boca que tuvo que ser un jugador del Madrid el que les alimentara. Y dio de comer a todos. No solo al Sevilla, a todos. Algo no tan difícil ya que les basta un penalti cocido a lo panenka para que les entre el apetito. Son insaciables pero se conforman con oler las copas en lugar de bebérselas y lucirlas en el museo. Son el hambre con patas.

En fin, os dejo que se me están quemando las natillas.

Fred Gwynne
Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.