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La Galerna de los Faerna
Sergio Ramos se doctora

Sergio Ramos se doctora

Escrito por: Angel Faerna17 enero, 2017

El comportamiento de Sergio Ramos en el Sánchez Pizjuán durante el partido de vuelta de los octavos de Copa merece un severo escrutinio, qué duda cabe. Existe la equivocada idea de que el público paga para asistir a lo que le echen, limitándose como mucho a aplaudir cuando le gusta y a abuchear o pitar cuando no le complace. Eso está muy bien para la ópera, que es un espectáculo para espectadores, pero el fútbol es otra cosa. ¿Hay algo más deprimente y frígido que un “espectador de fútbol”? No, el espectáculo futbolístico pertenece a la categoría del circo romano, del concierto de rock o, en sus viejos buenos tiempos, a la de las corridas de toros. Su público es consustancial al espectáculo mismo, no su observador, del mismo modo que, según nos explican los antropólogos, las culturas no se deben estudiar desde fuera sino mediante la “observación participante”. La parte antropológicamente más sofisticada de la afición del Sevilla lo entendió perfectamente y contribuyó con lo mejor de sí misma al buen fin de aquel evento, ahora toca juzgar si Sergio Ramos estuvo a la altura.

La misma confusión del fútbol con la ópera y otras tibiezas hace creer a algunos que a un futbolista le basta con saber jugar a la cosa para recibir nuestro plácet. Hombre, eso se da por descontado, y tampoco tiene mayor mérito clavar pases de treinta metros o tener un martillo letal en la cabeza (¡ay, que le pregunten a Keylor!) cuando nadie te está mentando a la madre o deseándote sinceramente la muerte, a ser posible con tu familia delante. Vivimos tiempos timoratos e infectados de “buenismo” (por suerte, los infatigables creadores del idioma nos han regalado esta acuñación despectiva hacia lo bueno, tan necesaria), pero ya va siendo hora de que nos dejemos de paparruchas y retornemos a códigos morales más recios y viriles. Los observadores participantes sevillistas no hicieron sino resucitar la muy docta tradición de su ciudad, cuna de una de las más centenarias universidades de Europa, y brindar a su antiguo alumno la oportunidad de doctorarse a la vieja usanza. En efecto, urge volver al siglo XV, en la universidad, en el fútbol y en todo. Las defensas de tesis doctorales duraban en aquellos gloriosos tiempos varios días, uno de ellos en domingo para que la masa popular pudiera disfrutar de un festejo sano a la par que edificante. El doctorando comparecía ante el claustro acompañado de su padrino, como el boxeador irrumpe al trote en el ring de Las Vegas con la capucha de la bata calada hasta la nariz y su entrenador revoloteando alrededor con las últimas instrucciones. No bien comenzaba a hablar, empezaba a recibir toda clase de burlas, rechiflas y denuestos por parte de los doctores allí presentes, por ver si le hacían temblar la voz o las piernas. En algunos casos, incluso se colocaba a su lado un erudito provisto de un alfiler con el que pincharle a través de la toga mientras desarrollaba la “dissertatio”. A todo esto, por supuesto, el alegre público estudiantil no paraba de meter bulla y manifestar su opinión sobre el desarrollo del acto, lo que podía incluir el lanzamiento de hortalizas. Si uno era capaz de mantener la apropiada dignidad profesoral y desgranar impertérrito sus argumentos en mitad de aquel escarnio, recibía el abrazo de los doctores y salía en triunfo. Si no, al menos ya tenía algo que contar a sus nietos.

El paraninfo del Sánchez Pizjuán hizo, pues, lo que se esperaba de él. Sorprendentemente, los comentaristas no lo entendieron y criticaron duramente la conducta de tan selecto graderío, imbuidos sin duda del clima de decadencia intelectual en que estamos inmersos. Ahora bien, tampoco se abstuvieron de afearle al doctorando su ejercicio de defensa, y aquí sí debo decir que anduvieron distraídos y no solo faltos de fibra moral. Me refiero, claro está, a los gestos que dirigió Ramos hacia las gradas después de transformar el penalti y no a otra clase de gestos técnicos que formaron parte también de su desempeño como defensor. Yo tuve que seguir el partido por la radio, de modo que oí a Alfredo Relaño decir que lo que tendría que haber hecho el jugador era “meter el penalti y ya está”. Cuando más tarde pude ver las imágenes de televisión, quedé perplejo. A mí Relaño cada vez me recuerda más por su aspecto y maneras a un fraile dominico, y la Orden de Predicadores ha formado siempre mentes muy finas, así que no esperaba semejante falta de agudeza por su parte porque esa fase del discurso de Ramos fue sin discusión la más precisa y articulada. La tesis alcanzó en ese momento los máximos valores de discriminación y síntesis y resulta casi imposible de parafrasear, señal inequívoca de una correspondencia perfecta entre contenido y forma. Primero, encaró a una grada del campo y se puso las manos detrás de las orejas, tras lo cual le dio la espalda y se señaló el dorsal, como diciendo “mi nombre está aquí escrito, buscadlo en la Wikipedia, el vuestro no lo he oído bien”, o “perdonad pero no estaba prestando atención, es que soy Sergio Ramos y estaba eliminándoos de la Copa”. O algo parecido, ya digo que la paráfrasis es ardua. Expuesto este primer punto sin el menor titubeo y con el énfasis justo, procedió a contextualizar el aserto mostrando su respeto al sector del respetable digno de tal nombre, señalando a sus asientos y juntando píamente las manos: “con vosotros no va la vaina, paisanos, es entre estos mastuerzos y yo”. ¿Meter el penalti y ya está, fray Alfredo? ¿Se le puede pedir a Cicerón que se limite a no pisar el Senado cuando ande por allí Catilina? O yo estoy tonto o el padre Relaño, O. P., ha perdido el oremus.

Y si la disertación del bachiller de Camas fue retóricamente impecable, en hondura moral alcanzó el nivel de “lectio”. Trascendiendo el tópico evangélico de amar a los enemigos y devolverles bien por mal, idea de muy dudoso encaje en los principios de la justicia y en la psicología humana, futbolística y más allá, se inspiró en las mejores fuentes paganas para traer a colación, primero, las Analectas: si pagas el mal con bien, ¿con qué pagarás el bien? Entre el vicio de pagar el insulto con otro insulto y el de comértelo por las buenas, la virtud reside en el término medio, que es mostrar temple y una prudente firmeza, como enseña, en segundo lugar, Aristóteles. Niños madridistas y sevillistas, aprended filosofía en el campo de fútbol ya que no os la quieren enseñar en el cole.

Supe por el Portanálisis del sábado siguiente que la hoja diocesana dominica trajo a su primera plana el vocablo “calentón” sobre una foto de Sergio Ramos en plena alocución ante los claustrales. Se referiría a las caras congestionadas de la tribuna, porque para tirar un penalti con esa holgura y dictar acto seguido una conferencia de ese nivel, hay que ser frío como un sueco. Y todo sin una palabra de más; de hecho, sin una palabra. Para mí, cum laude.

Número Dos

Ángel, el segundo de los Faerna, es profesor de universidad. Procura enseñar Filosofía sin hacer más daño del inevitable. Su especialidad, si acaso, es la epistemología y el pensamiento clásico norteamericano, extravagancia que compensa con una desmedida afición por los buenos arroces.

4 comentarios en: Sergio Ramos se doctora

  1. Excelente.Pero me gusta y es mas exacto, la gata Alfredo. Merodea las noches de celo buscando como sobrevivir y saborear un orgasmo con cualquier gatuno antimta. Envidioso,hipocrita y lo que es peor, un periodista con la credibilidad perdida y en una guerra en la que no le importa perder su periodico. Una guerra declarada y mantenida por el mismo.Una guerra sin enemigo, solo por odio. No hacen falta más: los odiosos ocho son frailes comparados con la gata Alfredo....