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Segundos antes de la tormenta (2ª parte)

Segundos antes de la tormenta (2ª parte)

Escrito por: Quillo Barrios28 octubre, 2015
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Es injusto que Claire Underwood no tenga más protagonismo en los primeros capítulos de ‘House of Cards’ cuando su personaje, oscuro y enigmático, invita a bucear dentro de él. Algo parecido sucede con Mickey Donovan, el gran infravalorado dentro de ‘Ray Donovan’. Fue por cosas así por las que decidí empezar la semana pasada una trilogía basada en aquellos futbolistas que no salen en la foto cuando hay un gran gol o los matices que se pierden mientras nuestra memoria guarda la imagen del balón besando la red.

El 21 de octubre os hablé del desmarque de Raúl González tras el regate de Redondo en Old Trafford, del pase de Seedorf al propio Raúl antes del ‘aguanís’ contra Vasco da Gama y de la asistencia de Savio al ‘siete’ la noche en la que este mandó callar al Camp Nou. Esta semana tocan tres nuevos goles que llevan consigo el silencio que suele haber segundos antes -o después- de la tormenta.

Real Madrid 2-0 Barcelona | 4 de noviembre de 2001

El Clásico en el que Luis Figo se quitó toneladas de rabia de encima. En el que pudo gritarle al Barcelona que había pasado página. Lo hizo con un gol, el que sentenciaba el partido y llevaba el delirio al Santiago Bernabéu. Todos recordamos aquel remate de primeras al palo largo, esa celebración mirando a la grada y agitando los brazos. Esa liberación. Su tanto fue el 2-0 casi al final del encuentro.

Pero antes de su remate, del estallido, una fugaz aparición de Raúl González. El ‘siete’ asistió a Figo sin tocar el balón. Makelele lo buscó con un pase raso desde el lateral del área, pero Raúl miró de reojo antes de llegar y decidió pasar con soltura por encima del esférico para descolocar a la defensa del Barcelona y dejar así a Luis Figo mano a mano con el portero. Por enésima vez, el delantero blanco fue el más inteligente. Y en esta ocasión no le hizo falta entrar en contacto con la pelota. Segundos antes de la tormenta.

Makelele Figo

Barcelona 1-2 Real Madrid | 16 de abril de 2014

Final de la Copa del Rey. Cristiano Ronaldo estaba en la grada dejando algo cojo al Real Madrid en ataque. Sin embargo, el equipo de Carlo Ancelotti estaba compitiendo bien. Mira que le hemos visto encuentros desastrosos al conjunto blanco contra el Barcelona, pero en las finales suele dar la cara y firmar buenas actuaciones. Incluso en esas Supercopas marcadas por la tensión de la que solo el color blanco parecía culpable, el Real Madrid fue capaz de mirarle a los ojos al eterno rival.

En esa noche primaveral de Mestalla, la prórroga amenazaba con hacer acto de presencia como años atrás. El resultado era de 1-1 y el Real Madrid parecía haber desaprovechado todos los cartuchos ofensivos de los que disponía. Superior en muchas fases, no materializó. Dejó que la improvisación y el jardín de Iker Casillas -estoy seguro que aquel remate de Neymar al palo hubiera sido gol con otro guardameta- gobernasen la recta final. Pero entonces apareció Gareth Bale.

Su carrera hacia el cielo ya forma parte de la historia del Real Madrid. Salió incluso del campo para dibujar una curva épica con la que probar la originalidad de los narradores. Tata Martino se desquició en el área técnica intentando evitar lo inevitable mientras Marc Bartra se vio incapaz de coger el tren que lo podía haber convertido en héroe. Pinto fue espectador de lujo, y el balón, mimado como nunca a la velocidad de la luz, besó las redes para darle otro título al Real Madrid.

Sería injusto hablar de otro que no fuera Gareth Bale, pero también sería injusto no recordar dónde nació todo. Antes de que el galés desatase el animal que lleva dentro, el Real Madrid tuvo que salir de la presión culé. Y ahí el nombre propio fue el de Fabio Coentrao. El portugués, sobre cuya espalda resistían latigazos mediáticos que muchos no habrían podido soportar, le dio a su equipo oxígeno cuando parecía que lo tenían agarrado del cuello. Coentrao estaba en el lateral de su área a punto de recibir un balón que invitaba a ser golpeado hacia ninguna parte. El defensa, rebelde, tiró de control orientado y cambio de ritmo para dejar atrás dos rivales y darle sentido a la que posteriormente se convertiría en una de las acciones más espectaculares de la historia reciente. Segundos antes de la tormenta.

Bale-Coentrao

Bayern Munich 0-4 Real Madrid | 29 de abril de 2014

Pocas veces ha sentido el madridista esa mezcla de orgullo, grandeza y superioridad en un mismo partido como en el que se jugó en el Allianz Arena semanas antes de conquistar la ‘Décima’. El Real Madrid iba a la guerra con un insulso 1-0 de ventaja. El Bayern quería quemar árboles y elevar a los altares a Pep Guardiola. Se sentían incluso favoritos, como si hubieran conseguido amedrentar al Madrid con su prepotente discurso. Sin embargo, el guión deparó un superlativo encuentro de los hombres de Carlo Ancelotti. Serio, concentrado, solidario y ambicioso, el Real Madrid, sin necesidad de bailar sobre la pelota, arrasó Munich.

La pizarra sirvió en bandeja los primeros goles. Sergio Ramos golpeó dos veces seguidas como si fuera el delantero centro. En un abrir y cerrar de ojos, el Madrid estaba 0-2 y el infierno parecía una casa en silencio, un domingo de resaca tras un sábado agitado del que no recuerdas nada. Y lo mejor estaba por venir. La ‘BBC’ ofreciendo un concierto en el que sobraba todo menos el estribillo.

Hablo del 0-3. Contragolpe extraordinario que finalizó Cristiano Ronaldo a pase de Bale. Los del Bayern corrían hacia atrás sin saber por qué, persiguiendo sombras y viendo borroso ese balón que cabalgaba veloz sobre la inmaculada pradera del Allianz. Precisión quirúrgica para rematar al gigante herido. Pero antes de la asistencia y el gol, Benzema. El francés, como casi siempre, le dio sentido a todo. Controló en el centro del campo un envío que venía con cierto veneno. Lo hizo con la derecha mientras Dante lo miraba esperando que no se le ocurriera ninguna genialidad. Benzema bajó el esférico al suelo, levantó la cabeza y rompió la línea de presión con un pase al hueco para que Bale supiera que el plato ya estaba preparado para ser servido. Al vértigo lo precedió la elegancia. Casi siempre fue así con la ‘BBC’. Segundos antes de la tormenta.

BBC