Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Road to Cardiff: Apéndice

Road to Cardiff: Apéndice

Escrito por: Jesús Bengoechea6 junio, 2017
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

No calculé que la entrega de esta serie ("Road to Cardiff") tuviera precisamente doce entregas. No lo hice adrede. Sí es cierto que, al descubrir que la entrega correspondiente a las vísperas de la Final hacía la número doce, y a pesar de que podría haber escrito alguna más, decidí dejarlo estar. Haber sacado la 12+1 antes de la Final habría supuesto tentar doblemente a la suerte: por no dejarlo en la entrega doce y por entrar en la 12+1, todo por el mismo precio. Los que somos completamente racionales para todo menos para el fútbol sabemos de qué hablamos. La Final ya ha pasado, hemos ganado y no hay suerte que tentar, por lo que me animo a escribir este apéndice a prueba de maldiciones.

Ha sido una serie entretenida de escribir. He mezclado en ella anécdotas de mi vida en Gales con insensatas asunciones de la llegada del Madrid a la Final que luego se han revelado no tan insensatas, quizá porque no lo eran. Uno nunca apuesta lo suficientemente fuerte cuando apuesta por el Madrid, y por eso en cada una de las entregas anteriores asumí ese hecho, asumí que el Madrid jugaría aquí (digo "aquí" porque vosotros habéis vuelto de Cardiff pero yo me he quedado en ella) la Final soñada. En alguna incluso asumí la victoria en la Final. Los partidarios del contragafe reconocerán que tienen en mí un fiel y amistoso contendiente.

Todo ha pasado ya pero mi mente no se despega (ni quiere hacerlo) de imágenes vívidas, refulgentes como el sol que destella en miles de selfies en la Fan Zone y en el camino al estadio vía Queen Street, entre cánticos y vapores de alcohol. El de la camiseta del Betis que tanto destacaba, por cierto, es amigo mío y se alojó en mi casa junto con otras ciento setenta y cuatro o ciento setenta y cinco personas, italianos incluidos. He sido durante unos días una especie de embajador de chichinabo del madridismo y de algunos contrincantes respetables, y os tengo que contar que lo he pasado muy bien porque hemos ganado: si hubiéramos perdido, en nada valoraría hoy los maravillosos momentos de amistad y risas desatadas. Así de mezquina es el alma del hooligan con la excepción del alma noble de mi amigo bético, del que hablaré con más profundidad en otro momento.

El madridismo llegaba a la Final en modo celebratorio y reivindicativo. Tengo para mí que la fiesta por haber llegado allí (es decir, aquí), con todo lo que ello significaba, rebasaba este vez la responsabilidad de ganar (porque el madridista siente como una responsabilidad propia el que su equipo gane y tal vez por ello, por sentimiento de culpa subconsciente, se encabrona tanto cuando no lo hace). Reinaba allí (aquí) un júbilo impropio de una previa, hasta el punto en que no hubo apenas diferencia con la algarabía del post. La euforia era similar. Imagino que es lo que les sucede a las masas cuando le adorna un sesgo de superioridad tan manifiesta que no depende del hoy.

Pese a las muy evidentes restricciones logísticas, derivadas del tamaño de la ciudad, y aunque ha habido obvio margen de mejora en la gestión de determinadas situaciones, me parece que la gente se ha llevado una buena imagen de Cardiff o más específicamente de sus vecinos. Siempre hay excepciones, claro. Gistau ventiló la capital galesa aludiendo a "la ramplona tristeza de una ciudad mediocre y suburbial". Gistau sigue escribiendo muy bien pero (como en Aterriza como puedas le sucedía a Lloyd Bridges con el tabaco, el pegamento y tantas cosas) ha elegido el peor momento posible para ser antiflorentinista, lo que sin duda le sitúa -total o parcialmente- en un estado de ramplona tristeza que acaso atribuya no solo a Cardiff, sino a todos o gran parte de los lugares que visita. Es una lástima que se haya llevado una impresión tan pobre de una ciudad cojonuda. Yo le invitaría de buen grado a mi casa para que tuviese unos días para juzgar con más calma (le admiro) a pesar de que me cuentan que no tenemos demasiados amigos comunes.

Todo fue atípico. Fantásticamente atípico porque ganamos. Hubiese sido dantescamente atípico si hubiésemos perdido. No me hacía falta ir a la Final de la Champions porque ya la Final de la Champions venía a mí, ésta era la primera anomalía. Mi condición de seguidor del Madrid se daba la mano con la de anfitrión de mucha gente y con la de comentarista de Real Madrid TV no bien terminase el partido. Todo ello conformaba una extraña amalgama anímica. Esa aparición en RMTV podía ser el mejor o el peor momento de mi vida según cómo se dieran las cosas. Resulta que fue el mejor y a la vez no fue el mejor porque mientras hablaba para miles de personas (no sé cuántas) anhelaba el poder celebrar con mis familiares y amigos, que me esperaban fuera. En algún momento lo dejé caer, llevado por la euforia, aunque de inmediato maticé que también me encontraba muy a gusto en el set, siendo como soy un orgulloso colaborador de la cadena.

-Tienes la voz algo tomada- me dijo en algún momento Álvaro.- Me parece que ahí dentro has debido de cantar algún gol.

-Nada más lejos de la realidad, estoy constipado- debió haber sido mi réplica descarada. (La verdad es que lo estaba también, créase o no).

Todo fue atípico, sí. El componente más atípico de todos es menos ligero que todo esto. Hay una crueldad indecible en el hecho de que Julio no haya podido ver ni la Liga ni la Champions, así como en el hecho de que se haya quedado tan cerca de hacerlo.

Pero hay una extraña, íntima sensación de plenitud respecto a esto también, casi como si al "no" de la tercera frase del párrafo anterior hubiera que meterlo en medio de un paréntesis cortísimo e incauto, casi como si todo estuviese peligrosamente cerca de indicar que las historias para niños vuelven a ser ciertas y en realidad lo ha seguido todo desde el tajo de su Ronda natal. Sus hijos lo vieron allí y el sortilegio funcionó. "Uno tiende a pensar que nada puede ir mal en la Final estando yo en Ronda y tú en Cardiff", me escribió uno de sus hijos en la víspera. Y tenía razón. Nada podía ir mal. Excepto, claro, el hecho de que a Julio ya solo podemos llorarle con la esperanza de que lo que nos cuentan cuando somos niños sea verdad, como lo es lo que nos cuentan sobre el Madrid. Cuestión de eternidad. Es muy simple: Julio vive en nosotros de muchas formas, entre ellas a través de la causa que tanto le hizo (y le hace, paréntesis incauto) vibrar como un niño. No lo sabía cuando la comencé, pero esta serie ha sido por y para él, como lo ha sido esta increíble temporada.

Hasta siempre, hermano.