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Resurrección en Lisboa

Resurrección en Lisboa

Escrito por: Athos Dumas1 junio, 2017
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Se hizo esperar. Nada menos que doce años de frustraciones. Desde 2005, año a año, el Real Madrid era eliminado en octavos de final sin apenas competir: Juventus, Arsenal, Bayern, AS Roma, Liverpool, Olympique de Lyon nos pasaron por encima en unos años que me parecieron tan largos como la búsqueda de Ethan Edwards de su sobrina Debbie en la majestuosa Centauros del desierto. Seis años en los que el Madrid fue incapaz de estar entre los ocho mejores de equipos de Europa.

La llegada de Mourinho en 2010 nos volvió a poner en el mapa. Al menos competíamos y logramos aparecer por fin en las semifinales de la Copa de Europa tres años seguidos en los que por diversas circunstancias (la expulsión injusta de Pepe a manos de Stark ante el Barcelona, los penaltis ante el Bayern en el Bernabéu, la pésima segunda parte del equipo en una noche aciaga en Dortmund) no conseguimos el pase a la final.

Pero el Madrid había vuelto a recuperar el respeto que voló tras aciagas campañas anteriores. Carlo Ancelotti había hecho una campaña notable en España, con la consecución de la Copa del Rey (2-1) en Valencia ante el Barça (aquella prodigiosa cabalgada de Bale), aunque en las últimas jornadas de la Liga el equipo flojeó, perdió puntos de forma absurda (Valladolid, Celta), y brindó el título nada menos que al Atlético del Cholo. Las malas lenguas dijeron en aquellos momentos que el equipo había tirado la liga para centrarse en la Champions.

El caso es que la trayectoria en la UCL no pudo ser más brillante, eliminando uno tras otro a los mejores equipos alemanes, al Schalke 04 en octavos, al Borussia Dortmund en cuartos (con “suspense” en la vuelta ya que no supimos manejar suficientemente bien el 3-0 de la ida) y, por último, al Bayern en semifinales. El partido de vuelta en el Allianz (0-4), para mí el mejor partido que yo haya visto al Madrid fuera de casa en Copa de Europa, con dobletes contundentes de Ramos y de Cristiano, y con una autoridad jamás vista, y menos en territorio alemán.

Ese 0-4, la concentración que tuvo todo el equipo en Múnich, contrastaba con la dejadez y poca intensidad que se había visto al Madrid en las últimas jornadas de liga. Realmente, aquella temporada 2013-2014, estoy convencido que tenía que haber sido la de un triplete histórico que jamás hemos logrado.

Una semana después del final de la liga se iba a disputar un derby madrileño para coronar al campeón de Europa. En Lisboa, ciudad distante de Madrid de apenas 625 kilómetros. Todo Madrid quería estar allí presente. El estadio que albergaba la final, Da Luz, sede del glorioso Benfica, iba a tener una capacidad muy insuficiente para toda la demanda de entradas que se avecinaba.

Una vez más, no tuve suerte en el sorteo de las entradas para socios. Pero tampoco tenía dudas de que tenía que estar en Lisboa, apoyando al equipo de cerca, con o sin entrada. El buscar alojamiento fue toda una aventura, un colega portugués del trabajo me puso en contacto con una amiga suya, que me alquilaba su piso, bastante céntrico, por 2 noches (viernes 23 y sábado 24 de mayo). Eso sí, me pedía 900€ por las 2 noches.

Rápidamente, mi amigo Fonsi se puso en marcha y convenció a varios de sus amigos (algunos con entrada, otros no) para entre todos poder pagar esa enorme cantidad. El piso tenía 5 habitaciones y yo creo recordar que finalmente allí dormimos 10 o 12 personas. Así que poco a poco recuperé mi inversión inicial. 900€ en Lisboa, en ese tipo de apartamentos, es aproximadamente lo que cuesta alquilarlo por un mes. O mes y pico.

Yo seguía sin entrada. Pero confiado en la providencia. A las malas, tenía alojamiento en Lisboa, el viaje era muy cómodo en coche. Conozco bien Lisboa, La ville blanche como la llamó Alain Tanner en su preciosa película de 1983. Con o sin entrada, el fin de semana iba a merecer la pena.

Finalmente me acoplé con Fonsi y con su padre, Alfonso, un madridista de pies a la cabeza, caballero del honor. Fonsi y su padre tenían entradas, a través de una peña de la que Fonsi es miembro activo, y yo confiaba en que al final alguna entrada encontraríamos por mediación de la peña o por donde fuese. El viernes 23 salimos los tres a mediodía por la Nacional V, que ya estaba repleta de coches y autocares repletos de hinchas. Como siempre, se veían más banderas y bufandas rojiblancas, ya se sabe que los madridistas somos menos ostentosos a la hora de mostrar nuestros símbolos distintivos.

Parada en Trujillo. A reponer fuerzas. Aquél día la localidad cuna del conquistador Francisco Pizarro recaudó miles y miles de euros gracias a la final de la UCL. Medio Madrid estaba allí, degustando la buena cocina extremeña. Algunos piques entre mesas en los diferentes mesones, todo producto de una buena vecindad y convivencia.

A la altura de Badajoz ya se notaba un tráfico feroz, también se estaban incorporando en dirección a Lisboa numerosos aficionados de Extremadura, de Andalucía, de Salamanca. Llegamos a Lisboa hacia las 7 de la tarde y encontramos por fin la calle del piso alquilado, justo enfrente de un convento. Había una actividad inusitada en el convento, luego nos enteramos que las avispadas monjas ¡habían alquilado varias de las celdas o aposentos a aficionados de ambos equipos!

Cena al borde de la desembocadura del Tajo –As Docas– en una noche de temperatura muy agradable, con unos hinchas muy ruidosos del… ¡Borussia Dortmund! Hablando con ellos, habían comprado sus entradas para la final antes de ser eliminados por el Madrid en cuartos, y no por ello habían dejado la ocasión de venir a Lisboa a ver la final.

Pese a la gran cantidad de coches que habíamos visto en la carretera no vimos demasiado ambiente futbolero aquella víspera. Cuando amaneció el sábado 24 de mayo de 2014, aquello era otra cosa. Lisboa se convirtió en una auténtica olla a presión. Desde primeras horas de la mañana, todos los aficionados merengues y colchoneros iban ya ataviados con sus colores y sus prendas de guerra. Aquél día yo me puse mi camiseta firmada y dedicada con cariño por Don Alfredo Di Stéfano, con el 9 y el nombre “Di  Stéfano” a la espalda. Dudé en ponérmela ya que la única vez que la había llevado en una final había sido en la aciaga final de Copa el año anterior ante , precisamente, el Atleti. No podía ser que esa camiseta estuviese gafada con lo cual, valientemente, me la enfundé en Lisboa.

Cogimos el metro en dirección a la Fan Zone del Madrid, en la Praça do Rossio, cerca del río y de la Praça do Comercio. En el andén ya había batallas de cánticos, los atletistas presumían desde el año anterior de ser los que mandaban en la capital, y más después de haber ganado la liga 2013-2014 unos días antes. Piques muchos y alguna subida de tono sin mayor importancia. Al llegar a la Praça do Rossio, en pleno territorio madridista (la Fan Zone del Atlético estaba cerca de la Praça Marqués de Pombal, separadas ambas por la larga y elegante Avenida da Liberdade), el ambiente merengue era brutal, sano, festivo. Ambientazo. Era la primera vez que yo iba a una Fan Zone, ya que en las finales anteriores, aquello aún no se estilaba. Cerveza Sagres, bailes, cánticos. Vimos de lejos en el escenario instalado a Amancio, a Mijatovic, a Raúl, que eran aclamados y ovacionados por todos.

Os recuerdo que yo seguía sin entrada. Mordiéndome las uñas. Cada vez que mencionaba el tema, Fonsi hacía una extraña mueca o una media sonrisa. Yo confiaba aunque dudaba. Me llamó mi amigo, superviviente de la Novena -12 años antes-, uno de los míticos Wallace, Sir Edward, que acababa de llegar a Lisboa con sus sobrinos y sin entrada también. Quedamos en vernos para comer. Fonsi y su padre tenían que pasarse por el hotel donde estaban alojados los directivos para recoger sus entradas. Allí ví de lejos a mi ídolo Paco Gento que estaba tomando un café. Y a Butragueño. Al salir del hotel, por fin mi amigo Fonsi –qué grande y cómo me hizo sufrir– me dio mi entrada: ¡él lo tenía claro desde el principio pero me quiso torturar hasta seis horas antes del comienzo del partido!

Esto ya era otra cosa. No iba a ver el partido en la Fan Zone o en una terraza del barrio de Alfama ni en el piso alquilado. Subidón de adrenalina. Las cosas se estaban arreglando. No habíamos reservado restaurant