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Replicante 7

Replicante 7

Escrito por: Pepe Kollins28 febrero, 2017
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Antes de que más de media humanidad se entregara a la procrastinación con el móvil, yo ocupaba mis esperas en la cola del supermercado, frente al rojo del semáforo o en la puerta de la guardería de mis hijos, imaginando qué sería en cada instante de Emilio Butragueño. Quisiera aclarar que cuando menciono a Butragueño me estoy refiriendo al Buitre, el excelso delantero que recibió el testigo del dorsal 7 del mítico Juan Gómez “Juanito”, que posteriormente se lo cedió a Raúl González, y que elevó los sueños e ilusiones del madridismo allá por los ochenta. El aclaratorio me sirve para desvelar el objeto de esta disertación: el otro Butragueño, el ente que ahora ocupa el cargo de Director de Relaciones Institucionales en el Real Madrid y al que a partir de este momento me referiré como Replicante 7.

Para aquellos que no tuvieron ocasión de disfrutarlo, les diría que Emilio Butragueño, el verdadero, fue el líder no ya de un equipo sino de toda una generación. En un momento en que la institución blanca y hasta el fútbol español en general permanecían anclados en una profunda decadencia, la Quinta del Buitre supuso una agitación de tal magnitud que transformó el panorama futbolístico de nuestro país a todos los niveles. Como futbolista Emilio destacaba por su habilidad y su olfato goleador, pero su rasgo más característico constituía una rareza: superaba a los rivales congelando la jugada para contraatacar, una vez hipnotizado el defensa, con un súbito arranque explosivo.

Aunque el Buitre forjó desde de su aparición una imagen de formalidad impoluta que le convertía en el hijo ideal y el yerno deseado, también se reflejaba en su expresión la picardía de un ser vivaracho. De sonrisa fácil, casi sostenida, hablaba en sus reflexiones mirando hacia lo alto y muy pausadamente, como en su juego, pero siempre terminando con la misma arrancada que en la cancha, culminando su declaración mirando de reojo, mientras en la comisura de sus labios se insinuaba una travesura que confirmaba que ya había regateado al periodista.

Más allá de su aparente corrección, Butragueño fue un jugador y por ende una persona de importante personalidad, dotado de un gran espíritu competitivo y siempre dispuesto al desafío, la gracia o incluso la seducción. En sus primeras declaraciones, tras su debut en Cádiz en 1985, ya mostraba frente a las cámaras un desparpajo inusual en un neófito. Un año después no dudó en saltarse el régimen interno para fugarse de una concentración en Milán, por la noche, junto a Valdano. La misma persona a la que se encaró diez años después cuando el argentino, entonces su entrenador, tuvo que conferirle el estatus de suplente. Sí, Butragueño era un niño bueno, pero era ese niño bueno que apostaba su rostro angelical cuando su madre reñía sin clemencia a sus hermanos por haberse comido la única onza que quedaba mientras él, impune, se relamía los restos de chocolate disimuladamente.

El cómo la opinión pública y el madridismo en particular pudieron aceptar que aquel chico, al que se le transparentaba la picardía, fuese la misma persona que Replicante 7 es un misterio aún por resolver. Tras su marcha del Real Madrid el Buitre se incorporó a la liga azteca donde jugó en el Club Atlético Celaya durante tres temporadas hasta su retiro. No es descartable que, aprovechando su estancia en México, siguiera la senda chamánica de Carlos Castaneda, puesto que la siguiente noticia que tuvimos de él, al cabo de unos años, fue que se incorporaba, imbuido por el espíritu hippy, en la academia de yoga de Ramiro Calle. Pero entonces un día, de sopetón, nos contaron – así sin sonrojarse - que el Buitre había pasado de la posición de loto a una poltrona en el Bernabéu y que su forma de hablar era ahora similar a la de un servicio de atención telefónica automatizado. Una breve observación y análisis del sujeto – u objeto – en cuestión bastaba para concluir que aquello que pululaba por la T4 no era otra cosa que un replicante.

Los replicantes eran los androides que constituían el eje central del legendario film de Ridley Scott, Blade Runner, basado en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. El título cinematográfico hacía referencia a los cazadores de estas criaturas mecánicas que resultaban indistinguibles de una persona cualquiera. Para desenmascararlos se les sometía al test de Voight Kampf que calibraba sus reacciones emocionales ante situaciones éticamente dudosas. En la historia original los replicantes manifestaban una ausencia total de estímulos frente a estas exposiciones, lo que constituía una prueba definitiva de su naturaleza robótica.

No me malentiendan. Replicante 7 hace bien su trabajo.

Esta carencia de empatía es la misma que podemos detectar en Replicante 7 al término de cada partido del Real Madrid. Obviamente, cuando las circunstancias son propicias para una alteración emocional – como una derrota inesperada o una actuación arbitral dolosa - el contraste entre su frialdad y los hechos acaecidos aún evidencia más su condición de sin sangre.  Así, ante una derrota inesperada, Replicante 7 nos contesta con suma placidez que “hoy en día no hay rival fácil” y lejos de transmitir algún tipo de desaliento – que tampoco puede sentir – nos avisa con una sonrisa de que “hasta que no sea matemáticamente imposible seguimos teniendo opciones”. De nada importa que los jugadores hagan un alarde de dejadez vergonzante a ojos de todo el planeta porque “a buen seguro que el equipo mostrará su mejor cara en el próximo encuentro”, que el colegiado nos atropelle con errores garrafales porque  - a diferencia de él – “son humanos” o que el rival nos lance una crítica corrosiva porque “nosotros no entramos en este tipo de disputas” tal y como marca su configuración.

En cierta ocasión, en que la Blade runner Susana Guasch espetó a Replicante 7 “si  tenía miedo de que con Messi el Barça alcanzara al Madrid en Copas de Europa”, resultó evidente el colapso del androide ante lo absurdo del planteamiento. Tras dar un respingo – que sonó a metálico- suspendió su mirada en silencio durante unos segundos, como si estuviese rebobinando en busca de alguna información que pudiese respaldar semejante simpleza, y tras abrir mucho sus ojos vocalizó lentamente: “Resulta complicado. Ellos tienen 5 y nosotros 11”.

Y es que no me malentiendan. Replicante 7 hace bien su trabajo. Como buen ciborg, es eficiente según los parámetros que le han marcado. Nadie duda de su capacidad de procesamiento, de su diplomacia y saber estar. Pero, en ocasiones de máxima convulsión, para el aficionado resulta desesperante esta impasibilidad, esta distancia con el sentir generalizado del madridismo que termina interpretándose como una ausencia de voz por parte del club. Que frente a situaciones como el atropello arbitral en el pasado clásico, ante afrentas como las sufridas por Sergio Ramos en el Sánchez Pizjuán, con la campaña electoral del alcalde de Vigo en el affaire uralita, o con lo ocurrido con la realización televisiva del partido de Villareal y las posteriores insinuaciones de Fernando Roig, la única respuesta de la institución sea que Replicante 7 despliegue un arsenal de tópicos y mensajes políticamente correctos, desconcierta tanto a tus propios seguidores como tranquiliza a tus rivales.

Bien haría el Real Madrid en plantearse la adquisición de un prototipo algo más enérgico, asignando a Replicante 7 otras labores, incluso de mayor responsabilidad.

Bien haría el Real Madrid en plantearse la adquisición de un prototipo algo más enérgico para casos como los citados, asignando a Replicante 7 otras labores, incluso de mayor responsabilidad, pero no tan expuestas como la actual. Mientras tanto, un servidor sigue preguntándose dónde podría hallarse Emilio Butragueño en estos momentos. Y no puedo evitar imaginarlo en alguna playa del Caribe, tumbado en una hamaca, bajo una sombrilla de pajizo, degustando daiquiris.

Aunque un amigo me apunta que hace tan solo una semanas creyó distinguirlo en el palco del Bernabéu, en la previa del partido contra el Nápoles, como un espectro juguetón, señalando a unos y a otros, con indisimulable pitorreo, la turca que llevaba encima Maradona. Mi Buitre.