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Rafael Nadal, de azul infinito

Rafael Nadal, de azul infinito

Escrito por: Mario De Las Heras12 octubre, 2020
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No hay techo que contenga al tenista español

Hace muchos años a Rafael Nadal yo le llamé el morador de las arenas. Y no era por la tierra que pisa como los pétalos de rosa que le echaban a su paso al príncipe de Zamunda, sino por la forma con la que jugaba sobre el cemento azul de Indian Wells, ese oasis en medio del desierto. Por entonces Nadal ya empezaba a aclimatarse a todos los terrenos y a todas las cosas, extendiendo su poderío a otros dominios. Entonces era una fuerza de la naturaleza que ya disparaba a todo. Me acordé de William Munny volviendo a disparar con el revólver a unas latas en su granja sin demasiado éxito bajo la atónita mirada de sus hijos el día que le propusieron ir a vengar a la mujer desfigurada. Nadal era el William Munny que decide ir a por la escopeta recortada para no fallar antes de ponerse de nuevo a cabalgar.

Rafael Nadal no ha dejado de cabalgar desde hace quince años, pero cada vez más brioso, más listo, con mejor puntería. Quién nos iba a decir que iba a llegar hasta aquí con esa ligereza invisible, con lo pesado que parecía en su juvenil potencia. Quince años más tarde (una pequeña vida nuestra), el morador de las arenas es un púgil en plenitud, con el peso justo, la mirada firme, las ideas preclaras. Indian Wells, los Grand Slams, todos, la Davis, los Juegos Olímpicos, los Masters 1000. Y lo que queda, pues no se atisba el ocaso en esos ojos. Es el jugador con más Grandes de la historia (junto a Federer) y con más Masters 1000. Es el mejor. No ha ganado el Masters (dos veces finalista), ni en Miami (cinco veces finalista), ni en París-Bercy (dos veces finalista). Solamente no ha ganado eso, y qué importa, en la época de Federer y de Djokovic. Y no voy contar títulos, casi una vulgaridad.

Rafael Nadal.

Los títulos de Nadal, y los de los otros, hace tiempo que sobrepasaron la línea del cielo que sobrepasaban los aviones supersónicos en la época pre-espacial. El límite de la atmósfera, los aledaños de la estratosfera donde Chuck Yeager veía oscurecerse el cielo de pronto tras romper la barrera del sonido, como a irisarse, justo antes de volver al azul (el azul cielo del vestido, como llaman los toreros a sus atuendos, de Nadal) como un jinete del aire loco y sin cabeza sobre el desierto de Mojave. Hace tiempo que los títulos de Nadal se irisaron, aunque sigamos contándolos casi como Tom Wolfe nos contaba la historia de los elegidos para la gloria. Allí estaban John Glenn o Alan Shepard, que orbitaron alrededor de la Tierra, y aquí está Rafael Nadal en su decimotercera órbita sobre la suya de París. Más fuerte, más sereno, más fino. Es Muhammad Alí sobre un cuadrilátero de arcilla.

Esos pies, tantas veces desahuciados, no los había visto nunca nadie moverse de ese modo, ni a esa actitud memorable explosionar, ni a esa inteligencia sobrevolar, como si fuera visible, las nubes de la Philippe Chatrier para dejar mareado (incluso bajo techo, no hay techos para Nadal) por el vértigo al mismísimo Djokovic, que parece no poder estirarse más ante el despliegue infinito de Nadal. El mejor tenista, el mejor deportista que han visto y van a ver aún estos ojos.

 

Fotografías Getty Images.

 

Mario De Las Heras
Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

8 comentarios en: Rafael Nadal, de azul infinito

  1. Gran artículo, pero tengo que matizar al autor: No es una vulgaridad contar los títulos. Es más, hay que estar orgullosos de todos y cada uno de ellos. Lo de no contar los titulos es un argumento más propio de Cappa y de los del nordeste. Aquí sin ir mas lejos, estamos siempre contando nuestras trece lindas copas.

    Por lo demás, homenaje muy merecido a quen es el Último Español Decente. Como bien dice el texto, Nadal nos lleva acompañando ya casi una generación para mostrarnos que el esfuerzo y la dedicación... Solo le sirve a él. En el resto de España lo que se lleva es el mamoneo, el lloriquear, el qué hay de lo mío, el entregarse de forma suicida a ideologías terroríficas y el echar la culpa a Madrit de todo lo malo.

    Abrazos madridistas