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Que arda todo

Que arda todo

Escrito por: Antonino De Mora7 marzo, 2019
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En el final de La Caída del Imperio romano, aquella maravillosa película de Anthony Mann, Sophia Loren desciende de la mano de Stephen Boyd los peldaños del pedestal donde acaban de depositar el cadáver del César. Dejan tras de sí a sus lacayos intentando comprar el trono, negociando entre ellos el precio del poder de un imperio que se pudre, que se desmorona, que se cae a pedazos tras haber conocido la grandeza. Finalmente, el narrador pronuncia la frase que cierra el film, esa que ha pasado a la historia del cine y que resume también la actual situación del Real Madrid: “Sólo se puede destruir una gran nación cuando ella se ha destruido interiormente”

La noche del martes, el Madrid quedaba indignamente eliminado de la Copa de Europa. Después de más de mil días sentado en el trono de campeón, un joven Ajax de Ámsterdam, con más ambición, hambre y sed de títulos que el rey de reyes, lo apeaba de la competición con merecimiento. Anteayer, uno de los mejores equipos de la historia del fútbol europeo cedía su corona y decía adiós para siempre. Fue la última de la generación más laureada de la historia reciente del club y eso parece ser lo único en lo que todos coincidimos. Ahora toca época de cambios, replantearse qué se ha hecho mal y en qué se puede mejorar todavía más. Es tiempo de autocrítica y, también hay que decirlo, de agradecimiento eterno para esos gladiadores que nos han aupado a la cima y que ahora tienen que dejar hueco para los que vendrán después.

Sin embargo, el madridismo, ese ente heterogéneo, volátil y en ocasiones tan histérico como un grupo de adolescentes en las puertas de un concierto de pop, parece no querer entender que la vida no es blanca ni negra, y que existen matices y tonalidades entre medias. Esa jauría de perros sedientos de sangre ha pasado de alabar a esta plantilla en mayo a querer quemar hasta los cimientos del estadio a principios de marzo. No existe, parece, un mínimo de mesura en esta afición enloquecida, intransigente, febril y en ocasiones trastornada que pasa del todo a la nada y viceversa de un día para otro. Somos nosotros mismos los más dañinos para el club.

La temporada del Real Madrid vino marcada por la salida de Zidane y la marcha de Cristiano. Imaginen a un Barça que, en el mismo verano, se queda sin Guardiola y Messi y lo que habría llegado después. De repente, te encuentras con que tu buque insignia casi te exige que le pagues sus deudas y, como no lo haces, te pide que le dejes marchar. Lo haces porque le debes agradecimiento y porque el Real Madrid debe respetar y hacerse respetar, pero te encuentras en un laberinto de difícil salida. Sí, por supuesto que la junta directiva cometió errores o pudo hacerlo mejor. Por supuesto que Lopetegui no era apto para el cargo aunque ningún otro quisiera o pudiera venir en ese momento. Sí, Solari era un parche momentáneo y los jugadores que debieron dar un paso se escondieron detrás de las faldas de sus mamás. Exacto, ha habido errores garrafales desde todas las perspectivas institucionales y deportivas, pero eso no puede significar que, como Nerón desde el balcón de su palacio, veamos arder Roma porque después del ciclo histórico más importante de este club haya habido un año muy malo.

La templanza no es algo que abunde en las gradas del Bernabéu, pero es ahora, cuando más frágil se encuentra la situación, cuando debemos darnos cuenta de la estructura saneada del club, de lo conseguido dentro y fuera del campo, de que peleamos contra un Barça liderado por Messi y que ningún equipo deportivo puede ganar siempre, ni siquiera el mejor de todos: el Real Madrid.

Es hora de gestionar un nuevo proyecto, capitaneado por un nuevo entrenador que revolucione la plantilla y eso, que es tan necesario como urgente, también llevará tiempo. En estos momentos de rabia y dolor, de derrota amarga y sabor a bilis, es cuando más calmada ha de estar la afición del Real Madrid, cuanto más juntos tenemos que encontrarnos pues es, como venimos advirtiendo desde la noche de ayer, cuando más ataques de nuestros enemigos vamos a recibir. La prensa querrá volver a subirse al avión del club y encontrar nuevos filtradores, los antis querrán que dilapidemos todo lo bueno que aún tenemos para volver a tiempos pretéritos donde ellos controlaban las decisiones de los compromisarios; los violentos exigirán su sitio en el fondo sur y algunos incluso desearán que todo salte por los aires para volver a revender entradas después de reconstruirlo. Pero es ahora, repito, cuando más se ha de confiar en un proyecto que lleva en vigor una década y que ha traído consigo un reinado que quedará grabado a fuego en la historia del fútbol. Desde la temporada 2009 no caíamos en octavos de final, desde ese año hemos llegado a todas las semifinales que se han disputado y se han ganado cuatro de las ocho finales. Nadie va a igualar eso jamás y es hora de valorarlo, de darle la importancia que merece y forjar sobre las ascuas de ese fuego que ha iluminado Europa y el mundo estos diez años un nuevo Real Madrid que vuelva a resurgir de sus cenizas y siga escribiendo su leyenda desde la grandeza que viene demostrando durante este ciclo que acaba de concluir.