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Ovejas mecánicas

Ovejas mecánicas

Escrito por: Antonio Valderrama16 junio, 2020
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Se jugó por fin el primer partido del Madrid en el estadio Alfredo Di Stéfano y me dejó, lo confieso, un puñado de sensaciones raras. Por un lado, estaba el nerviosismo adolescente de volver a tener una cita con el Real. Los tres meses que han pasado desde la infame derrota en el campo del Betis se han pasado con la lentitud angustiosa del enamorado que espera en el Sabato pomeriggio que cantaba Claudio Baglioni. Estaba también la excitación de volver a reencontrarse con un viejo amigo al que no se ve desde hace mucho tiempo. Pero, por otro lado, subyacía una impresión algo turbadora que creció a lo largo del partido hasta volverse insoportable al final. A eso ayudó, no lo voy a negar, la lamentable segunda parte que hizo el equipo. Pero quiero detenerme en ello, quiero intentar explicármelo. No tenía nada que ver, en realidad, con lo que pasó dentro del terreno de juego, en lo estrictamente futbolístico.

¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, se preguntaba Philip K. Dick en la novela adaptada al cine como Blade Runner. Me acordé de eso porque, durante el partido, me preguntaba a mi vez: ¿con qué sueñan los aficionados virtuales cuyas voces se escuchaban como un eco atronador en las gradas vacías del Di Stéfano? ¿Soñaban con bolsas de pipas digitales, acaso con vuvuzelas binarias? ¿Soñaban con pitos automáticos a Vinícius, Marcelo o Bale, programados por un algoritmo obediente desde algún superordenador en un sótano de Valdebebas?

Sí, la visión de este extrañísimo Real Madrid- Eibar me estaba causando sensaciones profundamente distópicas. Era como si estuviera jugando al FIFA. Ya lo había anotado Hughes en la primera crónica de este fútbol post-coronavírico, la del Sevilla-Betis. Arrancaba Hazard por la banda y cuando alcanzaba a la línea de fondo, de una curva como la del polideportivo de mi pueblo se elevaba un clamor irreal, algo que estaba fuera del tiempo y que imitaba al estertor verdadero del Bernabéu cuando uno del Madrid entra en el área o se huele el peligro. Pero era postizo, quedaba fatal. Después la jugada volvía hacia atrás a lo mejor, con el reflujo de la marea, y regresaba con fuerza otra vez hacia la portería del Eibar; el estadio volvía a rugir artificialmente, sin ton ni son, sin la medida tan exacta de los tiempos que se aprecia en la respiración al compás de ochenta mil personas. Era una buena intención, eso no lo discuto. Pero no funcionaba. Supongo que eso es lo que se siente al querer ser padre y comprarse un bebé reborn, o sustituir al hijo por un perro.

Luego había otra cosa. El Bernabéu es un lugar vertical, que cuando está lleno parece un puchero burbujeando y que en la realización televisiva de las noches grandes es como si se cayese sobre los futbolistas, se derrumbase sobre el césped. Sin embargo, las sensaciones en ese tipo de días son como las que se encuentran delante de una pantalla de cine, o ante las páginas de un libro. En unas reducidas dimensiones físicas, incluso agobiantes, se contiene el universo: lo que ocurre ahí se proyecta hacia el infinito, como ocurre cuando miramos la línea del horizonte en el mar.

En el Di Stéfano, en cambio, pasaba lo contrario. Era como si el Madrid saliera a jugar a un cráter, como el paisaje lunar del Mont Ventoux que veía en el Tour antes de que el dopaje convirtiera mis siestas en lugares sin televisor. Se podía ver hasta el aeropuerto de Barajas entre la bruma del cielo, muy al fondo; las tribunas bajas del estadio del Castilla recordaban esas imágenes de los primeros campos de fútbol, más parecidos a hipódromos. Aunque la arquitectura del campo era agradable, limpia, moderna, había algo pequeño dentro. El estadio era un no-lugar. Las líneas de la vista del espectador no se proyectaban hacia el exterior como ocurría antes, con el agobiante Bernabéu a reventar de humanos y no de hologramas. El espectáculo de los futbolistas se hacía pequeñito, se replegaba en sí mismo. Era incómodo de ver, transmitía una indefinible desazón.

Si nos iban a poner efigies de personas en las gradas para “cuidar el negocio” y transmitir una idea positiva, una idea-fuerza como se dice ahora, decirle a la sociedad hemos estado jodidos y más jodidos que vamos a estar, pero no pasa nada, disfrutemos otra vez, eché de menos esas señoras en enaguas de principios del siglo XX. Enaguas, cancanes y sombrillas para el sol sostenidas por señorones en trajes de tres piezas, gruesos bigotes y sombreros de copa que constituían el público en los albores, cuando aún se llamaba foot-ball. Aquello al menos era de verdad.

Yo entiendo que la Liga es un negocio universal y que se quiera recuperar de algún modo la “experiencia del público”. Si la gente no puede ir a los estadios, se la mete de cualquier manera, se hace como que está allí. Pero aquello era la play, faltaba poner a Manolo Lama y a Paco González a comentar en vez de a Valdano. Si la experiencia era algo, sin duda era una experiencia millennial. Tampoco es raro porque cada vez más los futbolistas se parecen a sus yo virtuales, es una retroalimentación que recuerda a la de los narcotraficantes modernos y las películas de mafia. La vida imita al arte. Un graderío vacío no dejaba de animar y cuando la cámara alejaba el cuadro, la tribuna estaba llena de fichas del Quién es quién. Era tanta la disonancia que casi todo el tiempo ocurría que el Bernabéu de mentirijillas animaba el doble y durante más tiempo que el Bernabéu de verdad. Una vez pensé: coño qué bien, hoy está la gente enchufada. Son los restos del pensamiento preCOVID. Por supuesto, no faltó el absurdo minuto 20, que es algo impuesto por la Liga para honrar a quién sabe qué.

Luego está una cosa que creo que beneficia a priori al Madrid. El cambio de escenario no sólo implica que los jugadores propios puedan estar más sueltos, con menos estrés ambiental, sin la mirada de ese Dios del Antiguo Testamento que es el Bernabéu clavada en el cogote, sino que además reduce el sentido de la teatralidad de los adversarios. No es lo mismo ganarle al Madrid en el Di Stéfano que ganar en el Bernabéu. Eso lo cambia todo. Lo decía Mendilibar antes del partido, que no le gustaba. Y tenía razón. Pero lo que puede beneficiar en algo al Madrid, en este caso, también puede perjudicarlo en otro momento. Del mismo modo que el fútbol no es sólo jugar bonito, o como tampoco se puede analizar lo que ocurre en un partido obviando por completo la actuación del árbitro, no se puede considerar fútbol a un juego sin público. Sin la influencia del público, sin el calor o el frío del público, que altera decisiones instantáneas de unos, de otros y de los que van de negro. Como escribió Hughes en ABC, “el grito, la pasión, el desequilibrio, la politización y el cántico del que paga la entrada es la materia principal del fútbol”.

Ayer empecé a sospechar que un fútbol sin humanos, en el futuro, puede ser posible. Si hay corridas de toros en las que no mueren los toros, y en lugar de toreros hay saltimbanquis, y a la gente le gusta, por qué no. Todo está cambiando muy rápido. A la gente le gusta la leche sin leche y come hamburguesas sin carne. Si el riesgo de pandemias no ha hecho más que empezar, a lo mejor nos tiramos la mitad del siglo XXI encerrados en casa, teletrabajando y en último término, televiviendo. ¿Cuánto se sostendría un fútbol con esos sueldos sin que los estadios no se pudieran llenar? Al principio los grandes resistirían, pero a la larga todo el mundo sucumbiría. Y si no puedes tener a Hazard, te lo inventas para verlo en una tele 4K que ocupe media pared del salón de tu casa.

 

Fotografías Getty Images.