Las mejores firmas madridistas del planeta

Procrastinando

Escrito por: Angel Faerna11 febrero, 2016

Vistas las cosas con ojo imparcial, no puede negarse que en estos momentos hay sólo un equipo en España cuyo juego despierta interés. El Barcelona se acerca al tramo caliente de la temporada con un motor que da tirones y hace ruidos rarísimos, aunque los ocupantes llevan la música ratonera tan alta y los espasmos con que la bailan son tan aparatosos que ni se enteran, y como allí dentro van fumando de todo, tampoco les llega el tufo a goma recalentada. El Atleti boquea como de costumbre, congestionado y sudoroso, sin nada que ofrecer a los que no vemos el fútbol apoltronados en un colchón de rayas. El Madrid no se sabe si va a llegar a tiempo de ganar la Liga, pero ahora mismo no hay aficionado que no se pregunte si el “revulsivo”, el “catalizador”, la “adrenalina”, el “efecto”, según la prensa científica —o el “gurú”, la “magia”, el “carisma”, el “grial”, según la prensa esotérica—, tendrá consecuencias duraderas o se extinguirá pasados unos cuantos partidos. Ya sea con ilusión, con pánico o con simple expectación, el caso es que lo único a lo que mira todo el mundo ahora mismo es al juego del Real Madrid. Cierto que en esta nueva etapa aún no se ha probado contra un rival de campanillas (aunque este domingo el Granada jugó más y mejor de lo que dice su clasificación), y cierto que todavía no termina de carburar como visitante (aunque contra el Betis mereció ganar de largo). No importa, lo que ha enseñado el equipo de Zidane en tan poco tiempo no está hoy al alcance de ninguno de sus rivales. Adaptando la frase de Lichtenberg, a quien tenga dos pares de pantalones habría que decirle que venda uno y se compre una entrada para el Bernabéu.

Como no me gusta citar de memoria, me levanto para coger de la estantería mi ejemplar de aquel maestro del aforismo. No doy con la dichosa cita de los pantalones, pero a cambio me tropiezo con otra: “es curioso que sólo los hombres extraordinarios hagan descubrimientos que después parecen tan simples y fáciles. Esto hace suponer que se requieren conocimientos muy profundos para distinguir las relaciones más simples —pero auténticas— entre las cosas”. Como siempre pasa con Lichtenberg, me engancho y sigo hojeando: “las muchas lecturas son dañinas al pensamiento. De todos los intelectuales que he conocido, los más notables pensadores eran quienes menos habían leído”. Vale, con esto tengo ya para otro párrafo. Si de Mourinho admiré el talento para dejar por tontos a los periodistas en las ruedas de prensa (y poca cosa más), de Zidane admiro todo lo que ha hecho en su carrera deportiva, incluida su reverencia a Materazzi, pero sobre todo me llena de esperanza la posibilidad de que deje por tontos a quienes un mal día empezaron a llamar “técnicos” a los que siempre fueron “entrenadores”, envolviendo su trabajo en una pesadilla de números cabalísticos y geometrías no-euclídeas, de vídeos y pizarras, de jugadas “de estrategia” que no pasan de ser tácticas (y de “tácticas” que en realidad son estrategias), todo ello adobado con una jerigonza que aparentaba ser eso: pura técnica. Lichtenberg planeó una novela de la que sólo llegó a escribir unas cuartillas: La isla de Zezu o el príncipe duplicado. Aunque era físico y astrónomo, bien podría haberse ganado la vida como pitonisa. En la isla de Zizou los descubrimientos parecen simples y fáciles porque el príncipe no se ha atragantado de lecturas y cursos técnicos y sabe distinguir a simple vista las relaciones auténticas entre las cosas.