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El poder de la derrota

El poder de la derrota

Escrito por: Alfonso8 mayo, 2020
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¿Por qué soy del Madrid?

Alfonso

Casi nadie puede poner una fecha exacta a su inicio en el madridismo. Los hay, la mayoría, que son madridistas de cuna, por tradición familiar. Los hay también que han podido ir simpatizando paulatinamente, por los motivos que sean, y cuando se han querido dar cuenta ya estaban gritando como locos los goles de Santillana, o de Hugo, o de Cristiano. En mi caso sí hay una fecha exacta, aunque he tenido que consultarla para escribir este artículo. Fue el 30 de mayo de 1987. No es una fecha relevante para el madridismo, aquel día no se ganó ningún título, ni se ganó al Barça o al Atleti, ni nada parecido. En aquella fecha, yo tenía cinco años y el Madrid jugaba en el Bernabéu contra mi equipo, el Sporting de Gijón. Sí, fui un niño chaquetero, ha llegado la hora de confesarlo. El Madrid ganó 4-0 aquel partido, y yo tuve que aguantar las chanzas de mi tío, madridista, con el que vi aquel partido en casa de mis abuelos. Aquel día decidí que yo tenía que ser de ese equipo para no volver a llevarme un berrinche como el que me llevé (qué inocente).

Con motivo de este texto, he revisado aquel partido. Fue la Liga del play-off, aquel experimento raro que no cuajó. Hugo marcó un hat trick de esos que metía él, de balón que pillaba en el área, balón que iba para dentro. El cuarto fue de Martín Vázquez, a pase de Butragueño. Eran los años dorados de la Quinta. Aquella sería la segunda Liga consecutiva del Madrid, de las cinco que iba a ganar en la segunda mitad de los ochenta. Eran días de vino y rosas. Y sin embargo, de todo eso yo no recuerdo prácticamente nada. Las victorias no han dejado ningún poso en mi memoria sobre mi infancia. Recuerdo algún partido aislado, derrotas curiosamente. Un 0-4 del Atleti, por ejemplo. Sí recuerdo la primera vez que fui al Bernabéu, claro. Un Madrid-Atleti que acabó 3-1 y del que solo soy capaz de recordar, aparte del ambiente y de la ilusión de la primera vez, un golazo imponente de Schuster. Así que yo, que había llegado buscando el equipo ganador, pronto iba a conocer el duro sabor de la(s) derrota(s).

El 19 de abril de 1989 el Madrid iba a jugar la vuelta de las semifinales de la Copa de Europa. Ese día, de forma excepcional, en mi casa me dejarían acostarme más tarde para poder ver el partido. Gracias, o por culpa de esto, fui testigo de la gran hecatombe. Esa noche el Madrid fue atropellado por una apisonadora que iba a poner patas arriba el fútbol mundial, el Milán de Arrigo Sachi. El resultado fue 5-0 y en mi memoria tengo la impresión de que fueron cinco como podían haber sido 12. El Madrid venía de haberlo tenido muy cerca el año anterior contra el PSV, y el naufragio de Milán fue el portazo definitivo a la Quinta del Buitre en Europa. Esa noche el madridismo tomó consciencia de que no vería, al menos a corto plazo, a su equipo levantar la Séptima Copa de Europa. El niño de 5 años que fui probablemente se habría hecho del Milán, pero el de ocho que era entonces (tres años durante la infancia son una eternidad) lo que hizo fue irse a la cama llorando y sabiendo que sería madridista para siempre. Vine por las victorias y me quedé por las derrotas.

Lo peor acababa de empezar. La hegemonía en España también tocaba a su fin. Tres años después vendría Tenerife. Cuatro después, Tenerife otra vez. Cinco después el Barça nos metió cinco. Eran años en que los fichajes eran jugadores como Vítor, Dubovsky, Villarroya, Mikel Lasa, Spasic... Los madridistas ni soñábamos con fichar a los mejores jugadores del mundo. Los mejores se iban al Milán, o a la Juve, o al Manchester United... O al Barça. Romario, Stoichkov, Koeman, Laudrup... Todo estaba en contra, no era fácil ser madridista en aquella época.

Pertenezco a una generación, aunque ahora pueda sonar raro, que creció convencida de que nunca volveríamos a ganar una Copa de Europa. Y sin embargo, éramos el Madrid.

Siempre he dicho que mi Liga favorita es la de Valdano. No sólo porque jugamos extremadamente bien, y porque le devolvimos al Barça la manita del año anterior, sino porque para mí, o al menos para mi memoria, fue la primera. Pocos goles he celebrado con tanta euforia como aquel de Zamorano al Depor que nos daba la 26ª Liga. El Madrid había vuelto. Tres años después, el 20 de mayo de 1998, en Ámsterdam, llegaría la 7ª Copa de Europa. La primera de las siete que he visto. Recuerdo cada alineación de todas ellas, con quién las vi y dónde. Quizá haya habido estos años muchos niños de 5 años que se hayan hecho del Madrid, como me hice yo, gracias a las victorias. Pero será en las derrotas, cuando se vayan llorando a la cama, cuando tomen consciencia de que ser del Madrid es mucha más que ser del equipo que gana.