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Plus Ultra

Plus Ultra

Escrito por: Antonio Valderrama3 junio, 2017
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Los griegos creían que más allá del Estrecho de Gibraltar no había nada. Non plus ultra, les advertía el mito. Hércules había balizado la punta de Europa y el cabo de África con dos columnas. Atravesarlas era aventurarse en lo desconocido. El Madrid sabe de esto. En lo desconocido hay piedras, rocas escondidas bajo las olas, dragones, monstruos horripilantes y la muerte sentada encima de un atolón, afilando la guadaña. También hay finales cuyo resultado es incierto y un Himalaya por escalar. La posibilidad de quedarse congelado en la cima es cierta. También la de descender cubierto de gloria. Es el peaje que pagan los pioneros. Cuando Colón descubrió América, le enseñó al mundo conocido que al final del mar tenebroso aguardaba un edén lleno de luz y prosperidad. Cuando Elcano terminó la circunnavegación del globo que había empezado Magallanes, el emperador Carlos V añadió al escudo de la corona hispánica dos columnas, con un nuevo lema: plus ultra. La audacia de los pioneros había derrotado la superstición antigua.

El Real Madrid va a jugar otra final de la Copa de Europa. Ha jugado más que nadie; ha ganado más que nadie, y perdido menos que nadie. Está a un partido de repetir título, algo que no se ve desde la hegemonía milanista. La Copa de Europa todavía no se llamaba Champions League, ni tenía ese himno operístico que conmueve corazones de chicos y de viejos.

Los marinos medievales señalaban los límites de los mares conocidos. Más allá, en lo ignoto, se escondían dragones. En Cardiff se esconde un dragón bianconero, un dragón formidable, el mejor equipo de Italia, un gigante del fútbol mundial. Sin embargo, la Historia prueba que no hay nadie que desafíe a los dragones como el Madrid: en el 98, en Amsterdam, arribaron un transatlántico de lujo y una falúa llena de piratas hambrientos, que no llevaban ni champán. Pero les bullía dentro la sangre de la vieja dinastía de emperadores. Ganaron los piratas.

Diez Copas de Europa parecían entonces un finis mundi. Tardó 16 años en llegar. Desde Lisboa, el Madrid camina por la tierra incógnita. Nadie ha llegado tan lejos. Pero este es un club que navega con la fe desesperada de los exploradores del Polo Norte, de los españoles que desbrozaron la selva buscándole un final al Amazonas.

Cuando nadie creía en el futuro del fútbol, agradable pasatiempo con que entretenían las tardes de domingo la gente de buen tono de Madrid, al Madrid se le ocurrió vallar el campo y cobrar entradas. Cuando el fútbol de masas era una quimera en la España de los toros, al Madrid se le ocurrió hacerse un campo donde los nuevos hinchas cupieran por miles. Cuando la tecnificación del juego era un sueño, el Madrid se hizo una ciudad deportiva. Cuando el final de la guerra dejó un club sin un duro y con el campo destrozado, convertido en huerta por donde paseaban las gallinas, el Madrid se sacó de dentro un campo nuevo. Y un equipo, de las entrañas, cosido con los jirones que dejaron otros pioneros. Cuando la mísera España de la postguerra era un paria en el teatro de las naciones, el Madrid arrastró a multitudes de emigrantes en París, Bruselas y Stuttgart, ofreciéndoles algo por lo que podían enorgullecerse sin límites: que algo salido de España batiese a franceses, alemanes, ingleses e italianos, que lo hiciese en buena lid, y que no hubiera duda de que eran los mejores. Cuando parecía destinado al museo del fútbol antiguo, el Madrid desalojó a ballestazos a todos los jóvenes pretendientes al trono del juego, después de 32 años ausente: como Odiseo, había tenido a la Copa de Europa esperando muchas noches en vilo, tejiendo y destejiendo un manto púrpura que sólo tenía un dueño.

Hic sunt dracones, pone una leyenda sobre el mapa de Cardiff. Un dragón bianconero, terrible. La estadística parece gritar con boca lujuriosa que la rompan: cuatro finales seguidas cayendo la Juve, cinco finales seguidas venciendo el Madrid. Nadie ha repetido título desde 1990. Pero si los Padrós, liberales y de Barcelona, pudieran contemplar ahora su creación, el club madrileño que nació imbuido del vértigo y el optimismo fanático del bisoño siglo XX, señalarían Cardiff en un mapa y sonreirían, gritando: adelante. Desafiando la superstición, rompiendo la oscuridad.

Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio