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Milán: la once desde los once

Milán: la once desde los once

Escrito por: Athos Dumas2 junio, 2017
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Dos años después de la final de Lisboa, se iban a repetir los dos finalistas en la final de la UCL de 2016. De nuevo un derby madrileño, esta vez en Milán, la antigua Mediolanum del imperio Romano. Tras la final de Lisboa, pocos hubieran apostado por una repetición de finalistas en tan poco tiempo. Los colchoneros venían con sed de venganza tras la espina mortal que les había clavado Ramos en 2014. A los madridistas, en verdad, nos daba un poco de pereza volver a enfrentarnos a ellos. Nuevamente, nos iba a tocar la visita al dentista: nos esperaba mucho sufrimiento y poco placer, al menos desde un punto de vista meramente futbolístico.

Unos meses antes, en pleno periodo de big bang madridista, cuasi apocalíptico, Zinédine Zidane había tomado las riendas de nuestras tropas. Tras el convulso paso de Rafa Benítez, en el cual prácticamente la liga estaba perdida en diciembre, además del esperpéntico episodio de la alineación indebida de Cherishev en Cádiz que nos supuso la eliminación en Copa, las aves de mal agüero de cierta prensa habían predicho el hundimiento definitivo del Real Madrid.

Al llegar Zidane, más de un malintencionado habló de su nula experiencia, de un hombre que solo tenía su sonrisa, que además había sido incapaz de ganar a La Roda cuando entrenaba al Castilla. Los antis se frotaban las manos. Poco a poco, y tras el batacazo sufrido en febrero ante el Atleti en casa (0-1), el Madrid fue tomando confianza y empezó a ganar cada partido de Liga. Lo mismo ocurrió en Europa, tras el tropezón en Wolfsburgo (2-0), una noche de abril inspiradísima de Cristiano con hat trick (3-0) nos permitió noquear a los de la Baja Sajonia.

En Liga, tomamos por asalto el Camp Nou (1-2), tras una espectacular segunda mitad, y pese a que el nefasto colegiado tintinesco Hernández Hernández anulara un cabezazo impecable de Bale y, además, expulsara a Ramos por doble tarjeta amarilla. El equipo hizo una recta final impecable en Liga aunque no fue suficiente para superar al Barcelona. ZZ consiguió hacer muy competitivo al equipo, en muy poco tiempo. De esta forma, tras superar con autoridad al City de Pellegrini en semifinales de Champions, el Madrid se plantaba de nuevo en una final, su segunda en tan solo 3 años.

Por su parte, el Atleti llegó a Milán tras ejercer de verdugo (igual que en 2013-2014) ante el Barcelona, y de eliminar, con muchas dosis de suerte, al Bayern por valor doble de du gol en Múnich, en un partido donde pudo haber sido goleado por los bávaros.

Nueva locura por las entradas. Pero esta vez, al no venir a Milán el padre de mi amigo Fonsi, contaba con entrada desde el minuto 1. ¡Así que por ese lado no habría intriga! Nos juntamos con otros amigos, Juan y Carlos, que, además, nos organizaron un viaje perfecto con hotel + avión. Íbamos a viajar como auténticos marqueses.

Viajamos el viernes 27 de mayo después de comer. Dirección aeropuerto de Linate, al Este de Milán. Nuestro avión iba a repleto de aficionados rojiblancos bastante ruidosos. Aquella tarde había decenas de vuelos de Barajas a Milán con un cierto colapso tanto a la salida como a la llegada. Una vez en Linate, dirección al hotel, en las afueras de Milán, en el faraónico espacio residencial Milano Due,  con reminiscencias del pasado imperial italiano.

Todo iba bien. Iría aún mejor al encontrar – milagrosamente – una mesa para los 4 en el conocido restaurante Botinero, uno de cuyos dueños es el actual Vicepresidente del FC Internazionale Milano y una de sus leyendas, el argentino Javier Zanetti. Se llama Botinero por las decenas de botines-botas de fútbol que ha ido coleccionando El Pupi durante años: ahí estaban por ejemplo pares de botas de Raúl, de Figo, de Ronaldo Nazario, de Zidane, de Roberto Carlos…Pocas botas de leyendas colchoneras vimos. Era un buen presagio. Nuestra cena he de confesar que fue pantagruélica, no faltó de nada.

Se trataba de un restaurante muy futbolero, alto nivel en los comensales, pudimos ver en otras mesas a antiguas glorias tanto rossoneri como neriazzurri, como por ejemplo Daniele Massaro o el macedonio Goran Pandev. También charlamos un rato con el antiguo tinerfeñista Diego Latorre, hoy en día prestigioso locutor de Fox Sports. Los camareros cada vez que se acercaban a nuestra mesa aprovechaban para elogiar al “REAL”, como se le llama en toda Europa. Una vez más se comprobaba que el prestigio del Real Madrid es mucho más potente fuera de España, el aúrea de equipo mítico siempre se respira más allende nuestras fronteras. Es indudable que por ahí afuera hay más respeto por el Real que en nuestro país.

Había diferencia de criterios entre los 4 amigos acerca del partido del día siguiente. ”Alguna vez nos tendrán que ganar”, decía Juan.  “Mañana goleamos”, decía Carlos. Fácil no podría ser, pensaba yo. Bale llegaba en plena forma, él había sostenido al equipo durante el tramo final de la Liga (Anoeta, Vallecas…) y también en la semifinal contra el Manchester City. Cristiano era mi duda, no llegaba bien físicamente. Por lo demás, el 11 estaba claro,  casi de carrerilla, con Pepe y Ramos en gran forma atrás. Por el lado rival, el peligro era Griezmann sobre todo, aunque Oblak, Yannick Carrasco y Saúl Ñíguez habían hecho una gran eliminatoria contra el Bayern. Savic era el eslabón débil en defensa, muy inferior a mi entender al uruguayo Giménez.

Milán es una ciudad elegante, en las tiendas, la gente que pasea, automóviles lujosos (le Macchine!). Al lado de Botinero había un local de moda para tomar copas, repleto de bellezas autóctonas. Señorío milanés. No se veían hooligans por allí. Estábamos en un mundo ajeno a la final de la Copa de Europa, pese a que tan solo a 3 manzanas de allí se alojaba en el Hotel Radisson Blu el Real Madrid.

Los taxis brillaban por su ausencia aquella noche. Parecía que los orgullosos milaneses, en una ciudad tan futbolera, sentían envidia de que sus dos grandes escuadras no iban a jugar al día siguiente en San Siro. Y decidieron no dar servicio la noche del viernes. Así que eran las 2 de la mañana cuando por fin llegamos a nuestro hotel en Milano Due, diseñado por la inmobiliaria de Silvio Berlusconi.

Match Day! Tras un desayuno apacible, la idea era no volver más al hotel hasta después del partido. Teníamos que llevar la ropa adecuada para pasar más de 12 horas en la calle, los móviles cargados a tope, los amuletos y todo el aparejo propio del ritual de un aficionado al fútbol. Yo volvía a ponerme la camiseta con el 9 de Di Stéfano aunque he de confesar que me estaba bastante apretada: en 2 años, desde la final de Lisboa, ¡había ensanchado mi cuerpo! Al ser una camiseta de manga larga, y con el calor que ya estaba haciendo a primeras horas de la mañana, aquello prometía ser una tortura todo el día. Gajes del oficio. Había que ir con los bolsillos repletos con la cartera, monedas, móvil, llave del hotel etcétera puesto que era evidente que no iban a dejar pasar ninguna mochila al estadio.

Teníamos transporte en minibús hasta el punto donde eligiéramos en el centro. Para la vuelta del estadio, nos tendríamos que buscar la vida. Elegimos un punto poco concurrido: la Galleria Vittorio Emmanuelle II, posiblemente la galería comercial más elegante de toda Europa. Digo poco concurrido porque habría por allí como 3 millones de personas que habían tenido la misma idea. La arcada principal de la galería como es sabido da a la magnífica Piazza del Duomo, abarrotada hasta los topes. Las aficiones copaban la esplanada, muy equilibradas las fuerzas, todo en orden. El desembarco mayoritario se había producido el mismo sábado por la mañana.

El calor prometía ser asfixiante todo el día. En eso y en la humedad provocada por el río Olona y los ríos cercanos Tesino y Adda, y a la circunstancia de repetir equipos en la final, todo hacía recordar a Lisboa 2014. Como dos años antes, nos encontramos con bastantes amigos madrileños, Paco y su hijo, Rafa y Malú… Muchos de los madridistas con los que nos cruzábamos nos sonaban de haber sido quizás compañeros de armas y de mil batallas disputadas (la mayoría vencidas). Había que recuperar líquidos y sales perdidas con lo que se imponía una parada para degustar las Peroni o las Nastro Azzurro. Los milaneses con quien charlábamos aparentemente apoyaban todos al Madrid. O eso decían. ¿Quizás por herencia de la Commedia Dell’Arte? ¿Eran sinceros?Los interistas, por el recuerdo de Mou. Los milanistas, por Di Stéfano y por Paco Gento, sobre todo.

Se nos acoplaron, no sé muy bien por qué ni cómo, unos simpáticos argentinos. Estaban de tour por Europa, y se nos juntaron una buena parte de día. Lo curioso es cómo iban vestidos: uno con la elástica del Atleti (por el Cholo, decía, aunque no era colchonero), otro con la de Boca Juniors y el tercero con la de River Plate. Una auténtica curiosidad. De hecho, vinieron a comer con nosotros al restaurante que había reservado la peña de Fonsi, donde fuimos acogidos calurosa y amablemente. Incluso el argentino atletista, sí, fue convenientemente recibido. Se nos juntó también un amigo de Madrid, Julián, que se había descabalgado de su grupo. Los madridistas somos tan grandes que donde comen 18, aquel sábado de mayo comimos 25. Y eso que otro amigo, Javier, no pudo venir a la trattoria ya que, inexplicablemente para mí, se había apuntado con un grupo de 20 hinchas colchoneros y él, como único merengue. Masoquismo con sarna no pica.

Comida agradable, más italiana imposible, y canciones a la hora del café. Más alguna grappa o quizás era limoncello. La euforia ya estaba por las nubes y todos veíamos ganada la Undécima aquella noche. El barrio donde estábamos, muy tranquilo, y al salir, pocos hinchas. Los miembros de la peña decidieron volver al Duomo para aprovechar minutos de turisteo (alguno al parecer incluso se escapó para contemplar la magnífica “Última Cena” de Da Vinci en la pequeña iglesia de Santa Maria delle Grazie: ¡y es que hay gente para todo!).

Nosotros nos encaminamos tranquilamente hacia los aledaños de San Siro. Tras una buena caminata, decidimos coger el metro. Craso error. Muy craso. La organización tenía prevista una línea de metro distinta y perfectamente diferenciada para cada una de las aficiones. ¿Adivinad en qué línea nos subimos? Al entrar en el vagón, que venía repleto, nosotros 4 éramos los únicos madridistas a bordo. En el vagón. Y en todo el convoy. ¡Qué mal rato pasamos! Ya no había nada de cordialidad en ese momento. No puedo reproducir toda la retahíla de insultos que recibimos. Se acordaron sobre todo de nuestras madres y de nuestras – supuestas - cornamentas. Entre otras lindezas. Se notaba en el ambiente una agresividad inusitada por parte de aquellos hinchas rivales. Realmente descargaron todo su odio y sus frustraciones en nosotros. Si cualquiera de los cuatro en ese momento hubiese replicado o amagado alguna contestación creo que aquello habría acabado mal. En la primera parada no pudimos bajar, pero afortunadamente sí en la segunda. Sensación de alivio por una parte y sudores fríos por otra. Fue la primera vez – y espero que la única – que he pasado miedo en una previa de fútbol. Experiencia muy desagradable, verdaderamente.

Con el susto en el cuerpo ya no era cuestión de esperar al siguiente convoy. Salimos a la calle y mediante un mapa callejero que alguien había conservado, pudimos, tras una larga pero pacífica – y ya sin más incidencias – caminata hasta acceder a las cercanías del mítico estadio San Siro (o Giuseppe Meazza). Por fin llegamos al fondo de los madridistas, ya no había temores. Como curiosidad, en uno de los aseos móviles instalados cerca del estadio, vi a un chico alto y fuerte, con una camiseta del Atleti con el nombre de Lucas Hernández, hablando con su madre – debía ser su madre  -, en francés. Estoy seguro al 99,9% que se trataba de Theo Hernández, nuestro nuevo fichaje.

Tras los prolegómenos, comenzó por fin el partido. Quien más quien menos lo recuerda bien. Está muy reciente en nuestra memoria. El Madrid marcó pronto, Ramos fue más listo que Savic; tuvo muchas ocasiones que desmanteló Oblak, y el Atlético apenas inquietó a Keylor en el primer tiempo. En la reanudación, nada más empezar, un ingenuo penalti de Pepe a Torres fue posteriormente enviado al larguero por Griezmann. Todos cogimos aire. Después ocurrió la lesión de Dani Carvajal y un murmullo de inquietud entre las huestes blancas al salir el discutido Danilo en su puesto. Hay que decir que tras unos minutos de nerviosismo, Danilo cumplió con creces y no deslució en el partido. El calor estaba haciendo mella en ambos equipos y, al contrario que en Lisboa, era el Madrid quien sufría mucho más físicamente.

Sin grandes ocasiones de peligro, la entrada de Carrasco por Augusto empezó a crear cierto pánico en nuestra defensa. Benzema tuvo una ocasión clarísima que desperdició solo ante Oblak. Bale también estuvo cerca de marcar. Zidane decidió hacer los dos cambios que le quedaban casi seguidos: Isco entró por Kroos, que no parecía de los más tocados físicamente, y Karim dejó su lugar a Lucas Vázquez. Era el oxígeno que necesitaba el Madrid. Cristiano seguía casi inadvertido. Casemiro y Modric sostenían a los nuestros como podían. Precisamente cuando menos se esperaba, por los recientes ajustes de las sustituciones, Carrasco fusiló a Navas tras un buen pase de Juanfran en una jugada aislada del ataque rojiblanco. El Madrid quedó muy muy tocado tras el empate.

Era casi el minuto 80, el 1-0 había lucido en el marcador durante más de una hora. Y ahora empezaba todo de nuevo. Era lo de Lisboa pero al revés. El Atlético, si daba un paso al frente y ponía valentía, se iba a llevar la Copa de Europa sin remedio. Todos esperábamos la reacción del Cholo tras el empate, aún tenía dos cambios disponibles. Zidane no. En esos momentos, Casemiro, Ramos, Pepe, más Marcelo y Danilo, se convirtieron en los guardianes del calabozo, de tal forma que el Atleti ya no volvió a crear peligro. El Cholo no se atrevió a sentenciar. Parecía que le valía el empate. Y una prórroga con superioridad física evidente. Una de las jugadas clave fue un agarrón que hizo Ramos a Torres en el 90+2: le costó la amarilla pero quizás nos salvó de algo muy peligroso.

El árbitro Clattenburg, que, por cierto, abrasó a tarjetas amarillas a los nuestros, pitó el final del tiempo reglamentario. Había mucho pesimismo en las gradas blancas. Bale parecía también estar tocado, además de Cristiano. Isco y Lucas eran nuestras esperanzas arriba. En toda la prórroga, el Atleti no llegó a inquietar a nuestro cancerbero Tico. Es más, sacando fuerzas de dónde no las había, el único equipo que inquietó al equipo rival fue el Real Madrid, con las internadas de Lucas y los aclarados de Isco. Hubo un momento en que jugábamos prácticamente 9 contra 11, dada la debilidad física de nuestros dos delanteros titulares. Los dos cambios de Simeone llegaron tarde, Lucas entró por Filipe Luis y, casi al final, y éste fue obligado, se retiró Koke lesionado y entró Thomas Partey. El Cholo había perdido una ocasión histórica de noquear a su máximo rival, su planteamiento ramplón de llegar a los penaltis le iba a costar muy caro.

Nadie quería los penaltis pero el Madrid no pudo llegar más lejos. Lo dio todo. Hasta el final. Disparó mucho más que el grupo rojiblanco, Oblak paró el doble (8 contra 3) que Keylor. Tras la sorprendente decisión por parte del capitán Gabi – aún no he entendido por qué hizo aquello -, el Madrid iba a lanzar en primer lugar y, además, en la portería donde estábamos todos los madridistas. De nuevo un presagio positivo. El otro presagio – aunque la verdad no las tenía todas conmigo – era de nuevo mi amigo Fonsi que, como en Lisboa, me aseguró que la Copa, otra vez más, y con toda seguridad, era nuestra. Es más, con una sangre fría a prueba de balas, filmó con su móvil, con toda tranquilidad, el último penalti de Ronaldo, cuando yo me estaba encomendando a San Siro, a Santiago Bernabéu y a todos mis amuletos, a mi camiseta de Alfredo; medio muerto de miedo y con una taquicardia que se podía oír desde el Castello Sforzesco de Milán.

¡Nueva explosión de júbilo! Una vez más, habíamos sufrido – menos que en Lisboa -, sobre todo en los momentos de la tanda de penales. Y la euforia se destapó bajo el cielo de Lombardía. ¡¡¡La Undécima!!! Nuestro dominio en el palmarés ya era abusivo e insultante. Recuerdo, entre abrazos, sollozos y risas, que nos quedamos en el Fondo hasta que llegó Arbeloa, que se quedó un buen rato celebrando en el césped y despidiéndose de los madridistas.

La noche fue larga, larguísima, primero porque tardamos horas en llegar al centro, para cenar algo enfrente del Duomo. Y luego, como nueva venganza de los taxistas milaneses, no hubo forma humana de encontrar ninguno, no ya libre, sino ninguno en toda la noche, hasta aproximadamente las 4 de la madrugada. Y además, tras horas y horas de haber estado deambulando todo el día, estábamos ya todos sin batería en el móvil, así que aislados del mundo, ilocalizables para nuestras familias, incapaces de conseguir un Radio Taxi, aunque fuese de Turín o de Bolonia. Pero dichosos, felices, satisfechos, risueños. Afortunados y orgullosos de, una vez más, haber podido vivir in situ otra gesta más del equipo más grande que hubo, hay, y habrá por siempre sobre la faz del planeta Tierra. El Real Madrid Club de Fútbol.

4 comentarios en: Milán: la once desde los once

  1. Buenos días galeses!!! Me gusta, mucho,,, bastante!!que el gran Dragón Galés nos guarde la COPA",hasta que nos hagamos con ella, en buenas manos,en otras no luceria tan bien, claro)

  2. Sr. Dumas, magnifica serie desde la séptima hasta la undécima, esperé a la ultima para felicitarle.

    No tengo dudas de que estará por Cardiff ahora, espero que mañana nos pueda dar la siguiente entrega. 🙂

    1. En efecto, Sr. Thule, estuve en Cardiff y aún estoy impregnado de todas las emociones del fin de semana pasado. Ya tengo el boceto de mi artículo galés, en breve espero publicarlo por estas nubes del Cloud. Un abrazo de Duodécima

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