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Pajarología

Escrito por: Angel Faerna5 mayo, 2016

La filosofía sirve para crear problemas, no para solucionarlos, en contra de lo que piensan muchos (incluidos bastantes filósofos y excluido algún ministro de Educación). Por ejemplo, andábamos por ahí tan convencidos de que todos los cuervos son negros, cosa comprobada una y mil veces desde que el mundo es mundo, hasta que un escocés escéptico y bonachón nos salió con que nos creemos demasiado listos. “A ver” —vino a decir—, “¿usted cuántos cuervos ha visto?” “La intemerata, y eran todos negros”, pongamos que le contestó un paisano con faldas y sporran que llevaba toda la vida en el campo y creía saber de lo que hablaba. “Correcto, Mac. Ahora dime cuántos más tendrías que ver para saber a ciencia cierta que no existe, ha existido ni existirá jamás uno blanco”. Podemos imaginar al paisano siguiendo camino mientras masculla algo ininteligible sobre dónde deberían meterse sus preguntas los señoritos de Edimburgo, pero David Hume, Esq., acababa de cargar a la posteridad con un problema nuevo y pegajoso. Tan pegajoso que alguien pudo decir un par de siglos después que la condición humeana es la condición humana: aunque no podemos evitar pensar que los hechos nos ponen en la pista de un conocimiento sólido y fiable —digamos, leyes de la naturaleza—, lo cierto es que los hechos se limitan a venir uno detrás de otro sin consultarnos, sin preguntarse si su orden es el que a nosotros nos parece más lógico o esperable, o si nos decepcionarán o no.

Me he puesto a hablar de cuervos por culpa del portanálisis del sábado pasado, que describía al Real Madrid como un congénere albino del famoso cuervo de Poe, susurrando su ominoso “nevermore” al oído de un Luis Enrique que haría las veces del joven atribulado por la pérdida de su amada en el poema. En efecto, Luis Enrique se ha topado de repente con un cuervo blanco y, como le habría ocurrido a nuestro campesino, se le han caído los palos del sombrajo: por fin ha ingresado de lleno en la condición humeana, una experiencia tan dolorosa como edificante y que haría bien en tomarse como un aprendizaje filosófico (no en vano, en el poema el cuervo se posa sobre un bu