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Los de Laso, más que ídolos

Los de Laso, más que ídolos

Escrito por: Mario De Las Heras17 febrero, 2020
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Siempre me gustó aquella película de baloncesto: Hoosiers, más que ídolos. La historia (real) del equipo del instituto de un pueblo pequeño de Estados Unidos que llegó a ganar el campeonato estatal de Indiana. En ese colegio había setenta alumnos en total, de los que la mayoría quiso apuntarse al equipo. Sólo resultaron elegidos diez, quienes, antes de ganar el título, lograron alcanzar la final en una ocasión.

Estaba pensando en el Real Madrid de Laso y de Herreros y de Sánchez Lázaro y me he acordado de ellos. De los hoosiers. Este Real Madrid es un equipo profesional con el alma primigenia de un equipo de baloncesto naciente y puro en la tierra de la nacencia del baloncesto y de su pureza. Es como si hubiera que ir a las raíces. Cerrar los ojos y respirar baloncesto. ¿Qué es el baloncesto sino un respirar hondo mientras la pelota sube y baja al ritmo de los latidos?

¿Qué es la parábola de ese esférico sino una hacedora de almas en vilo, de almas vivas contradictoriamente gogolianas? Este Madrid huele a pabellón crujiente, a calor en medio de frías llanuras ventosas. A cobijo y a trabajo. A sudor y a bellas palabras que resuenan por dentro de cada jugador como el eco. Quien fuera jugador del Madrid de baloncesto para escucharlas.

Quizá hablen de esfuerzo y de sonrisa. De resistencia y de inteligencia. De contención. De valentía, de amistad, de amor. Un equipo así no puede existir sin amor. ¿Qué es lo que impulsó a Sergio Llull a rechazar el oro de la NBA por permanecer aquí? Tuvo que ser algo íntimo y a la vez familiar, sanguíneo. Del todo indescriptible. Quizá fuese el sonido del bote del cuero sobre un parqué silencioso que susurra como las sirenas de la Odisea.

Esta historia del Madrid de baloncesto es casi homérica. Ya es parte de la mitología. Es un equipo de pueblo de una América/España profunda elevado desde la tierra seca con paciencia de sabios agricultores de la canasta. Veo a esos diez chicos salir de las clases durante el frío invierno y acudir a la cancha de entrenamiento iluminada como con luces de flexos. Esas grandes palancas de electricidad que suenan como cargadores de cañones, pero que cargan fogonazos.

Bajo esas luces uno tiene que sentirse diferente. Esas luces las llevaban consigo los actuales responsables de este Madrid de baloncesto, como vendedores ambulantes con un extraño producto a cuestas, a los que un día afortunado trajeron y entonces las encendieron; y bajo su campo de iluminación, como si esos jugadores estuvieran expuestos a un espacio de silenciosa curtiduría, trabajaron para crear lo que ahora vemos, lo que todos ven, como los rivales, que bajan la cabeza resignados ante la inevitable comprensión de lo incognoscible.

Es la fuerza bruta y a la vez delicada que se advierte en la cercanía, en los movimientos, en los arrebatos de furia y de acierto paralizantes. Qué personalidades son las de Llull, Rudy o Campazzo. Tipos inteligentes, audaces más allá de la visión de un campo de baloncesto. Especímenes únicos y reconocibles como todos los demás. Porque todos los demás llevan consigo el carácter, el estigma, la sensación de pertenencia a un pasado perdido y hermosamente recuperado y renovado.

Es el espíritu original del baloncesto. Llegar a él como objetivo único era la apuesta. Lo demás ya llegaría después. Llenarlo todo de espíritu primitivo y auténtico de baloncesto; crear un madridismo baloncestístico arraigado a su tierra. Ese viaje del baloncestista debe de ser como hallar un claro en el bosque. Atravesar una parte de la vida bajo el techo de las copas de los árboles y encontrar después de toda su vegetación un campo libre de ella. Y ver el cielo y respirar y no querer marcharse nunca.

Eso debe de ser este Madrid de baloncesto cuyos numerosos y valiosos títulos son mucho menos que su valor real, interior, indescifrable para los ajenos, para los enemigos que observan con recelo. El valor incalculable que se aprecia en las derrotas justas y en las que no lo son tanto, en el afán de ganar siempre el campeonato estatal de Indiana viajando por el estado en un school bus adolescente.

Lo mismo que empuja a Luka Doncic, glorioso hijo de estas tierras baldías, de estos grandes bosques (donde decía Faulkner que se escuchaba la mejor de las conversaciones), a confesar desde el trono, con atávico y emocionante orgullo, sin rastro alguno de melancolía, que echa de menos al Real Madrid.