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El origen de toda esta mierda

El origen de toda esta mierda

Escrito por: Rafael Nunez Huesca15 julio, 2015
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Yo escribo en La Galerna porque Jesús Bengoechea se moría de risa con algunos textos míos. Yo escribo en La Galerna para que nos partamos el culo de risa todos. Pero hoy (lo siento, Jesús) la cosa no va de coñitas. Lo de hoy no va a ser ni siquiera agradable.

Sólo cuando te avergüenzas de tu equipo te das cuenta de que esto del fútbol no se parece en nada a la política. Aquí no existe el voto de castigo. Aquí no vale animar al Atleti durante un año como venganza. Yo lo he intentado. Y no me sale. Soy del Real Madrid. A pesar de Florentino, a pesar del mourinhismo sin Mourinho y a pesar del bochorno de estos días. Me decía un amigo en Facebook que todo esto estaba siendo “una puta vergüenza”. Un amigo del Barça. Multitud de peñas de casi todos los equipos despedían ayer a Casillas con honores de Leyenda, subiendo fotografías de aquella noche surafricana de nuestras alegrías. No recuerdo semejante unanimidad a la hora de despedir a un futbolista. Se dio en la prensa nacional e internacional, en las radios, en las teles, en los bares, las oficinas y las redes sociales.

La jauría de lobos que hasta hacía solo unas horas le perseguía estos días ha callado. Probablemente han comprobado que durante estos tres años han estado mucho más solos de lo que sus gritos nos hicieron creer. Nunca fueron muchos; en el adiós hemos comprobado que en realidad eran muy pocos. Y cobardes. Estos días apenas han salido de sus madrigueras, lo contrario hubiera sido un insoportable acto de cinismo. Como el de Florentino, montándole, una vez vista la marea de indignación, un guateque improvisado.

No es ningún secreto que el presidente nunca quiso a Casillas. Un tipo de Móstoles, que surgió de la cantera, hijo de Guardia Civil, sin tatuajes, ni pendientes, ni los pelos de colores. La antítesis del héroe homérico. Buffon siempre fue un perfil mucho más adecuado a los gustos galácticos del presidente. El presidente es hoy la caricatura que la cultura popular ha hecho del capitalismo. ¿Cuánto vale?, ¿cien millones? Como estos.

El palmarés de Florentino Pérez en doce años consiste en tres Ligas (dos con el desterrado Vicente Del Bosque) y dos Copas de Europa (una con Del Bosque). Punto. La segunda Copa de Europa, por cierto, con otro entrenador al que echó del Madrid hace un mes ante el asombro generalizado de jugadores y afición. Por la puerta de atrás. Como con Redondo. Como con Hierro. Como con Raúl. Como con Casillas.

Hemos de asumir que el Real Madrid ha perdido su principal seña de identidad, esa de la que siempre hemos alardeado los madridistas como timbre de honor: el Señorío. Y no porque lo diga L’Equipe, que puede decir lo que le dé la gana, sino por cómo trata a sus hijos más ilustres. Por el bochorno de estos días. Por el Vía Crucis. Por el escarnio público. Y por esas idas y venidas del Bernabéu y Valdebebas durante cinco días que concluyeron en una lamentable rueda de prensa entre lágrimas. Señorío. Amos, no me jodas.

Iker salvó centenares de goles que ya cantaban las aficiones rivales; Iker se convirtió en el mejor portero del mundo pese a las carencias técnicas que todos conocemos; a Iker se le llamó El Santo. Pero incluso Iker Casillas acusa la biología. Cumple años. Pierde nivel. Decía el genial Jabois en El País que en los últimos tiempos la defensa no defendía la portería: defendía a Casillas. Nadie discute esto, nadie me encontrará en ese debate. No es eso lo que motiva estas letras sino el lamentable espectáculo que durante tres años ha llevado a cabo una parte del madridismo. Eso fue lo que puso a mi cerebro a buscar un nuevo equipo. Un odio que no se frenó ni siquiera ante lo personal. Toda esta mierda empezó con un tipo cuya ilusión declarada nada más aterrizar en Barajas era volver al Inter o al Chelsea y al que llamaban The Special One. Aún hoy pueden verse multitud de avatares en las redes sociales de aficionados que se declaran, antes que cualquier otra cosa, mourinhistas. Poco importa que entrene a al equipo de un barrio londinense. Tal es el grado de fascinación que provocó entre ellos. Mourinho abdujo al sector más exaltado de la afición a base de crear escenarios agonísticos y alertar de conspiraciones que buscaban acabar con el Madrid, y lo que es peor: con él.

El aficionado permaneció secuestrado por una poderosa personalidad y un verbo de gatillo fácil que consiguió mantener al madridismo en un clima de tensión permanente durante tres años. Soflamas, victimismo y agresividad tuvieron su clímax en el lacerante episodio de Tito Vilanova, lo más lamentable en la centenaria historia del club. Aquel Barça desquició por completo a Mourinho, que apagaba su impotencia prendiendo nuevos incendios.

En 2011, después de una temporada de insoportable tensión con el Barcelona, el capitán llamó a Xavi con el fin de no trasladar la angustia a la Selección Nacional, por aquellos días Campeona del Mundo. Mourinho interpretó el gesto como una traición y desató la yihad contra el capitán. Empezaba el calvario. El Míster “buscaba una rata” en el vestuario, según desveló luego Dudek. El portugués hizo de cada partido un plebiscito sobre Casillas, que de algún modo lo era también sobre su propia figura. Fue durante aquellos días que se dividió el madridismo. Aquel veneno sirve aún de combustible a un sector de la grada que veneraba el autoritarismo y la agresividad de un tipo que acabó abandonándoles para irse, tal y como advirtió, a su añorado Chelsea. A pesar de su “extrema competitividad” y de las soflamas despóticas, nunca ganó su Shémpions. Porque era la suya. Nunca fue la Décima sino la Tercera.

CasillasMourinho

Hay algo que aún no se ha dicho de esta guerra civil que rompió el madridismo: un, si se quiere confuso, trasfondo político. La afición más derechista se colocó en bloque al lado de un hombre que entendían representaba sus propios valores y convicciones morales, los valores que, en definitiva, debían imperar en el Madrid. El antaño poderoso Grupo Prisa ejerció de contrapeso a la dupla Florentino-Mourinho. Hoy sigue siendo la resistencia al Chavismo sin Chávez que es el Madrid post-Mourinho. Juanma Rodríguez llegó al punto de acusar a Prisa de “tratar de destruir al Real Madrid”. Literalmente. Y conste que quien esto escribe no se ubica precisamente en la izquierda. Léanme en otros medios.

Por último, sabed que esta guerra civil que desató el de Setúbal ya solo sigue viva en la capital. El madridismo del resto de España está a otra cosa. Vive el presente del club y alucina con vuestras historias. A esa gente de Albacete, Coruña o Valladolid les gusta o disgusta un jugador independientemente de su relación con José Mourinho.

En un país cainita y cabrón como el nuestro, no es fácil que una figura pública concierte tantas simpatías. En un país que devora a sus grandes hombres como Saturno a sus hijos, aún existen dos figuras que se proyectan por encima de las miserias de la habitual manada de haters. Una de ellas es Rafa Nadal, la otra es Iker Casillas.