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Ensayo sobre Iker, el ángel caído

Ensayo sobre Iker, el ángel caído

Escrito por: Paul Tenorio14 julio, 2015
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"Se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo". (Abraham Lincoln)

  1. PREÁMBULO

El 11 de julio de 2010, nada menos, Iker Casillas, entonces un ídolo para mí, me firmó una camiseta de España en el vuelo Johannesburgo-Madrid. "De parte de otro portero como tú, con cariño", escribió en La Roja, que aún atesoro. Había sido decisivo no sólo en la final del Mundial, hacía unas horas, sino en todo el torneo. Su parada ya legendaria ante Robben, junto con las de Glasgow en la final de la Novena, brillarán siempre sobre las muchas que le reportaron un calificativo tan explícito como merecido: El Santo. Porque hubo muchas más. Algunas milagrosas. Otras espectaculares. Decenas de ellas decisivas. Y casi todas, oportunas. Existió un periodo, y conviene no negarlo, en el que Casillas fue el mejor. Concentraba el respeto y la admiración del 100% del madridismo y casi del pueblo español. Y ganaba puntos como un buen delantero. Lo digo para evitar ser tachado de desagradecido, olvidadizo o incluso de nazi.

Hablar de Iker es exponerse al fuego cruzado de esta guerra civil que libra el madridismo desde hace años en torno a su estatua. Un conflicto irreversible y visceral que ha emponzoñado cualquier amago de entendimiento, algo típico de la guerra y del carácter español. A un lado de la trinchera, con potentes altavoces, se han escuchado hasta hace muy poco irresponsabilidades como que Iker era aún el mejor, una falsedad científicamente demostrable. O se han calificado como "paradones" cómodas recogidas del balón o despejes obligatorios para cualquier guardameta de 2ªB, a veces fruto del desconocimiento de la posición del portero pero otras con un fin siniestramente distinto al sagrado deber periodístico de informar. En las peores ocasiones, se ha descalificado gravemente a los aficionados que vieron venir la cuesta abajo de Casillas en el Madrid mucho antes que ellos (y sin cobrar) o, lo que es peor, a profesionales como Diego López y Keylor Navas. Hasta al sagrado Bernabéu, al que siempre se le ha reconocido su sabiduría y su derecho a expresarse, se le dio de collejas por pedirle más a Iker. El sectarismo mediático y la manipulación de la realidad se impusieron a lo que sucedía sobre el césped a la vista de todo el mundo y en la cocina del vestuario. Ocurre en todas las guerras: la propaganda, positiva y negativa, toma el control sobre la razón y la verdad. Se aseguraron posiciones inamovibles y los insultos deflagraron en todas las direcciones, incluyendo espantosos y lamentables ataques de ciertos individuos al núcleo familiar del portero.

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En el otro lado del frente, totalmente 'underground', hay quien asegura que Casillas siempre fue un paquete. Una calamidad que salió por alto poco y mal durante toda su carrera, cuando la historia muestra que entre 2002 y y 2012 pulió sus carencias (es constatable con un vídeo y paciencia) hasta ser aceptablemente fiable y osado en los centros al área. Y sin regalarle tampoco balones al rival con los pies. La confianza y esas "cualidades innatas" hacían mucho en esos años gloriosos. Paraba lo parable y lo imparable, estaba rapidísimo, atento, era más valiente en el juego aéreo y entonces sí distanciaba los errores que todo portero comete. Incluso teniendo en cuenta sus puntos débiles, se dijo aquí y fuera que no había un arquero más decisivo. Una vez reprobé a un tuitero un comentario manifiestamente demagógico hacia Casillas. Él me respondió con un tuit directo y rotundo, como deben de ser: "Esto es la guerra ;)". Y comprendí. Estabas con él o contra él. Las balas vuelan y el que se para en el centro a reflexionar, pierde. Desde estas líneas, me gustaría juntar algo de información con el conocimiento específico que tengo del puesto de guardameta, del Madrid y de lo que es pertenecer a un club de fútbol y a un equipo. Me arriesgaré. Tendrá que ser un texto largo, me lo van a permitir. Las complejidades del caso lo exigen.

  1. EL CAPITÁN

La eyección de Casillas no se puede disociar de José Mourinho, del mejor Barça de la historia, del uso de los éxitos de la Selección como arma política, ideológica y arrojadiza; ni por supuesto de su pérdida progresiva de rendimiento. Es necesario para entender esta tragedia. De ese profundo desencuentro se ha dicho todo, pero en términos deportivos se condensa así: el Madrid apostó fuerte por Mou, un canalla malencarado y presuntuoso con el que hasta los barcelonistas quieren jugar, lo que dice todavía más de él que su ristra de títulos. El portugués, un competidor atroz con plenos poderes de mando, se encontró un grupo desquiciado cada vez que tenía delante al mejor equipo que yo he visto: el Barça de Guardiola. Mourinho no era presidente de Unicef, sino entrenador del Real Madrid, así que decidió dejar la búsqueda del bien de la humanidad para otros estamentos y se puso a maquinar. Se empecinó en derrocar al Barça, que para eso le pagaban, y muy bien. Y se le ocurrió, entre geniales variantes tácticas ignoradas (o ridiculizadas, que es peor) por los medios, crear un caldo de cultivo para, al menos, no ser perjudicado por los arbitrajes en los Clásicos. Y de igual forma, pidió agresividad  a sus jugadores en esos partidos para tener alguna opción, así como más inteligencia para no caer en las constantes provocaciones que nadie parecía recriminarle a aquel Barcelona. En consonancia con la mayor parte del grupo de jugadores, Mourinho lo decidió así. Era el entrenador. El único que puede mandar para que un vestuario no sea Siria. El que lanza el mensaje que considera óptimo para ganar. Y los chavales lo recogieron, como es su obligación. Lo trasladaron a los partidos y los entrenamientos durante dos años. Y, por supuesto, derrotaron a ese Barça endemoniado, que te escondía el balón y sólo te lo enseñaba cuando lo recogías de tu portería.

Iker, que está en las antípodas de Mourinho en la forma de entender la competición, tragó bilis mientras se consiguieron objetivos, pero ya le iban calentando la cabeza con aquello del estilo y, sobre todo, del señorío. Tras la tangana en la Supecopa de España 2011, cuando Casillas se asusta (“no podemos seguir dando esta imagen”)  comenzó su discreta pero firme oposición al luso. Calibrando mal su fuerza, que era mucha, decidió remar en dirección contraria. Quizá a consecuencia de esa guerra psicológica que ya libraba con el entrenador y con muchos madridistas, y manipulado en un acoso y derribo a Mourinho de ámbito estatal, encendió la chispa que cuatro años después es su propia pira. Y ese fuego, ayudado por esos influyentes vientos externos al club, prendió al final más piezas del vestuario. Interesados en señalar al héroe y al villano en el debate entre el tikitaka y el resto del fútbol, entre la agresividad (que a otros sí les permite hoy) o la provocación y el teatro; entre la incontinencia incorregible de Mourinho y la hipocresía galante de Guardiola, en defender a una Selección barcelonizada (pero a la que dio vida un canchero como Luis Aragonés); gran parte de los creadores de opinión de la sociedad española desenvainaron e hicieron el resto: no había ningún fuego. Si acaso, el del pirómano de Mourinho. El de la tierra quemada. Casillas, por supuesto, era un profesional intachable que miraba por el bien de la Selección, a la que quería destruir un pérfido extranjero; y su rendimiento seguía siendo de diez. Es una película que no hay que contarle a nadie a estas alturas. Cada uno tiene su opinión y no la mueve. Se argumenta que el capitán batalló con bravura una especie de cruzada por los valores del Madrid, y que cae como un mártir. Lo respeto porque entiendo que hay quien ha competido pocas veces o de forma demasiado amigable. Hay quien no sabe lo que significa el Real Madrid. Y quien desconoce las leyes sagradas del vestuario, de la manada.

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Iker midió mal. Con más y mejores padrinos, le ganó aparentemente ese duelo a Mourinho. Y sobrevivió a Carletto, a quien nunca convenció del todo. Tenía la flor, ya saben. Algunos se siguieron creyendo esa mística hasta ayer. Pero en la guerra hablan las balas, no las flores. Y pierden todos.

3 . EL PORTERO

Si todo lo anterior es discutible (de hecho se han llenado horas de debates en un caso sin precedentes periodísticos en España), no lo es el desplome del rendimiento de Casillas. Y no llegó en la final de Lisboa, con el regalo a Godín y también una salida letal con la prórroga aún sin resolver de la que nadie habla. Tampoco parte su declive del Mundial de Brasil, donde Iker fue un completo desastre también con España, evidenciando que algo andaba muy mal en esos guantes prodigiosos y en esa cabeza sometida a una presión salvaje. La caída de Iker de la élite fue un goteo de indecisiones en el área y de errores que pasan desapercibidos porque no acaban en gol, pero que son errores. Hay estadísticas muy buenas circulando por ahí, pero se vendía otra cosa. Se amplificaban los aciertos, se empequeñecían u ocultaban los fallos y se simplificaba el debate de mala manera: Casillas es una leyenda y tú, un desmemoriado yihadista.

Pero en el primer tercio de la tercera temporada con Mourinho, tras dejar ciertas dudas las dos campañas anteriores, Iker tocó fondo encadenando pésimas actuaciones personales, muchas veces edulcoradas por victorias del equipo, tanto en la Liga como en la fase de grupos de la Champions (como aquella tenebrosa noche ante el City). Sus prestaciones en el área y también entre los palos estaban muy lejos del mínimo exigible. Ya se atisbaba a través de las cámaras a un Casillas incómodo, con la amargura dibujada en la cara, inquieto. Regresaba de hacer un buen papel en la Eurocopa, pero hacía tiempo que ya no sentía lo mismo con el Madrid. Un Casillas que, lejos de sumar puntos, los perdía o los ponía en riesgo. El propio vestuario se sumó a ese sector siempre creciente de la tribuna y comenzó a cuestionarle. Ya con Ancelotti, hubo quien le comentó al italiano y a su propio círculo privado que con Iker no se sentían seguros en el campo. Pregunten por ahí.

Mourinho sabía que Adán no estaba al nivel. El de Setúbal puede ser algo antipático cara al exterior, pero no es gilipollas. Pues debió evaluar la situación con tal gravedad que le dio al chaval la portería en La Rosaleda. Sabía que la peste iba a caer sobre él, pero hizo lo que creyó necesario para el grupo. Sólo quería espabilar a un portero que, lo sabía con certeza por múltiples fuentes, tenía un gran poder mediático y perseguía objetivos no ya paralelos, sino contrarios a los suyos. Le abrió el redil a la oveja negra en un último intento de reconducir la situación y de paso salvarse a sí mismo. Y Casillas, con el hándicap de una desgraciada lesión, ya no le respondió. Cuestionado desde muchos frentes, le entraron las dudas, fatales para un deportista y más para un guardameta. Iker entró en una espiral negativa imposible de detener y en una crisis de juego acelerada por su enfrentamiento al entrenador, al presidente y a parte del madridismo. Errara o no de buen corazón, al igual que actuó libremente, es de justicia que afronte su responsabilidad en este triste desenlace.

Casillas no se ha recuperado desde entonces, sino al contrario. No ha vuelto a ser un portero top-10. Ni con Mourinho, ni con Ancelotti ni con Del Bosque ni para Benítez. He podido corroborarlo (siempre en privado, porque en público su figura se sigue respetando) con todos los guardametas profesionales o federados a quienes he consultado: hace menos paradas decisivas, comete errores con más frecuencia, sale presionado a jugar y es menos valiente en la toma de decisiones para dominar el área. Hace mucho que perdió el superpoder de defender la portería del Real Madrid. Quizá en el Oporto, aunque la edad no perdona, recupere la confianza perdida en sus propias cualidades y logre volver a ser parte de lo que fue. Todo indica que será así.

  1. EL ADIÓS

La despedida ha sido tan áspera como previsible. Igual que el proceso de culpar a Florentino Pérez. Cae mal e Iker cae bien. Dificulta el camino mientras que Iker lo allana (y eso podrá ser otra entrada en La Galerna). ¿Qué tendría que haber hecho el presidente, sabiendo que Benítez no quiere a Casillas, la mitad de la afición tampoco y él mismo no quiere ser suplente? ¿Obligar a Benítez a jugar con Iker otro año más a costa del rendimiento del equipo? ¿Cerrarle la puerta y forzarle al banquillo pese a su deseo de marcharse? ¿Ponerle una cabeza de caballo en la cama a Keylor, a Diego, a De Gea y a quien se acerque por las áre