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Defensas vascos en el Real Madrid

Defensas vascos en el Real Madrid

Escrito por: Alberto Cosín18 julio, 2018
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Con su fichaje por el Real Madrid, Álvaro Odriozola se incorpora a la prestigiosa lista de defensas vascos que han defendido los colores de la entidad de Chamartín. Y muchos de ellos triunfaron y dejaron su huella imborrable para la historia del club.

El primer gran zaguero blanco fue José Ángel Berraondo en los albores de la institución, allá en los inicios del siglo XX. Easonense, Berraondo también fue clave en la fundación de la Real Sociedad, mientras que en el Real Madrid jugó cuatro años en los que logró -siendo capitán del equipo- cuatro títulos consecutivos de Copa, de 1905 a 1908. Se desempeñaba como central de gran nobleza y caballerosidad. Era un jugador fuerte, robusto y contundente.

En los años 20 el Madrid contaba con Félix Quesada como estandarte de la retaguardia, y el club decidió ponerle una pareja a la altura con el que formó un binomio pleno de garantías: Juan José Urquizu. Vizcaíno de Ondarroa, había militado en el Osasuna e hizo una gira muy conocida con el Español por Sudamérica antes de firmar por el equipo blanco en 1927. De pequeña estatura, pero recio, enérgico, inteligente y con gran sentido de la colocación, logró junto a Quesada una fama de inexpugnables en todo el país. Permaneció tres años en la casa blanca ganando un Campeonato Regional y debutando en la primera edición de la historia de la Liga. Su espina: caer contra el Español en la final de Copa del año 29 conocida como la “final del agua”.

Apenas un par de años después de marcharse Urquizu llegaron a la capital dos defensas del Alavés para hacer historia: Ciriaco y Quincoces. Tras un desembolso de 65.000 pesetas pesetas, el eibarrés y el baracaldés (también Olivares entró en el pack) comenzaron un idilio en la zaga que también se hizo famosa en la selección nacional. Los dos, junto a Zamora, desesperaban a los rivales, que se veían incapaces de superar a las tres piezas en la búsqueda del gol. Quincoces, uno de los mejores centrales de la historia del fútbol español y del mundo en los años 30, brillaba por su velocidad, su extraordinario poderío físico, su colocación, su seguridad e inteligencia. Mientras que Ciriaco era muy diferente y por eso se complementaban. El guipuzcoano sobresalía por su sencillez, sobriedad, contundencia y vigorosidad. Con ellos atrás, el Madrid conquistó dos Ligas consecutivas en 1932 y 1933, y además se alzaron las Copas de 1934 y 1936.

Justo antes del inicio de la Guerra Civil la secretaría técnica del conjunto blanco buscó en el norte un sustituto para Ciriaco y Quincoces y lo encontró en el Logroño: José Mardones. Vitoriano, también había militado en el Alavés de su tierra. Su carrera dio un salto tras el conflicto bélico, cuando alcanzó la titularidad. Vigoroso, potente y con enorme presencia física, logró además varios goles gracias a su buen juego aéreo. Estuvo en Madrid hasta 1943 y se marchó sin ningún gran título.

Por entonces ya llevaba un año en el equipo José Querejeta, otro defensa de San Sebastián. Los que le vieron jugar hablan de un jugador expeditivo, ágil, con una enorme lectura del juego y muy eficaz. Unos años más tarde podría haber rendido excepcionalmente también como lateral. Un lustro fue su bagaje en el club de Chamartín y, aunque estaba en la plantilla, no disputó las finales de Copa de 1946 y 1947 cuyo título levantó Ipiña. Sí estuvo presente, y rindió a un enorme nivel, en el famoso 11-1 de Copa contra el Barça en 1943.

En ese periodo además se encontraba Juan Pedro Azcárate en el plantel, tras haber firmado por el Madrid en 1944. Natural de Durango, estuvo dos años cedido en el Zaragoza y no fue hasta 1947 cuando encontró un hueco en el equipo. Fuerte y físicamente poderoso, disfrutó de buenos momentos cuando se deshizo la pareja Corona-Clemente que le apartaba del once inicial. Pero, tras jugar poco en 1951, hizo las maletas y fue traspasado al Real Gijón. En una época complicada, su mejor trofeo fue la Copa Eva Perón obtenida en 1948 ante el Valencia.

A la vez de la marcha de Azcárate el Madrid fichó a otro defensa vasco, concretamente de Fuenterrabía. Su nombre: Gabriel Alonso. Hermano de Juan, gran portero de la historia merengue, Gabriel se desempeñaba como lateral diestro, aunque su buen manejo de la izquierda le permitió actuar en el otro costado. Fue un jugador magnífico, rápido, fogoso, luchador, ambicioso y duro de sobrepasar. Pasó por el equipo de 1951 a 1954, y le dio tiempo a ganar la Liga del año 1953, en la que coincidió con Di Stéfano y Gento. Está dentro de la historia del fútbol español por ser el jugador que inició la famosa jugada que acabó en gol de Zarra ante Inglaterra en el Mundial de Brasil 1950.

20 años tuvieron que pasar para que otro vasco destacase en el Real Madrid desde la zaga. Juan Cruz Sol había descollado en el Valencia, y en 1975 Miljan Miljanic lo pidió encarecidamente para su proyecto deportivo. Buscaba un lateral y Sol le garantizó presencia física, trabajo defensivo en la marca, eficiencia, combatividad y resistencia. Y así, durante cuatro temporadas, el de Elgóibar se afianzó en la titularidad, y en ese tramo amplió su palmarés con tres Ligas, una bajo el mando de Miljanic y dos con Luis Molowny.

Tras el apogeo de la ‘Quinta del Buitre’, Ramón Mendoza fichó para el equipo a un joven lateral izquierdo que prometía: Mikel Lasa. Nacido en Legorreta, fue un jugador ofensivo (en sus inicios era extremo), rápido, descarado, constante y con una buena zurda. Después de un año de adaptación alcanzó la titularidad con Benito Floro, y en 1993 fue clave para ganar la Copa del Rey al anotar frente al Real Zaragoza uno de los dos goles madridistas. Posteriormente también contó con la confianza de Valdano el año de la Liga de 1995 y además ocupó el carril siniestro el día del famoso 5-0 al Barcelona. Fue a partir de 1995 cuando su papel se vio disminuido y, aunque se marchó un año más tarde, pudo hacerlo con otro entorchado doméstico tras participar en 13 choques en la Liga con Fabio Capello al mando de la nave merengue. Había llegado Roberto Carlos y se quedó sin hueco. Marcó un total de 5 goles en su trayectoria en la capital, pero uno de ellos ante el Sevilla desde el mediocampo siempre será recordado.

Junto a Lasa coincidió durante cuatro cursos el bilbaino Rafa Alkorta. Central veloz al corte, intuitivo, agresivo y magnífico en la colocación, tuvo en Sanchís o Hierro a su pareja en el centro de la zaga, formando una sociedad impresionante con ambos. Su rendimiento fue notable en Madrid y obtuvo para su bagaje dos Ligas, las logradas en 1995 y 1997. En la primera de ellas, con Valdano, no fue uno de los baluartes, pero esto cambió con Capello que le colocó junto al malagueño para componer una defensa rocosa, experimentada y muy difícil de sobrepasar.  Con 28 años y en plena madurez decidió regresar al Athletic Club, el equipo en el que se crió desde pequeño.

Ese verano del 97 hubo un trasvase con el cuadro vasco.  Mientras al bocho llegó Alkorta, a Madrid lo hizo Aitor Karanka, un central zurdo sobrio, seguro, bueno en la salida del cuero y solvente en el juego aéreo. Su primera etapa en el club blanco fue complicada con un p