Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Históricos
Memorias de un Clásico: el 3 a 3

Memorias de un Clásico: el 3 a 3

Escrito por: Antonio Valderrama29 marzo, 2016
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

Recuerdo que esa noche nos iban a machacar. Venía el Madrid de perder con cierta crueldad en Múnich. A Roberto Carlos se le escurrió el balón a los siete segundos de partido, y el resto está descrito en un informe forense. Todos nosotros nos estrenábamos en el Allianz, ese campo tan nuevo y tan estupendo que se acababa de hacer el Bayern. La frustración fue la misma, la tradicional, la acostumbrada, aunque en el Olímpico parecía que el horror se proyectaba desde el campo hacia afuera, por la lejanía de las gradas. Y por la pista. En el Olímpico de Múnich parecía haber una escapatoria. Siempre las pistas de atletismo hacen de cordón, dan cierta profilaxis, alejan el miedo, lo enfrían. Aquella noche en Múnich el Madrid perdió 2-1 y a Ramos le anularon un gol legal desde fuera del área, que nos clasificaba. Se había roto la nariz y jugaba con el pelo suelto, la blanca manchada de sangre. Las imágenes que retengo del partido son imprecisas, una nube de ácido claroscuro: regresaba del oftalmólogo y unas gotas que me hacían estornudar amarillo me habían dilatado las pupilas. Tres días después nos recibía el Camp Nou.

Recuerdo que decían que nos iban a machacar. Aquel Barça no era como este Barça. Pero también era un Barça campeón. El Madrid no estaba a 10, sino a 7 puntos, pero la sensación era la misma: finis mundi. Como ahora, sólo había una esperanza, un título en juego. No obstante, la Liga era para aquel Madrid, como la Copa de Europa para este Madrid, un flotador lanzado en mitad de la tormenta en la dirección en que unas manos se agitan desesperadamente sobre las olas. Una quimera. Una utopía. Una locura. Un sueño demente. Una mala broma.

Capello alineó a once hombres sin esperanza, de quienes nadie esperaba nada. Enfrente, una nación de plástico, el agitprop, Rijkaard con el flow, Messi con menos de 20 años y un tsunami a punto de romper contra el Real, rompeolas de España. Calderón con las sacas, BenQ quebrada, Beckham apartado del equipo, Ronaldo facturado a Milán en enero, dos niños bonaerenses soltados sin paracaídas sobre Madrid en llamas y Capello tratado como un Patton gagá. Recuerdo que decían que nos iban a machacar, y en efecto, cualquiera que no fuese un adolescente enfermo de optimismo (se cura con la edad) podía advertir la catástrofe.

Pero al Madrid no lo machacaron aquel día. En aquel tiempo las heridas del Madrid me dolían de verdad, con un dolor físico. Fueron años terribles, en los que cada ofensa hecha a la institución se me figuraba un desafío a mi nombre, a mi familia y a mi honor. Tenía yo una concepción absurda de las cosas: lo que es salir de un colegio franciscano, entrar en un instituto público, coquetear con Marx, leer a Reverte y descubrir Fans del Madrid. En esa transición dramática me encontré atrapado en plena Década. Aquella semana atravesé todas las fases de la ciclotimia nerviosa: depresión, miedo, exaltación, ira y orgullo furioso.

¡Pero qué partido de Guti! Los dos enfrentamientos contra el Barcelona de aquel año justifican toda su carrera. Especialmente aquella noche. Hizo del Camp Nou su after, hizo de su zurda una bomba atómica. Hay algo que pervive todavía en la psique barcelonista, a pesar de todos sus triunfos contemporáneos: la certeza de que el Madrid es pura resiliencia, y de que al fondo del pasillo, de la oscuridad, saldrá una mano blanca que le retorcerá el cuello al niño Dios culé. Aquella fue una de esas noches. El fantasma se hizo carne y sobre Disneylandia cayó el silencio como una manta de plomo, como una tiniebla.

Van Nistelrooy y Diarra, Djilla, emergieron del océano: dos gigantes, dos San Cristóbal, dos colosos goyescos. Sostuvieron en una mano al pueblo madridista hasta depositarlo en la orilla correcta; con la otra fulminaron un escenario que estaba preparado para albergar la representación de una tragedia, la madridista. Reventaron el espectáculo. Y Ramos, naturalmente, marcando el 2-3 de cabeza, con la coronilla, saltando sobre Puyol, ganándole el balón, tomando la pluma y escribiendo el primer acto de la Nueva Historia del Madrid Contada Por Un Héroe a Cabezazos. Cuando marcó Ramos yo salté del sofá y miré a mi padre: estaba durmiendo. Comprendí en ese momento que desde entonces estaría solo, que el futuro estaba en las manos de mi generación, una generación de delfines huérfanos, de Luises XVII, que siempre tendría París en contra pidiendo nuestras cabezas coronadas. Messi sería guillotina y bandeja, sobre la cual el Barcelona serviría a la Historia el despojo de la primera quinta de madridistas educados en la soledad y la derrota. Pero no aquella noche.

Aquella noche descubrí que hay momentos estelares en que un fulano de blanco se sube al Empire State y desvía el meteorito. Es una figura literaria que se repite. Casillas en Glasgow. Raúl en Tokio. Ronaldo en Manchester. Cristiano y Bale en Mestalla. Ramos en Lisboa.

Aquella noche Messi tuvo que ponerse la capa. Empató a 3 y pareció el final. Suspiró Rijkaard y rezongó Capello. Resurrección fallida. Al contrario. Había empezado la conquista de la mejor Liga que recuerdan mis ojos. Una Liga salvaje.

 

Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio