Las mejores firmas madridistas del planeta

Marcelo

Escrito por: Athos Dumas16 mayo, 2017
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Para mi hija Irene

 

29 años cumplió el 12 de mayo. Don Marcelo Vieira. Y ya lleva más de 10 años con nosotros. Llegó con apenas 18: en otros equipos prácticamente sería considerado como canterano (Piqué pasó sus más importantes años de formación en el Manchester United, desde los 17 a los 21 años). Es nuestro segundo capitán. Más de 400 partidos jugados como madridista. Casi treinta goles. Algunos tan importantes como el que marcó hace 2 semanas – con su pierna diestra -al Valencia cuando el partido agonizaba y las huestes chés se frotaban las manos por un posible aquelarre primaveral. O como aquél que marcó al Manchester City en primera fase  de Champions de 2012 y que fue el inicio de una remontada electrizante, también con su pierna menos buena.

El fútbol, cual sucedáneo que es de los hechos bélicos, a menudo es cruel e ingrato. Se habló mucho de su ingenuidad a la hora de no parar por lo civil o por lo penal a Sergi Roberto en el inicio del funesto 2-3 del último Madrid-Barça. Y a quien más le dolió aquello, no lo dudo, fue a él. Particularmente prefiero quedarme con que 5 días antes, en la vuelta del Madrid-Bayern de Champions, Marcelo había hecho un partidazo monumental, para enmarcar y llevarlo directamente al Louvre al lado de, por ejemplo, Le radeau de la Méduse de Géricault. En defensa, su duelo fue titánico ante el mejor de los bávaros, Arjen Robben, escurridizo y habilidoso pese a sus arrugas y cicatrices de  mil batallas. Y Marcelo no fue inferior a Robben, aunque algún duelo perdió y en muchos le superó. En el juego de ataque, su exhibición durante todo el encuentro, y en especial en la segunda parte de la prórroga, fue prodigiosa, taladrando numerosas veces a Lahm, Hummels y Boateng. Con su asistencia a Ronaldo en el 3-2, en una jugada similar (incluso en el minuto en que se produjo, allá por el 115’) a la que supuso su gol – el 3-1 – en Lisboa para conquistar la Décima. Su fallo ante el Barcelona está más que perdonado y olvidado.

Su llegada a Madrid, procedente del Flu carioca, en pleno periodo de entreguerras, bajo el mandato calderoniano, en la segunda etapa de Fabio Capello, pasó algo desapercibida. Aquel mercado de invierno habíamos fichado a Higuaín y, sobre todo, a Fernando Gago, mediocentro de Boca Juniors y sobre el que todos los expertos habían augurado que iba a ser el portador del cetro que pocos años atrás había dejado el príncipe Fernando Redondo. Marcelo, presentado nada menos que como heredero de Roberto Carlos, prácticamente no jugó nada con Capello aquella temporada. Schuster, tras la marcha de RC3 al Fenerbahce, ya le puso de titular la temporada siguiente, donde se asentó en el lateral izquierdo, con esporádicas actuaciones como interior también en la temporada de Juande Ramos.

Prácticamente 10 temporadas como titular indiscutible en el primer equipo, salvo algún periodo de lesiones. En una de ellas, a finales de la temporada 2013-2014, con Ancelotti en el banquillo, Fabio Coentrao aprovechó la circunstancia para hacer sus mejores partidos de blanco. Fueron varios partidos de Marcelo en el banquillo, recuerdo que se le veía sufrir allí por no estar sobre el césped, pero es de ley recordar que jamás salió una queja de su boca. Su explosión de alegría – y de lágrimas largamente contenidas – cuando acabó el 4-1 de Lisboa y por tanto la culminación de la victoria de la Décima la tenemos grabada todos los madridistas. Sobre todo porque su salida al campo en el segundo tiempo – junto con la de Isco algo más tarde – fue elemento clave para aquella épica victoria. Marcelo junto al Fideo Di María, aquella noche de mayo en Lisboa, machacaron hasta la extenuación a Juanfran Torres, y acabaron abriendo una enorme brecha de agua en la defensa colchonera que permitió, al menos, los goles segundo y tecero del Real Madrid en aquella final.

En Milán tuvo también papel principal y decisivo en la final. Bailando con la más fea, Carrasco. De poder a poder. Cabalgando por la izquierda y dando pases que no culminaron por bien poco Bale, Benzema y el propio Lucas Vázquez. No le tembló el pulso para marcar el segundo penalti de la tanda a Oblak, celebrándolo con rabia y con un madridismo en vena como pocos.

Sin remontarse tan lejos, sus 2 partidos recientes – recientísimos – ante el At. de Madrid en semifinales de Champions han sido excepcionales, en particular el de ida y con gran solvencia defensiva, presencia ofensiva y excelente manejo del balón y del tempo del partido en el infierno del Vicente Calderón.

Destacaría su simbiosis con el Real Madrid, su compromiso – aunque algún vocero se reía de él cada año tras el parón navideño destacando supuestas situaciones de sobrepeso - , su manejo de ambas piernas, sus entradas cual cuchillo en mantequilla de Soria por su banda izquierda, sus excepcionales regates y su milimétrica capacidad de centrar. Tuvo una época en la que 2 o 3 veces por temporada caía lesionado – siempre por temas musculares – pero da la impresión que se está cuidando mucho mejor y que le ha venido bien el magisterio de Antonio Pintus en la preparación física. Así como la sabiduría de Zidane ahorrándole esfuerzos en algún partido de liga. Recordemos que es, junto con Casemiro, el único de la plantilla que no tiene un relevo específico, pese a que esta temporada Nacho, Danilo e incluso Coentrao le han dado relevos de nivel. Posiblemente sea uno de los mejores maratonianos del equipo ya que suele llegar más fresco que la mayoría en los momentos finales de los partidos.

Sinceramente, si me preguntan por el mejor lateral izquierdo del Real Madrid en toda su historia, tendría muchas dudas entre elegir a Roberto Carlos o a Marcelo. Siendo bastante diferentes entre sí, ambos han escrito páginas inolvidables por ese mágico carril izquierdo. La ventaja para Marcelo es lo que apunté al principio del artículo: acaba de cumplir 29 años, aún le quedan libros y enciclopedias por ilustrar con el 12 (¡menudo número este año, da escalofríos nombrarlo!) a la espalda. Para mí indudablemente estamos hablando de O’Rei Marcelinho.