Las mejores firmas madridistas del planeta

Madridismo zen

Escrito por: Angel Faerna24 marzo, 2016

Hace poco decía Número Uno, recordándoles a los avinagrados que no la entienden de dónde le viene la felicidad al madridismo, que “el Madrid sobre todo es una perspectiva”. Qué gran cosa, la perspectiva: como madridista te hace feliz, y como persona te hace sabio. Él supongo que la aprendió de Brunelleschi, Número Tres ya sabemos que la estudió con nuestro tío John Ford, y yo en un fragmento de Jenófanes: “si los dioses no hubieran creado la miel, se creería que los higos son más dulces de lo que son”. Los madridistas tiernos o peor informados envidian los higos de la mesa ajena sin reparar en que, servidos en la nuestra, todavía resultarían insípidos. Ya se trate de pintura, de cine, de conocimiento o de fútbol, el que no sepa mirar en perspectiva seguirá siempre en la higuera.

En tanto los madridistas felices seguimos aguardando con paciencia esas mieles del triunfo a que nuestro paladar está congénitamente acostumbrado, no veo nada mejor que hacer que no hacer nada. Del Real Madrid actual pienso dos cosas: que hay poco que decir de él y que de él hay que decir poco. Lo primero salta a la vista, como no sin melancolía reflejaba un Portanálisis de la semana pasada al constatar que habíamos desaparecido de las portadas de los rotativos. Lo segundo es mi opinión personal de madridista sincero pero hipotenso: este mundo tiene demasiadas cosas que arreglar, desde la demencia del capitalismo tardío a la vergüenza de una Europa que no hace tanto fue sinónimo de civilización y derechos, pasando por el peligro de que un indigente intelectual y moral llegue a la presidencia de los Estados Unidos, como para que ande uno preocupándose de qué le pasa a su equipo. Pues no sé qué le pasa, pero ya se le pasará, a mí no me va a doler la cabeza por eso. Madridismo zen.

zen zen

A falta de noticias interesantes que glosar sobre este Madrid del momento, siempre pasajero (el momento, digo), busco en las que generan otros equipos, pero con tanta pereza que ni siquiera salgo de la M30. Y ahí, justo en el límite de lo que cualquier castizo de pro admitiría todavía como “Madrid”, me topo con la enésima taquicardia de nuestros simpáticos vecinos. Confieso que no consigo enfadarme con estos tipos, siempre tan sobrados de entusiasmo como cortos de fútbol. Como de costumbre, su enfrentamiento con el PSV provocó de un solo golpe la pasión sin freno de su propia hinchada y el aburrimiento sin límites del resto de la humanidad. El Atleti es un equipo sólo apto para creyentes, y me parece muy bien. Yo me pasé por su misa en la prórroga, confirmé sin sorpresa que no me había perdido nada, y me dispuse a ver con cierto malévolo placer cómo los colchoneros se comían las uñas hasta los codos y las bufandas hasta la etiqueta. Como el resultado me traía sin cuidado, y como allí el único espectáculo reconocible era la angustia de la parroquia, saboreé hasta el último penalti cotejando malsanamente el metrónomo indiferente de mis pulsaciones con la oscilación de los rostros, del blanco del miedo al rojo del furor, que me servía el amable realizador.