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El madridismo de... Winona Ryder

El madridismo de... Winona Ryder

Escrito por: Mario De Las Heras12 marzo, 2017
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Ya lejos de los tiempos mejores la hemos vuelto a ver en Stranger Things. Casi como ver a Butragueño en un partido de los amigos de Zidane. Todo parece igual: el entorno, el terreno de juego, los colores, los olores. Pero no es lo mismo. Winona Ryder jugó en el Castilla y luego la subieron a Primera División los Di Stéfanos de turno como Scorsese o Coppola mientras Johnny Depp, uno que fue madridista y luego se hizo orgulloso culé, como Luis Enrique, se tatuaba en el brazo "Winona Forever". Ese tatuaje nos lo hicimos muchos madridistas mentalmente mientras empezábamos a generar una animadversión progresiva hacia Johnny, que acabaría casi en repudio (yo fui al cine a ver The Tourist, entre otras, lo confieso) al mismo tiempo que él ya iba para siempre vestido como Dani Alves.

Los goles de Winona en el Castilla se anunciaban en los marcadores del Bernabéu y yo los celebraba más que los de Juanito, porque esa niña gótica y carismática de Bitelchús le robaba a fuerza de paradiñas y sin que se notara todos los planos al bueno de Michael Keaton, quien, por cierto, siempre estuvo a medio camino entre el Madrid y el Betis. Winona, en cambio, es mocita oriunda de Chamartín, y uno puede imaginarla perfectamente por el Paseo de la Castellana a finales de los cincuenta acudiendo los domingos a ver al entonces pentacampeón de Europa como una chica encantadora de la Cruz Roja que ya en la grada podía saltar como Myra Gale sobre las teclas del piano de Jerry Lee Lewis.

Yo creo que comencé a adorarla cuando se enamoró contra todos del pobre Eduardo Manostijeras, esa metáfora del Madrid perseguida día y noche por una jauría de paletos. Entonces Johnny era tan blanco como la piel de su personaje, y ese amor la nevada blanca de las cuchillas de Eduardo sobre el hielo en la primavera. Un amor incondicional. Una afición incondicional. Una morena y al mismo tiempo una rubia, hija del pueblo de Madrid como Elizabetha, por cuya muerte Gary Oldman, Drácula, renegaba de Dios para convertirse en un monstruo de las tinieblas.

El madridismo es el monstruo de la tinieblas del antimadridismo y Winona fue uno de sus iconos, estoica y valiente y convencional viviendo en la edad de la inocencia, o saltando entre los árboles y apoyada a sus pies sentada sobre la yerba y leyendo a Emerson (no al brasileño sino a Ralph Waldo) en medio de los bosques de Concord. Por esa época Winona, antónimo de la exuberancia a pesar de ser exuberante, vivía una suerte de canto de cisne de su carrera, al menos en cuanto a su brillantez como mocita, que comenzó un lento difuminarse como las Ligas del Madrid. Hollywood puede ser tan cruel (que se lo digan, por ejemplo, a Cristiano, o a Danilo o a Scott Fitzgerald) y tan estúpido como el piperismo y el antimadridismo, y a Winona, la musa adolescente y juvenil, no la dejó hacerse adulta (aunque ya entonces lo era) en favor del lanzamiento de estrellas femeninas voluptuosas y culés como, por ejemplo, Angelina Jolie.

Ya casi desprovista de todo su aura ochentero y noventero fue noticia por ser pillada robando en el Saks de la Quinta Avenida ropa de diseño y accesorios por valor de seis mil dólares. Lo que le había sucedido era claramente un proceso de degradación, una decoloración de blanco a azul y grana que la llevó finalmente al robo indiscriminado, probablemente contagiada por la exposición durante varios años a Johnny Depp, que ya entonces no era sólo Dani Alves de calle, sino una mezcla del aspecto del brasileño, el de Neymar y el de Rafinha en el cumpleaños de Iniesta. Qué lástima. A Winona la olvidamos todos casi como olvidamos a Prosinecki. Y no se lo merecía. En este último año, Winona ha recuperado parte de su esencia en los platós de Stranger Things, serie que tiene el aroma indiscutible de Los Goonies como si toda aquella época hubiera vuelto lo suficiente para no irse de nuevo. Porque "Winona Forever" suena parecido a Hala Madrid.