Las mejores firmas madridistas del planeta

Madridismo happy

Escrito por: José María Faerna10 marzo, 2016

Soy despistado, así que no me oriento bien en el inframundo de las facciones merengues. Algunos amigos me cuentan que hay quien dice que La Galerna es la voz del madridismo happy, y a mí me parece justo porque yo soy madridista para ser feliz, ¿o es que se puede serlo para otro fin? Se ve que sí, porque mis amigos me informan de que eso es un reproche. ¿Qué propondrán entonces los unhappy? ¿Un madridismo atrabiliario? No me hagan mucho caso, que ya digo que soy despistado y no me oriento bien.

Me hago cargo de que la temporada pinta de color hormiga, pero el Madrid sobre todo es una perspectiva. Ya sé que este año no vamos a ganar la Liga, pero tengo también una amiga paleontóloga que cuando le hablas del cambio climático se encoge de hombros y te pregunta si sabes cuántas veces se ha secado el Mediterráneo y se ha vuelto a inundar en los últimos cuarenta millones de años. La semana pasada desvelaba aquí Número Dos que al Barça no le llega la hegemonía al cuerpo para sacudirse la ansiedad de hacer historia, que viene a ser como cuajar un periodo interglaciar entre eras geológicas de un blanco interminable. Nosotros la historia ya la traemos hecha de casa, y no nos queda más que mirar al futuro desacomplejadamente y disfrutar del presente siempre que se pueda, que es casi siempre. Hoy, por ejemplo, yo escribo esto con la bicicleta de Lucas Quinto en el pase del gol de Cristiano a la Roma en la retina. No les insultaré explicándoles cuántos cientos de quilates más de fútbol genuino hay en ese gesto apenas extraordinario que en mil penaltis marrulleros a cuatro patas. Y todavía nos sobra para decirle al mundo que sabemos distinguir una vida de un instante con una ovación de cortesía a un Totti digno, cuarentón y terminal. Porque podemos. Porque somos gente seria que usa los aspersores para regar el césped.

Habrá quien me diga que ser del Madrid y estar contento cuando la Liga se queda en una contra del Atleti, la Copa en los despachos del TAD y el Barça va por ahí embalado no es ser feliz sino tonto. Puede ser. Sin embargo, yo creo que el estado de perturbación del madridismo no tiene tanto que ver con no ganar como con que el equipo no esté a la altura de las expectativas que objetivamente despierta. Nadie gana siempre, ni siquiera el Madrid. Muchos como yo ya estábamos aquí cuando la Sexta, pero éramos muy pequeños para recordarlo. Veintidós largos años pasaron hasta que vimos en persona al Madrid levantar la Séptima, y hasta disfrutamos entre tanto de algunas finales memorables, como la que el gran Liverpool de Kevin Keegan le ganó en el 77 al Borussia Mönchengladbach, o la que el Oporto le madrugó al Bayern en Viena diez años después. Padecimos también aquella otra que el Barça de Koeman le ganó a la Sampdoria –que viene a ser como ganársela al Sporting de Gijón–entre los ditirambos de una prensa tan licuefactiva como la de hoy. Pero esos años y todos los demás sabíamos algo sin asomo de duda: lo que se perpetraba cada primavera en Roma, París, Milán o Bruselas era una usurpación, un estado transitorio, un interim entre aquella noche que no recordábamos de 1966 y la que a buen seguro veríamos cuando el Mediterráneo volviera inexorablemente a llenarse. Seguro que el Padre Suances utiliza esa historia en sus legendarias sesiones de catequesis para explicarles a los niños qué diablos es eso de la fe. Y ya vamos por diez.