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El madridismo de... Carlota Casiraghi

El madridismo de... Carlota Casiraghi

Escrito por: Mario De Las Heras5 marzo, 2017
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Dijo Picasso que los buenos artistas copian y los genios roban. Aquí, en La Galerna, aspiramos sólo a reflejar a los maestros y no nos importa quedarnos por el camino. Hemos elegido basarnos, ni siquiera copiar ni mucho menos robar (no podemos aspirar a tanto, no somos genios, ni siquiera buenos artistas), en una parte señera de la contraportada de uno de los diarios españoles de más rancio abolengo. Y lo vamos a hacer a nuestra humilde manera que, ya les aseguramos, queridos galernautas, no tendrá el mismo estilo, o el estilo inimitable, directamente, del original.

Nosotros nos preguntamos, curiosos, por el madridismo de esas mujeres (nuestro espejo clarividente pregunta por cuestiones mucho más elevadas), aunque no de esas mismas mujeres que tan respetablemente ocupan el dorso del ínclito periódico. Nosotros somos más selectivos, rayanos en el privilegio (antidemocrático si quieren y hasta hereje: somos unos radicales y unos impíos) de elegir mujeres ¡vestidas! (avemaríapurísimaavemaríapurísima) y clasísticamente madridistas en nuestra pobre ensoñación que nada tiene que ver con las elegantes curvas y desnudeces, y el caballeroso trato a las mismas, de nuestro preclaro modelo.

Porque nosotros pensamos, ya sin más preámbulos, que nuestra primera protagonista es de un madridismo que nos deja estupefactos. Yo, que soy el escribiente, pocas veces vi tanto madridismo ni tan bello y eso que ayer mismo he visto a Benzema en el medio campo esperar y esperar y esperar como una batería de fusileros hasta finalmente disparar a Asensio hacia la eternidad. Me refiero a Carlota Casiraghi, la reina de la belleza principesca en Europa, más o menos lo mismo que el Madrid. A Carlota, a Charlotte (el amor del joven Werther) la hemos visto hacerse mayor en las revistas casi como a Butragueño en la vieja ciudad deportiva. ¿Es posible que una mujer como Carlota Casiraghi no sea madridista? Yo no lo creo posible. El esplendor de ese rostro lo demuestra casi científicamente.


Unos ojos perfectamente separados del color del mar monegasco enmarcan mi visión. Y sobre sus pestañas uno puede vislumbrar lanzarse fulgurantes contraataques bebecianos, como sobre ligeros trampolines, que se deslizan haciendo la curva, ¡una curva!, (avemaríapurísimaavemaríapurísima) graciosa de su nariz que es el mascarón de proa de su familia pirata.
Una vez tuvimos un pirata en Concha Espina que leía a Faulkner y eligió el Audi más discreto para sorprendernos con su elegancia. Pero habíamos acabado en aquella nariz, no la de una mujer a una nariz pegada, sino quizá a unos labios que son del rosa perturbador de aquella equipación tan exitosa entre las mujeres madridistas; unos labios extendidos en comisuras como pinceladas picassianas y tan llenos de hermosura, más inflados de ella que la sala de trofeos del Bernabéu.
Esos labios guardan una sala con once Copas de Europa y todo el encanto de este mundo. Un perfil de diosa Cibeles con finos y lisos cabellos castaños del color de la Provenza que es el color de la primavera. La primavera del Madrid, que se acerca. Yo la he oído hablar con la pausa de Zidane y con el timbre de una gravedad como el de Joan Crawford (otra madridista indiscutible) y como para ponerse a dirigir en Chamartín desde la banda o desde el famoso balcón de Montecarlo hasta al equipo contrario. Un timbre de madridismo aplastante. Un tono de mocita contralto que nublaría los concienzudos esquemas del mismísimo Mourinho, que la dejaría su sitio deslumbrado por la inteligencia de sus formas, y quizá también por la ventolera de perfume provocada por un giro distraído de su cabeza, el remate más delicado, y ya es difícil, que habrían visto nuestros acostumbrados ojos.