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El Madrid siempre paga sus deudas

El Madrid siempre paga sus deudas

Escrito por: Manuel Matamoros6 junio, 2016
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El 4 de mayo de 1949, un avión procedente de Lisboa se reventó contra la basílica de Superga, en la aproximación al viejo aeropuerto de Turín. No hubo supervivientes. Entre los treinta y un ocupantes del Fiat G.212, cuyos pilotos se equivocaron por la densa niebla y posiblemente un error de altímetro, se encontraban los dieciocho integrantes del Torino Calcio, seguramente el mejor equipo europeo de la época, que volvían a casa tras disputar frente al Benfica un partido de homenaje a su capitán, Xico Ferreira.

«Il Grande Torino», como era conocido entonces, había ganado consecutivamente los cuatro últimos campeonatos italianos desde 1943 —dos no se disputaron a causa de la Segunda Guerra Mundial— y lideraba sin dificultad el que estaba a punto de finalizar en 1949. Diez de sus jugadores formaban en la Selección Italiana.

No habían pasado nueve años de aquella enorme desgracia cuando el 6 de febrero de 1958 se estrelló, durante el despegue en el aeropuerto de Munich, en el que había hecho escala para repostar, el Airspeed Ambassador que transportaba de regreso a Inglaterra al equipo del Manchester United. Había eliminado en Belgrado al Estrella Roja, en cuartos de final de la tercera Copa de Europa. Ocho futbolistas del prometedor United, dirigido por Matt Busby, murieron a consecuencia del accidente. Dos más tuvieron que retirarse del fútbol a causa de las heridas padecidas. Murió también su entrenador, Tom Curry.

Los «Busby Babes», con una media de edad de 22 años, habían sido eliminados por el Real Madrid en las semifinales de la segunda Copa de Europa. Como sabe quien haya podido ver United, los de Manchester jugaban la Copa de Europa «a pesar de» la Football League. En ese contexto, la negativa de la Football League a posponer un día su siguiente partido de la First Division, obligó a Busby a contratar un vuelo chárter para regresar a tiempo de disputarlo: el vuelo que acabó con uno de los mejores equipos europeos del momento.

Después de 1949, el palmarés del Torino tardaría 27 años en ampliarse. Se reduce a un scudetto, ganado en 1976, y la Copa de Italia de 1993. Justo el año anterior había conseguido llegar a la final de la Copa de la UEFA. La perdió ante su eterno rival, la Juventus, en la tanda de penaltis.

Cinco años después de su tragedia, el United ganó la FA Cup de 1963. Le siguieron las Ligas de 1965 y 1967. Y diez años después de su tragedia de Munich, con Law, Charlton y Best —«The Holly Trinity»— sobre el césped, consiguió, por fin, eliminar al Real Madrid en la semifinal y conquistar la Copa de Europa, venciendo 4-1 al Benfica en la final de 1968. Fue, así, el primer campeón de Europa inglés. Desde entonces, ha ganado dos veces más la Copa de Europa (1999 y 2008), trece Ligas y nueve Copas. Ha perdido otras dos finales de la Copa de Europa.

Si uno no quiere engañarse a sí mismo, estos dos ejemplos límite demuestran que "el fútbol" no contrae deudas con nadie. En caso contrario, los débitos que habrían generado ambas desgracias serían más grandes que el palmarés del Madrid. Sobre todo, puestas en comparación con las producidas por el simple hecho de no saber ganar dos finales, separadas cuarenta años entre sí.

Juanfran Penalti

Sin embargo, según la mayoría de nuestro —deformador de la opinión pública— periodismo deportivo, dos finales jugadas y perdidas a lo largo y ancho de sesenta ediciones de la Copa de Europa ameritaban al Atlético de Madrid como ganador de la final de Milán antes de disputarla: "El fútbol" tenía una deuda con el Atleti.

Es cada club, no "el fútbol", el que va contrayendo deudas. Deudas con su afición, o dicho de otra forma, deudas consigo mismo. Adquiridas en la competición y también fuera de ella, porque esos azares ajenos a la propia competición siempre han jugado un papel en la competición. Sin ir más lejos, la Guerra Civil destruyó al Madrid campeón de España y convirtió en campeón de Liga al Atleti descendido a segunda división. Y el Madrid asumió que tenía consigo mismo la deuda de volver a ser campeón. Como también enseñan las vidas paralelas del Torino y el Manchester United, no todos los clubes saben sobreponerse de la misma forma a los peores golpes del destino.

Aunque parezca inverosímil, y un punto surrealista, el falso relato de la deuda caló en el enemigo, hasta el punto que el rito se impuso al oficio. Y así ocurrió que —sin que nadie pueda aprobarlo, aunque se silencie solícitamente por la prensa deportiva— el Atlético afrontó el momento decisivo de la final renunciando al balón y ofendiendo a su hinchada. Cuando el azar, en forma de moneda al aire, se puso de su parte en el sorteo, eligió lanzar después del Madrid. Y tanto quiso asegurar el rito supersticioso del segundo turno —así había superado su sufrida eliminatoria de octavos contra el débil PSV— que ni siquiera se atrevió a arriesgar escogiendo la portería de su hinchada, lo que con toda probabilidad habría conducido al mismo resultado en el orden de tiro: A la naturaleza del Madrid no pertenece renunciar a llevar la iniciativa en la tanda de penaltis.

De la final de Milán, el Atleti vuelve así con una nueva, mayor y más deprimente deuda que aquella que no supo cancelar en Lisboa. El Madrid, sin embargo, ha saldado la que esta temporada había contraído. Con la propia calidad del equipo y con esa parte de su afición que, en los peores momentos, nunca dio la espalda a su equipo y supo exigirle con su aliento en lugar de aprovechar sus errores para tratar de desestabilizar el club. La enorme diferencia de palmarés e historial entre los dos equipos de Madrid se explica, esencialmente, en que mientras el Atleti está obsesionado por una vana deuda externa, el Madrid siempre paga sus deudas.

Cristiano Penalti