Las mejores firmas madridistas del planeta

Madrid caníbal

Escrito por: José María Faerna11 marzo, 2017

Iba yo a hacer hoy algunas reflexiones de régimen interno madridista aprovechando que, aunque parezca mentira, nos va bien. En realidad y en general, casi siempre nos va más bien que mal, pero a quién va usted a creer, al periodismo o a sus propios ojos. Y fue entonces cuando Mad Dog se desmayó en el área y Super Diver jr. envolvió en sus volatines a quintos y sextos árbitros, y los sismógrafos se conmovieron en Barcelona, no se sabe si por los bramidos de la marabunta o por los embates (tiqui-taca-tiqui-taca) propios de la estación de apareamiento de la especie culé vaticinada por el augur Piqué, que sabe de qué va esto y se da un aire al adivino de Astérix. A ver si al final voy a tener que escribir del Barcelona, qué pereza, so pena de hacerle más caso a mi querencia que a mis propios ojos. En realidad yo rumiaba algo de eso que tan bien explicaba aquí Antonio Valderrama, que como Humpty Dumpty clama que esa no es la cuestión, que la cuestión es saber quién manda, eso es todo. Pero es que lo de Humpty Dumpty, en realidad, es una mayéutica. Revisen el capítulo VI de Alicia a través del Espejo, háganse el favor, y comprobarán cómo una corbata puede hacerse pasar por un cinturón o un asalto de pressing catch entre La Sombra y Rey Misterio por el combate entre Alí y Foreman, esto es, la remontada del siglo.

No se engañen, amigos, el problema es el Madrid. Cuando yo era un crío a Eddy Merckx, el mejor ciclista de todos los tiempos, le llamaban El Caníbal porque se lo comía todo. Llegaban las tardes de julio y el final de la etapa era una escena invariable: Merckx subía al podio y le ponían el maillot de las metas volantes. Merckx volvía a subir al podio y le ponían el maillot  de la regularidad. Merckx subía otra vez al podio y le ponían el maillot  de rey de la montaña. Merckx subía de nuevo y lo vestían de amarillo. Y venga a subir y bajar, y venga a engordar cada vez con más jerseys. La de calor que debía pasar Merckx en las tardes de julio, siempre con un maillot debajo de la camisa, como Clark Kent. El Madrid es el caníbal del fútbol. Seis décadas engullendo rivales, masticando ligas, deglutiendo orejonas. Y con el mismo maillot, cómo no va a haber antimadridistas, pobrecitos míos. Es tanto el apetito del ogro y tan desordenado que últimamente ha descubierto la acepción literal del término y se divierte –también literalmente: di-vertere, o sea, desparramarse por varios cauces– comiéndose a algunos de los suyos.

Sí, de un tiempo a esta parte el madridismo se ha entretenido indebidamente comiendo en casa, bien sea a un entrenador portugués más histriónico de la cuenta al que algún socio con carnet se permitió llamar nazi por escrito, bien a un portero legendario que cumplió años y no acabó de gestionar de la mejor manera sus bajas formas, bien a un centrocampista de campanillas que vio horas de gloria en el club como jugador y como entrenador y no digirió bien salir tarifando de él. Simétricamente, hay quien parece más preocupado por la muy británica falta de disposición al aprendizaje de lenguas extranjeras de Gareth Bale que inclinado a gozar de su galope letal. Seguramente los mismos que se hacen cruces por el cansino asunto de la abulia defensiva de la BBC, pero animan al Comité de Competición o como se llame para que le ponga banderillas negras al galés por un exceso de celo en la retaguardia exageradamente castigado por el árbitro, como si los garapullos no fueran rejones en sus propios lomos. Entiéndanme, no digo yo que haya que decir amén a cada cosa que haga o diga alguien del Madrid solo por serlo, pero a veces se acuerda uno de Bilardo y dan ganas de gritarle al vecino que los que van de blanco son los nuestros, aunque no siempre estén a la altura de las circunstancias. El madridismo le ha cogido un cierto gusto a las banderías que lleva el canibalismo hasta la frontera con la autofagia.

Tanto furor contra tibios y piperos es el reverso casi inevitable de un hecho bífido. Por una parte, el Barça ha vivido los mejores años de su historia –aunque el Madrid no haya dejado de agrandar su leyenda mientras tanto, por más que eso se olvide a menudo–. Por otra, gane el Barça lo que gane y como lo gane, hoy es el día en que Piqué y medio mundo siguen sabiendo de qué va esto: la vieja milonga, el equipo del gobierno y la vergüenza del país. Ya me hago cargo de que la paciencia tiene sus límites, incluso la muy acrisolada del madridismo, pero no podemos ignorar que la sobrerreacción a tanto pelma lleva consigo el riesgo de un cierto victimismo especular que, lo confieso, perturba el sosiego de mi alma blanca y caníbal. Soportábamos con resignación sus gimoteos mientras los pobres desgraciados no se comían un colín, pero que se proclamen reyes del mambo y sigan con la misma perra es para cortarse las venas. Es comprensible que a parte del madridismo se le haya agriado el carácter y se levante por las mañanas con ganas de desayunarse un pipero con la bolsa de Facundo incluida a ver si así espabila, o que le lleven los demonios ante la falta de celo partisano de exjugadores en función de comentarista televisivo. Lo comprendo porque uno tampoco es de piedra, pero hay que medirse, amigos, porque el madridismo es felicidad o no es. Me pie