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Los viejos buenos tiempos

Los viejos buenos tiempos

Escrito por: Antonio Valderrama6 marzo, 2017
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Al principio de "Encuentro en la noche", de Fritz Lang, el personaje de Paul Douglas le cuenta a Barbara Stanwyck, Mae Doyle en la película, que "antes, mi padre recuerda que sólo tenía que adentrarse dos millas en el mar para pescar miles de sardinas. Todo era más fácil en los viejos tiempos”, concuerdan los dos, un simplón, bonachón y noblote pescador de pueblo y una insatisfecha mujer de mundo que regresa al lar paterno por no tener otro sitio al que volver. Aunque la película no va de la nostalgia, hay algo en eso que hiere y que perdura como la fragancia de un perfume amargo. En griego nostalgia significa literalmente el dolor de regresar, por lo común a la patria, es decir, al lugar que a uno le pertenece, al hogar ideal. La nostalgia es una matriz muy potente de monstruos. La patria que le duele al madridista, de un tiempo a esta parte, suele ser la Liga, una Ítaca divina y luminosa que se da por imposible, como si hubiese cientos de espantosas fieras marinas que se interpusieran en el camino hacia ella. No como antes. No, sin duda, como en los viejos tiempos.

La patria que le duele al madridista, de un tiempo a esta parte, es la Liga

En los buenos viejos tiempos, las Ligas, como las sardinas del padre de Jerry, el personaje de Paul Douglas, caían solas en las redes. Por cientos, por miles. Era tan sencillo ganarlas como meter la mano en el agua y sacar un pez moribundo. Pienso a menudo en esta idea, sobre todo ahora que una presión insoportable se cierne sobre el equipo de Zidane y los aficionados después de los últimos tropiezos. Puede que el origen de esta tortura psicológica se encuentre en la Liga de Schuster, la del famoso pasillo. Resultó tan fácil ganarla, con tanta gracilidad cayó el Barcelona de Ronaldinho (el mismo que al año siguiente ganaría el triplete), que al rememorarla uno siente una punzada, un espasmo melancólico: ¿por qué ahora cuesta tanto? ¿por qué tanto dolor?

Es verdad que antes parecía no ser tan difícil ganar una Liga, pero uno tiende a idealizar el pasado, y hasta el Barcelona de Guardiola tuvo que venir al Bernabéu a rematarnos como San Jorge a la bicha. Como el Madrid de Mourinho, que hubo de viajar hasta Barcelona para arrancarles el título de las manos; el Atlético de Simeone o el Barcelona de Luis Enrique, por mentar a los dos últimos campeones, no lo fueron hasta el mismo final. La Liga de Schuster continúa rebotando en la psique colectiva del madridismo como chatarra espacial abandonada que aún emite señales, pero sacarle veinte puntos al segundo en el mes de marzo sólo ocurre en la Playstation. Esto se contagia, baja de la grada al césped como una infección moral. Antes de Messi, la propia regularidad de la competición liguera constreñía los corazones y obligaba a ser más o menos fuerte, más o menos siempre. Con Messi, que es un autómata implacable, un ser cuya única misión en la Tierra es recortarle puntos al Madrid, hacer que el Madrid dude, sacarle fallos y tropiezos al Madrid con un fórceps psicológico, la regularidad se ha convertido en un delirio perturbador: una noche de miércoles, una visita de Las Palmas, son de súbito momentos trascendentales en los que el destino de la Humanidad se balancea inerme sobre la cornisa del Bernabéu.

Las cosas no eran más fáciles antes, pero a uno se lo parece cuando mira atrás, sobre todo en los tiempos convulsos. Todos parecen convulsos ahora. Dos malos resultados consecutivos rehabilitan moralmente al adversario, que parecía rendido y en proceso de desintegración, y liquidan el impulso emocional del equipo, hasta ahora invulnerable. Nadie piensa en el partido pendiente, nadie se acuerda de Vigo, y quien lo hace, imagina El triunfo de la muerte, de Brueghel el viejo: los que mueren van de blanco, aunque también va de blanco la muerte. Ganar una Liga siempre es una cuestión de voluntad y acierto. La salvedad, con Messi enfrente, es que hay que acertar mucho, casi siempre. Sólo una pájara por temporada; pájara y media pueden apearte. De todas formas Zidane, en lo que lleva, ha demostrado que si hay que ponerle un epíteto a su estilo, es el de estoico. El mundo suele ser de los que esperan.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

2 comentarios en: Los viejos buenos tiempos

  1. Messi y los esbirros de Villar.siempre que ha tenido partidos difíciles el barsa cuenta con la ayuda arbitral y al revés para el Madrid.asi se van ligas.

  2. Un bonito artículo. Muy poético; pero yo intercalaría en alguna parte del mismo el comentario de Juanito (tal vez enterneciéndolo un poco) para que resultase más completo...

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Vía @lagalerna_

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