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Cuando Lendl se arrancaba las pestañas

Cuando Lendl se arrancaba las pestañas

Escrito por: Mario De Las Heras12 julio, 2016
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Hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana uno escuchaba transmisiones televisivas de fútbol donde sonaba invariablemente la voz invariable de José Ángel de la Casa. Yo creo que sólo una vez, probablemente fueron más aunque yo no lo recuerdo, oí quebrársele la voz, perder el tono, alzarlo debido a la alegría incontrolable. Los de mi generación (nunca antes había utilizado esta expresión que suena a décadas cumplidas; casi sólo pueden hablar de "mi generación" sin ser viejos Los Rebeldes y Los Who sin saber, naturalmente, de lo que hablan) recordarán al periodista anunciando el gol de Señor a Malta como Antonio Molina en el punto álgido de 'Yo soy minero'. A mí esas cosas siempre me han emocionado. Esas breves y moderadas salidas de tono que son momentos de verdad humana e incontestable.

Anteayer el tenista escocés Andy Murray ganó por segunda vez en su carrera el torneo de Wimbledon. En su equipo de entrenadores, situado en una de las esquinas, estaba Ivan Lendl, el gran ex jugador checo-estadounidense. Yo recuerdo de Lendl que en la pista sólo eran capaces de sacarle de sus casillas sus propias pestañas, lo cual le llevaba hasta el punto de arrancárselas como malas hierbas en medio del juego. Anteayer n el All England Club, mientras Murray iba sacando adelante los juegos y los sets y mientras el resto de su equipo levantaba el puño y hacía ostensibles gestos de ánimo a su pupilo, Lendl permanecía impasible, insensible se diría, con los antebrazos apoyados en la baranda y la mirada de viejo jefe indio bajo la visera.

Cuando Murray ganó el último punto a su rival, el canadiense Milos Raonic, soltó la raqueta y se puso las manos sobre el rostro. Su equipo saltó de júbilo y sus miembros, esposa y familiares comenzaron a abrazarse unos a otros. Lendl también se incorporó, al fin, y al levantar la vista pudieron verse sus ojos llenos de lágrimas. Ver llorar de emoción a un viejo jefe indio es algo que uno recuerda. En esos ojos inundados estaba la verdad como en aquel gol de Señor celebrado en directo por José Ángel de la Casa.

De la casa

José Ángel de la Casa decía cosas como: "Maceda le pasa el balón a Camacho", o "Gordillo para Rincóooon, Rincón, Rincóoon, ¡fuera!". José Ángel de la Casa contaba lo que sucedía en el terreno de juego. Pura narración periodística. Yo recuerdo que las cámaras enfocaban a alguien famoso en la grada: un actor, un deportista de otra disciplina, artista o personalidad y José Ángel de la Casa informaba de quién era. José Ángel de la Casa informaba. Yo echo de menos a José Ángel de la Casa y no sé cuándo él y todo lo suyo se perdieron. Le echo de menos sobre todo cuando escucho las actuales transmisiones en las que un grupo de colegas, generalmente incultos e indocumentados (gracias, Fredo), se reúne en una cabina para contarle chismes a la gente.

El jugador de la selección francesa de fútbol, Payet, le hizo una dura entrada a Cristiano Ronaldo produciéndole una lesión que a primera vista parecía grave. La rodilla de Ronaldo se dobló de lado al borde del tronchamiento y el rostro del portugués se descompuso. Pero la acción no fue sancionada por el árbitro. Ronaldo pidió el cambio entre lágrimas, lágrimas verdaderas como las de Lendl, y salió del campo. En la banda le vendaron la rodilla y volvió para jugar. Yo estaba viendo a Daniel Larusso, el Kárate Kid, volver al tatami entre aplausos después de que Johnny Lawrence le golpeara en la articulación. Yo suspiraba por el salto de la grulla, pero el heroico portugués finalmente tuvo que ser retirado en camilla: la imagen del campeonato.

Sin embargo, nadie de la transmisión televisiva informó de los hechos. Nadie se hizo eco de la trascendencia, ni de la épica, ni del ejemplo, ni del coraje del portugués. Del hecho de que el mejor jugador del mundo estaba fuera de la final de la Eurocopa a los pocos minutos de iniciarse el encuentro debido a una fuerte entrada que no fue objeto de la sanción que merecía casi sin ninguna duda. Hubo incluso justificaciones y rebajas de la importancia del lance para, tras unos breves comentarios de una llamativa ligereza, no volver a hablar de Cristiano Ronaldo como si nunca hubiera existido ni él ni la noticia capital, futbolísticamente hablando, de la ausencia por lesión del jugador más importante de Portugal y de toda la competición.

Los televidentes pudimos escuchar luego, sin embargo, toda la colección de chistes habituales de este grupo, graciosísimos porque entre los transmisores se encontraba un andaluz, el ex futbolista Kiko (ya decía Camba que los andaluces no necesitan decir cosas graciosas para ser graciosos), además de un conductor de la locución, Manolo Carreño, que suele ver, entre otros asuntos, los lances del juego al revés de cómo los ve el resto de los espectadores. Su mérito está en que en buena medida los convence. Es decir, por ejemplo: si a Ronaldo lo lesionó Payet, la culpa no fue de Payet (reacción y consecuencias muy distintas se hubieran dado a buen seguro si el lesionado hubiese sido, pongamos Messi: vestiduras rasgadas, barricadas en las calles, la turba agitada, ¡Stellaaa!...) y hasta puede que dichas culpas las achacase al propio Ronaldo, no sería la primera vez, por existir. Por no imaginar qué hubiese sido de Ronaldo si hubiera sido él quién lesionara a Payet: Manolo, el manolismo (llamémoslo así), hubiera lanzado una fatua.

José Ángel de la Casa no lanzaba fatuas. Yo creo que no sabía lo que eran, aunque el manolismo (una importante facción del antimadridismo, dicho sea como dato) tampoco y miren ustedes cómo dominan la técnica. José Ángel de la Casa no contaba chistes. Ni chismes. José Ángel de la Casa narraba los partidos de fútbol y proporcionaba información. Era periodista y era objetivo. Al periodismo y a la objetividad de las transmisiones futbolísticas los asolan hoy las bandas que dicen lo que quieren, como quieren y cuando quieren. Tienen sus propias leyes y sólo responden ante ellas. El manolismo (para los restos quedará aquel episodio sin igual de la burla al mendigo) no dice nada, no sabe nada e impone su costumbre. Promulga edictos en base a proposiciones falsas y sobre ellas construye sus propias comunidades que se extienden más allá del horizonte. Aquello de José Ángel: la corrección léxica, la discreción, la mesura, la información, el sosiego, la propiedad, incluso el silencio, debieron ser cosas de mi generación, cuando las salidas de tono (siempre humanas y verdaderas y emocionantes como las lágrimas de Lendl) eran la feliz excepción ("¡Gol de Señooor, Señooor!") y no la frívola y vulgar norma.