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La vida de Guardiola

La vida de Guardiola

Escrito por: Mario De Las Heras17 agosto, 2020
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Los fieles del entrenador del City le adoran como a una divinidad

Hace poco leí que a Guardiola le llamaban el Dalai Grana. Es una consecuencia humorística de una admiración transformada en una sorprendente, pero cierta, pseudo espiritualidad que le atribuyen sus seguidores. Esa cosa espiritual de Pep viene de lejos, de cuando entrenaba al Barsa y campeonaba con él y encandilaba a Europa. En España los juglares iban cantando sus leyendas por todos los rincones. Raro era que uno saliera a por el pan y no se topara con un trovador del Pep, incluso en Madrid, tras cualquier esquina. Madridistas entregados al tiqui-taca como el propio Real Madrid, sometido por el aura que se extendía sin freno, incluso antes de competir.

Imagínense en Barcelona cómo estaban con el advenimiento de ese nuevo Pep entrenador, al que habían visto crecer desde niño como jugador hasta convertirse en capitán y símbolo del equipo. Guardiola siempre quiso ser símbolo y por eso primero llevó un brazalete en el brazo y luego un lacito en la solapa que lo acreditaba como tal. La entrega aficionada y periodística fue como ver derretirse velas a su alrededor. Al tiqui-taca había que añadirle el árbitro-taca, esa otra táctica de la que nunca se habló entonces, que consistía en pasarse el árbitro igual que el balón.

Guardiola se queja.

El árbitro era una pelota y como tal la trataban, rodeándola, avasallándola, reteniéndola hasta hacerla suya con el mismo porcentaje de posesión que el otro esférico. Aquel Barsa de Guardiola terminaba los partidos con un ochenta de posesión de la pelota y un ochenta de posesión del colegiado. Yo creo que más de una vez se lo llevaron a casa como en los hat tricks. Recuerdo que eran (y son, desde entonces) como hormigas alrededor de un trozo de árbitro caído en el suelo. Menudos veranos. Lo rodeaban, lo cogían y se lo llevaban al hormiguero para el invierno. Y menudos inviernos.

Jugadores del Barcelona rodean al árbitro.

La maquinaria era perfecta, pues también tenían (y tienen) el ochenta por ciento de la posesión de los medios. Era la posesión perfecta, aunque sólo hablaban de la del balón. El barcelonismo exacerbado de los dirigentes del fútbol español y europeo (los mismos implicados después en la Operación Soulé y el FIFA Gate) empujaron aquella conjunción planetaria hacia el espacio. Y entonces comenzó el mito de Pep, quien terminó marchándose cuando la magia (la conjunción de todos esos elementos) empezó a no darse. Lo que dejó, en realidad, fue una estructura que se encargaron de sostener los responsables de su encumbramiento. Aquello se fue manteniendo desgajándose con el tiempo muy poco a poco. Tan poco a poco que parecía que ese Barcelona era eterno, aunque fuera tan finito como la edad y la decadencia de sus jugadores y el método, que envejecía de modo natural.

Guardiola dirigiendo al Bayern de Múnich.

Guardiola aprovechó su cartel para fichar por uno de los mejores equipos de Europa, el Bayern de Múnich. Y luego por uno de los más ricos, sino el más, el Manchester City. Hasta el momento no ha vuelto a ganar ninguna Copa de Europa, sí los campeonatos nacionales que ya se ganaban antes de su llegada. El caso es que su adoración, que llegó al paroxismo en los días de gloria, ha germinado en una religión que apenas alcanza la superficie de la tierra como las trufas. El nombre del periodista Maldini, que soliviantó el sentido común con un inquietante tuit, corrió como la pólvora hace unos días.

Alguien debió decir algún día no hace mucho (quizá fuese el propio sabio Maldonado) que Guardiola era el mejor entrenador del mundo. Ventolera que después fue repetida como los salmos. Quizá aquella apuesta (mitad apuesta, mitad devoción) tenía que ver con el hecho de que si el City eliminaba al Madrid (y contaba con ventaja para hacerlo) la ansiada Copa de Europa que podría confirmarle en esa afirmación, confirmaría a su vez la predicción. Llamémosle consigna.

La condición falló, pero los adoradores de Pep se enrocaron en la consigna sin ningún apuro por su audacia y comenzaron a apoyarse en subterfugios ¡semifilosóficos! para consolidar, ¡a pesar de la realidad!, su caprichosa afirmación, que es precisamente lo que han estado haciendo todos estos años estirando los viejos triunfos culés y ligándolos con esas ligas alemanas e inglesas.

Guardiola durante un partido.

Ante la ausencia de justificaciones, es decir, del  verdadero TÍTULO buscado, la guardiología se ha echado al monte (como al templo de Apolo), haciéndose fuerte en una suerte de escuela peripatética tan alejada de los hechos que ha terminado produciendo la risión en un amplio sector del aficionado, que ve ridículas las divagaciones teóricas que se escuchan y leen a propósito de Gu