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La Liga de Zidane

La Liga de Zidane

Escrito por: John Falstaff22 mayo, 2017
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Como muy bien sabemos los madridistas, el reino del Real Madrid no es de este mundo. El Madrid lleva tanto tiempo instalado en la gloria que a veces se nos olvida nuestra propia grandeza, el hecho de que lo que para nosotros es rutinario para otros es un sueño imposible. El Real Madrid gana con tanta frecuencia que pareciera que ganar fuese algo burocrático, una cometido algo tedioso con horario de atención al público. Y resulta que no. Resulta que la grandeza del Real Madrid, esa que nuestros adversarios saben que jamás podrán alcanzar y que tanta acidez de estómago les produce, no nos ha sido dada por designio divino. La grandeza del Real Madrid fue conquistada hace ya mucho tiempo y es mantenida hoy con las virtudes que siempre han definido a nuestro club: el orgullo irreductible, el afán insaciable de victoria, el espíritu infatigable de lucha.

Y el equipo de Zidane encarna esas virtudes mejor que ningún otro Madrid de los últimos cincuenta años. Es este el equipo más madridista que han visto nuestros ojos, y por ello el más emocionante, el que conmueve nuestra alma madridista con la fuerza de un terremoto, el que nos deja transidos de felicidad. Este Madrid podrá jugar mejor o peor, pero siempre se niega a perder, rechaza la sola idea de la rendición, busca sin desfallecer la victoria, en ocasiones contra toda esperanza e incluso contra toda razón, y si de hecho no logró antes su trigésimo tercer campeonato de Liga fue por desafiar al destino y aun a la sensatez para lanzarse a por el triunfo en inferioridad numérica ante el Barcelona. Este Madrid no concibe afrontar la batalla con las alforjas de la ambición a medio llenar, y si ello lleva a algunos errores, bienvenidos sean como el precio inevitable de esa sed inextinguible de gloria. No hace tanto tiempo que nuestros jugadores dejaron escapar una Liga deslumbrados por la imagen de la Champions que se les aparecía a contraluz en el horizonte. El equipo de Zidane, hoy, sabe que en el Madrid la ambición de ganar no se negocia. Nunca.

Este Madrid podrá jugar mejor o peor, pero siempre se niega a perder

Este es para mí el mérito primero y principal de Zidane, por encima de gestión de plantillas o de aciertos en uno u otro planteamiento: haber descifrado la esencia primera y última del Madrid y haber sabido transmitírsela a los jugadores. Zidane está construyendo un Madrid de época que crece a la estela de su aura inmortal y de su inteligencia tranquila, mientras algunos, que saben mucho pero no entienden nada, se preguntan por el secreto de su éxito para acabar concediéndole, condescendientes, que quizás no sea tan mal entrenador como al principio parecía. Es la sonrisa de Zidane, que a veces toma la forma de un abrigo y siempre la de las piernas de Irina, el demiurgo que ordena el caos para que el Real Madrid ocupe el lugar que sólo a él le corresponde.

En apenas dos semanas, los madridistas tenemos una nueva cita con la gloria en Cardiff. Tiempo habrá de hablar de ese partido que puede traer la Duodécima y que tendrá el marchamo de los grandes acontecimientos históricos, con dos grandes en plenitud dirimiendo quién merece proclamarse campeón de Europa. Pero ahora disfrutemos de esta trigésima tercera Liga, de este campeonato que a veces queda relegado ante el brillo refulgente de la Champions pero cuya ausencia en los últimos años tanto nos dolía a los madridistas. La Liga ha vuelto a casa, y lo ha hecho traída por un equipo de hombres tan dignos de lucir el glorioso escudo del club como los más dignos de los que les precedieron. Abran bien los ojos y retengan las imágenes en sus retinas, porque querrán recrearse con el recuerdo de este equipo durante el resto de sus vidas. Estamos ante el mejor Real Madrid desde que se retiró Di Stefano. El Madrid de Zidane.

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras co