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La insoportable quietud del fútbol

La insoportable quietud del fútbol

Escrito por: José Luis Llorente Gento4 julio, 2018
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No hay una conclusión más evidente tras esta sucesión de partidos a la que llaman Copa del Mundo. El fútbol nació y se desarrolló con una voluntad inmovilista que hoy se muestra como un anacronismo flagrante en los tiempos que vivimos. Ignoro los motivos, pero echando un vistazo a la historia de este deporte a veces vibrante, muchas veces soporífero, da la impresión de que la parálisis es esencial al balompié.

He de confesar que, a pesar de mi inveterada afición a cualquier tipo de acontecimiento deportivo, en pocas ocasiones me he aburrido más que en el partido de España contra Rusia. Por desgracia, no ha sido un caso aislado en este Mundial ni en los pasados. Y tampoco se escapan las competiciones de clubs. El fútbol sigue siendo un juego en el que se puede aburrir todo el mundo, incluyendo-sospecho-, hasta algunos de los que lo juegan. Sin embargo, aun con el aburrimiento como presunta amenaza, nadie parece querer cambiarlo, pues el fervor de sus seguidores es indestructible. Instalado como está en el imaginario tribal como un elemento de identidad que desborda la lógica, el fútbol subiste entre sus fieles, a pesar de ser un espectáculo rácano, en ocasiones, y de la abundancia de hábitos poco ejemplares. Convertido en el circo del mundo moderno, alentado por las clases dominantes para adocenar al respetable, nadie quiere tocar una vaca que sigue dando leche a espuertas. Para qué.

Y como muestra, un VAR. Mucho después que el fútbol americano, el baloncesto o el rugby, el fútbol se decidió por apoyar una mayor justicia con muchas voces en contra. El resultado está siendo un extraño experimento en el que los que están entre bambalinas juzgan lo que ocurre con la misma parcialidad que el árbitro que está en el terreno de juego, pilatos o herodes mediatizados por los intereses de siempre que siguen dictaminando el devenir del arbitraje. Todavía no sabemos en qué consiste un error manifiesto.

Ciertamente, algunos de los argumentos de los sabios del fútbol que predican el inmovilismo me dejan perplejo. Desde tiempo casi inmemorial -para mí, claro- vengo escuchando que reglamento se gestó tan perfecto que no hay que tocarlo. Por supuesto. Los constituyentes balompédicos tenían la bola de cristal para ver cómo serían los estadios, los terrenos de juego, los balones, los futbolistas y hasta las tecnologías de último cuño. El resultado de esta forma de pensar ha derivado en que, mientras la mayoría de las modalidades deportivas modifican de continuo sus normas para evitar los vicios y hacerlas más atractivas, en el fútbol un equipo puede meter todo el partido a los once jugadores en su campo-y casi en su área- y el otro dormir al respetable con píldoras de pases como somníferos. Es duro para el ánimo del espectador esperar durante más de una hora a que ocurra algo, aunque lo peor es leer sobreimpresionado en la pantalla el dato de que España ha dado más de setecientos pases y solo ha tirado tres veces a puerta. La certificación del tedio debería estar prohibida. Aún así, aguantamos un rato largo con la vana esperanza de que, al menos, acertáramos con los penaltis.

Es un hecho que hoy en día el físico de los jugadores ha mejorado mucho y, además, que muchas selecciones tienen el descanso y la preparación de las que otras carecen. Este es sin duda un factor que iguala los Mundiales y predispone a los encuentros numantinos, como también es una circunstancia que ayuda a conocer la real dimensión de Leo Messi. El argentino es un extraordinario jugador que está dejando como testamento algunas de las mejores jugadas de la historia del fútbol. Leo es un portento, un fenómeno que, cuando le da por jugar, justifica por sí solo la existencia del fútbol. Sin embargo, desde que tuvo la mala suerte de encadenar lesiones musculares de cierta duración dejó de ser el jugador imparable en cualquier distancia y situación. Por eso, le cuesta más aparecer en las grandes citas de la Champions y de los Mundiales, a las que solo llegan atletas superdotados. A pesar de sus intentos, el astro argentino fue incapaz de desbordar ni una sola vez a la defensa nigeriana, y solo jugando entre líneas y aprovechando la sorpresa generó algún peligro en la francesa. Además, tampoco ofrece ejemplos claros de ser un líder. De todos los grandes de la historia es el único que ofrece un rendimiento muy dispar en su club y en su selección. Pelé, Cruyff, Maradona, Platini, Zidane y los Ronaldos han mostrado lo que son en cualquier circunstancia y con cualquier equipo. En cambio, es inapelable que hay dos Messis, el del Barcelona y el de Argentina. La conclusión es tan evidente que casi ni habría que reseñarla. Messi es un genio, pero no puede ser considerado el mejor de forma indubitada.