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Kroos no nació en Ourense

Kroos no nació en Ourense

Escrito por: Fred Gwynne18 enero, 2018
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Toni Kroos no nació en Ourense. Estoy seguro. Puede que naciese en algún sitio parecido a Ourense, pero sin gallegos y sin burgas. En Ourense los problemas del Madrid (y los del mundo) se llevan solucionando desde hace más de dos mil años en sus termas. Hace cuatro o cinco, en una de esas crisis que le sobrevienen al Madrid entre título y título, acabé sumergido en una de ellas, en pleno casco histórico, al lado de la emblemática fuente de la Burga de Abaixo.

Era un claro y frío día de febrero. Una cortante brisa subía desde el Miño y se colaba entre los pliegues de mi abrigo obligándome a enrollar más fuerte mi bufanda.

Cuando llegué a la terma me desvestí, me puse un bañador, y después de sentarme en el borde metí los pies lentamente en el agua. La impresión, basada en el contraste de desnudarse a siete grados y sumergirse en aquellos acogedores 38 era tan placentera que incitaba a quedarse allí para siempre.

Recuerdo que un hombre muy mayor debió de pensar lo mismo que yo, pero se tomó tan a pecho lo de quedarse allí para siempre, que, después de un vahído del que no volvía en sí, hubo que llamar urgentemente a una ambulancia para que lo atendiese y no cumpliese con sus deseos. Aparte de este pequeño incidente (volví a ver a este señor totalmente recuperado en la misma terma) la mañana pasaba lánguida, lenta, perezosa, como sin darse importancia, sabiendo que iba a volver al día siguiente.

Yo me dejé llevar de aquí para allá hasta que acabé en una de las esquinas de la terma, una zona un poco más profunda a la que se accedía por una pequeña escalera, rodeado de unos cuantos jubilados. Me senté en la escalera, con los codos apoyados en un escalón y la cabeza echada hacía atrás, sintiendo como el sol y el calor de la piscina me entornaban los ojos. En este duermevela oía a lo lejos cómo los jubilados hablaban de política y del Madrid. Sus conversaciones se cruzaban, se quejaban del precio de la vida, de los impuestos y de la dejadez del equipo, de lo caro que se había puesto todo y de la falta de cojones, de que los políticos eran todos unos ladrones y de que había que echar al entrenador. Pasaban de fichar a despedir, de colgar a poner un altar, de votar a masacrar. Se cabreaban, reían, reñían, y de paso, arrugados como pasas por la vida y el agua caliente, arreglaban los problemas del Madrid y del mundo.

Y entonces se produjo un momento mágico, un instante que no olvidaré nunca. Retrocedí cuarenta, cien, mil, dos mil años y me vi en las mismas termas rodeado de otros jubilados (¿o eran los mismos?) que hablaban de idénticos problemas, del precio de la harina, de que con dos denarios ya no daba para comprar nada, de que Roma les explotaba, de los impuestos y del Madrid, sí, no se extrañen, aquellos jubilados hablaban del Madrid, ya que, aunque el equipo tiene poco más de cien años, el madridismo siempre ha estado con nosotros.

Todos y cada uno de los argumentos que he leído y escuchado durante estos meses para explicar y solucionar los problemas del Madrid, estoy convencido de que se han debatido con la misma pasión en una de las múltiples termas de Ourense hace veinte, sesenta, y dos mil años. Las crisis del Madrid son patrimonio de la humanidad. Pasan de generación en generación, de padres a hijos y de título a título. A las crisis hay que cuidarlas, adornarlas y legarlas a nuestros descendientes como las mismas termas, listas para sumergirse en ellas.

En las termas todo el mundo aporta soluciones para salir de las crisis desde hace miles de años. Todos menos Kroos. Hay jugadores que un día se levantan, desayunan, se afeitan, van a entrenar y, de repente, mientras están haciendo un rondo, levantando pesas o pensando en su bautizo, una enorme lanza les ensarta de lado a lado, los parte en dos, los desgarra, les revuelve las vísceras y después de atravesar su corazón les da la vida eterna y les convierte en madridistas. No importa que hayan nacido en Togo, Ourense o Buenos Aires. No importa que mueran en Calais, en una favela de Brasil o en el frío Danubio. No importa que vivan o mueran ricos, pobres, en la indigencia, con familia numerosa o sin descendencia. Ese día, el día que se levantan madridistas, empiezan a vivir.

Hay jugadores como estos y luego, (¡Ay!) está Kroos. Kroos no se entera, no se ha metido en una terma gallega en su puñetera vida. ¿Qué es eso de decir que el objetivo es clasificarse entre los cuatro primeros? ¿Cuándo, desde el imperio Romano, un jugador del Madrid ha dicho algo parecido? ¿Hay algo que impida que el Real Madrid gane la Liga? Un jugador del Madrid NUNCA, JAMÁS, puede decir que no va a luchar por ganar un título. Eso lo pueden decir los jubilados de las termas, los aficionados, los socios, los antimadridistas, los periodistas, los indocumentados, los desmemoriados, los culés, los indios y la madre que los parió a todos. Todos lo pueden decir, pero un jugador del Madrid lo tiene prohibido. Da igual que en su contrato no lo especifique, la historia del Madrid es el contrato. Si el madridismo se hubiese limitado a vivir pendiente de la realidad no sería el mejor equipo de la historia. Si cada vez que el Madrid se ha topado con un imposible hubiese tenido once Kroos nunca lo hubiese conseguido.

Yo, que para el fútbol soy muy optimista, estoy deseando que el Barcelona pierda un partido para descontar nueve puntos de golpe. Los de ese partido, los del partido que tiene pendiente el Madrid y los del Clásico en Barcelona. Ya está. Y luego continuaré pensando que el Madrid va a ganar todos y cada uno de los partidos que quedan de Liga. Y por último, si las cuentas se tuercen, diré lo que todo hombre de bien tiene que decir alguna vez en su vida: Dios proveerá.

Recuerdo que hace unos años, en el partido de la Supercopa contra el Valencia que hoy luce en nuestras vitrinas, cuando la eliminatoria estaba perdida, justo cuando Iturralde expulsó a Van Nistelrooy en el minuto 72 y nos dejó con nueve, mi padre dijo:

- Vamos a ganar este partido.

- ¿Pero cómo puedes decir eso? –le repliqué yo con cierto cabreo.

Entonces, sin inmutarse, sereno, pero con un tono que zanjó la conversación, me dio una lección de madridismo que todavía no he olvidado.

- ¿Y qué cojones quieres que diga?