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El silencio de España ayuda al Madrid

El silencio de España ayuda al Madrid

Escrito por: Antonio Valderrama7 julio, 2020
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Igual que el silencio de Dios era uno de los temas preferidos de Ingmar Bergman en sus películas, esta CoronaLiga nos ha planteado una nueva y sugerente cuestión: la del silencio de España, un silencio expresado vivamente (no hay antinomia) en las gradas vacías de San Mamés, el pasado domingo al mediodía. Si el silencio de Dios era la manifestación de un “matemático sinsentido” en el cine de Bergman, en palabras de Cuartango, el silencio de España es, al contrario, la corrección accidental de una desproporción que llevaba desde las ligas de Tenerife afectando al Madrid en los finales domésticos apretados: ausente el rugido de la plebe en el coliseo romano, los gladiadores compiten en igualdad de condiciones ante los ojos de un emperador, en este caso el árbitro, que sólo tiene que aplicar la ley.

Y aplicar la ley, en la España contemporánea, siempre ha sido un acto revolucionario. Asombra especialmente la poca costumbre que catalanes y vascos parecían tener ante el hecho objetivo de la igualdad jurídica, porque son los que más se están quejando. Aplicar la ley en favor del Madrid, en julio de 2020, es pura subversión. El modo en que se está haciendo cumplir el reglamento en el campeonato tras el parón coronavírico está revelando la verdad de esto, una verdad muy llamativa, muy escandalosa, como la sangre: hasta Tebas, nada menos, el presidente de la Liga, ha acusado a Florentino de conspirar para que, en efecto, lo que está escrito, se cumpla. Para lo que es penalti según la ley, sea penalti, y lo que no, no. En España, la realidad adquiere tal relieve dadaísta en ocasiones, que ante el impresionante caudal del vómito llovido desde el penalti a Marcelo en San Mamés (jugadores del Bilbao, que nada dijeron hace una semana cuando Messi taconeó sobre el tobillo de uno de sus compañeros con la impunidad conocida; Tiempo de Juego, Revista Panenka, el propio Bartomeu desde los canales oficiales del Barcelona), ha tenido que ser Simeone el que pusiera una nota de cordura. Vamos, que Simeone ha tenido que ser el que defienda no al Madrid, sino el peso de los hechos. Incluso, ¡Isaac Fouto!, pedía sanciones para la directiva barcelonista. Cómo será la cosa.

Jugar sin público elimina el antimadridismo ambiental. Esto no debe ser tomado a la ligera. Lo ambiental, lo atmosférico, es un factor decisivo en las decisiones de hombres de carne y hueso que ya no sienten la cercanía de la muerte civil por aplicar la ley en su justo término. La pandemia ha desalojado los estadios y eso no sólo significa que el Madrid, en el Di Stéfano, juega mucho más suelto, sin la mirada implacable y escrutadora del Yahvé del Bernabéu. También significa que ya no hay una masa vociferante cuestionando a la autoridad, gritando en el cogote de un linier, convirtiendo un fuera de juego o un córner en un estallido social, en una agresión política a un pueblo. Sin público, el “orgull de poble” o “la dignidad de Euskadi”, por decir lo primero que se me viene a la cabeza, sólo es un eslogan, una banalidad con la que se decora la tribuna vacía. El ambiente enlatado deshumaniza, pero hemos descubierto que eso no es del todo malo: al final todo queda convertido en un juego, ahora sí, de once contra once, donde sólo se escuchan las órdenes, voces, lamentos, quejidos, burlas, risas, exclamaciones. El sonido artificial sofoca el bramido de la turba. Si bien ese bramido, como ya dije aquí una vez, forma parte también del fútbol, parte esencial, su prolongación, hecha propaganda a través de los altavoces de los medios de comunicación (altavoces entre los que hay que contar ya también, por supuesto, las cuentas en redes sociales de los clubes y de los jugadores) adultera la competición cuando incide en la percepción de las cosas que tienen los que deben aplicar el reglamento al siguiente partido. La muerte civil, como digo, no empieza en el griterío del estadio, sino en la opinión creada, alimentada, inflada durante días en televisiones, radio e Internet, que se derrama como una amenaza muy física, muy tangible, sobre el árbitro del siguiente partido del Madrid.

Sin público, en cambio, la ley prevalece; la masa crítica puesta al fuego por los cocineros de la nomenklatura pierde pie porque en los campos no habrá nadie que le chille al árbitro y que se lo recuerde. Sobre todo, la ley prevalece más fácilmente porque ya no controla la instrucción del sumario audiovisual el realizador de Roures. Eso también ayuda.

Muchas veces se juzga con severidad a los árbitros. Los aficionados, y esto es entendible, descargan su frustración con el de negro, que suele estar siempre, para su desgracia, delante. Es el chivo expiatorio. Pero los árbitros son humanos y tienen sus motivaciones, motivaciones sobre las que suelen pesar también amenazas; todo, por lo común, muy mundano: designaciones para partidos importantes, descensos, carreras promocionadas o, por el contrario, congeladas…la culpa casi siempre es de quien no se ve, como demostró el caso del penalti a Vinícius el año pasado, el día de Reyes, contra la Real Sociedad.

A veces, las motivaciones no tienen nada que ver con la política, sino con algo más primitivo, más directo. Con la integridad física. El cine de mafiosos y narcotraficantes nos ha enseñado algo acerca de lo que puede influir en la voluntad de alguien la apabullante presencia de un grupo humano transformado en jauría. Guardiola lo aprendió al vuelo, por eso sus chicos, cuando entrenaba al Barcelona, elevaron a categoría artística y moral el acoso al equipo arbitral. A lo mejor se refería a eso Dani Alves con su reciente tuit, ese en el que decía que un día les enseñaron que tenían que hacer más, o no les alcanzaría. Para ganar, se entiende. La idea la captaron bien. Un estadio como San Mamés fue capaz de evitar un minuto de silencio en memoria de un asesinado por los terroristas de ETA, así que para qué hablar de lo que podría haber hecho con la decisión del árbitro, a instancias del VAR, de revisar la jugada del penalti a Marcelo. En ese griterío histérico que posee casi todos los campos de España cuando el Madrid juega para vivir o morir, hay un componente totalitario, despótico, cuya influencia sobre las decisiones arbitrales en los partidos decisivos de las Ligas en el alambre de las últimas tres décadas alguien, algún día, debería estudiar con rigor.

El silencio de España ayuda al Madrid, en efecto, por lo que tiene de inusual, de paréntesis en una dinámica muy asentada desde los años 90. Cumpliendo una ley básica de la vida humana, el vacío creado en la platea por el coronavirus ha permitido que entre un aire fresco y que se oreen las estructuras administrativas del fútbol español. A ver lo que dura, porque la proximidad de un nuevo título liguero del Madrid, y más un título imprevisto como este, está acercando al país a la guerra civil.