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Jugar en Múnich vs. jugar en Madrid

Jugar en Múnich vs. jugar en Madrid

Escrito por: Athos Dumas23 abril, 2018
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Para mí, el estadio Santiago Bernabéu fue siempre un fortín en competiciones europeas. Desde pequeño, asistí a gestas memorables, y numerosas remontadas épicas: Derby County, Inter de Milán, Celtic de Glasgow, FC Porto, Anderlecht, Borussia Mönchengladbach. Era la magia del Bernabéu. Los rivales empezaban asustados y llegaban presos del pánico a los minutos finales de los partidos. Y solían caer eliminados. En aquellos años, para el Madrid casi cualquier viaje por Europa representaba una visita al dentista, sin anestesia, en la que le arrancaban casi de cuajo dos o tres muelas cada vez: Múnich, Hamburgo, Kaiserslautern, por hablar de los viajes a Alemania, que resultaban auténticos calvarios. También recuerdo derrotas francamente penosas ante el Brujas belga, el Grasshoppers suizo, el Ipswich Town inglés, el Estrella Roja yugoslavo, equipos que hoy en día prácticamente no pintan nada en el concierto europeo. O dos derrotas muy dolorosas en finales ante el Liverpool (Copa de Europa en 1981) y el Aberdeen escocés, dirigido por Alex Ferguson, que todavía no era Sir (Recopa de Europa en 1983), en el año funesto en que conseguimos 5 subcampeonatos bajo el mando de Don Alfredo.

Los miedos en los años 70 y 80 de salir por los terrenos de juego europeos eran para hacer análisis casi freudianos. Se hablaba de las deficiencias de los nuestros a nivel físico (cualquier inglés, alemán, italiano, holandés, en fin, cualquier rival, era más poderoso, más fuerte, más alto, más todo que nuestros jugadores) y también a nivel mental: parecía que al salir de nuestras fronteras los nuestros se empequeñecían cual Alicia Liddell cuando mordisqueaba aquella galleta en la que estaba escrito “Cómeme”. Sólo la Quinta del Buitre pudo lograr dos entorchados menores (Copa de la UEFA 1985 y 1986) allende nuestras fronteras, siempre gracias a la protección y buenos augurios que emanaban de nuestro santuario de la Castellana. La culminación de aquellos viajes al extranjero fue el 5-0 que nos infligió el AC Milan en abril de 1989, enterrando para siempre la ilusión de una Quinta gloriosa -en España- de conquistar la Copa de Europa.

En los años 90 seguía la misma historia: eliminaciones dolorosas ante el Torino, el PSG (que no era el coco que es hoy en día), el Ajax de Van Gaal, por no hablar de la vergonzosa eliminación valdanista ante el danés Odense. La tendencia empezó a cambiar a finales de los cuando, cuando –por fin– cayó la ansiadísima Séptima, y el Bernabéu siguió siendo un jugador decisivo ante Bayer Leverkusen y Borussia Dortmund, mientras que conseguimos no perder –todo un hito- en las canchas alemanas, casi por primera vez en la historia.

La primera década de los 2000 tuvo de todo, con la Octava y la Novena, por supuesto (eliminando al Bayern varias veces y al Barcelona, por ejemplo), pero también con eliminaciones que recordaron las de tiempos pasados ante Mónaco, Arsenal, Roma u Olympique de Lyon.

Todo cambió al llegar Mourinho en 2010. Tras seis batacazos consecutivos en octavos de final, seis dolorosas caídas a la lona ante la Juventus, el Arsenal, el Bayern, la Roma, el Liverpool y el Olympique de Lyon, el técnico de Setúbal llegó al club y consiguió en su primera temporada volver a colocar al Madrid en una posición digna en Europa, logrando alcanzar las semifinales. No puede obedecer a una casualidad. Hubo realmente un cambio de mentalidad a la hora de afrontar las eliminatorias europeas, cosa que no había ocurrido ni con Luxemburgo, ni con Capello, ni con Schusterm ni con Juande Ramos, ni con Pellegrini. Demasiados técnicos diferentes, pero todos ellos con buenas plantillas, que no pudieron traspasar el triste umbral de los octavos de final.

Desde entonces, ocho semifinales seguidas, hito histórico en la máxima competición de Europa a nivel de clubs. Lo que me ha parecido sorprendente en las siete semifinales que van desde 2011 hasta 2017 es el escaso peso que ha tenido nuestro estadio en casi todas ellas. De hecho, en 2012, 2013 y 2015, pese a tener la vuelta en casa, y con resultados de ida no demasiado irremontables (2012 un 2-1 en Múnich, 2015 un 2-1 en Turín), exceptuando el 4-1 de Dortmund de 2013, el Real Madrid no pudo lograr el pase a la final, incluso tras haber tenido un 2-0 a su favor en 2012 (caímos en la famosa tanda de penaltis) y un 1-0 en 2015 a falta de diez minutos de la conclusión del partido, que echó por la borda Álvaro Morata con la colaboración de Iker Casillas. Estas dos eliminatorias no dudo que se hubiesen solventado en los años 80, con jugadores quizás de menos calidad o con más garra. O con un Bernabéu en modo caldera.

En 2011 caímos por la trampa de Dani Alves a Pepe en la que cayó el trencilla Wolfgang Stark. Aun así, la imagen en el Bernabéu había sido pobre por el conservadurismo del planteamiento. Dimos mejor imagen en el Camp Nou que en casa pese a la eliminación.

En 2014, el 1-0 en el Bernabéu, tras el dominio que tuvo el Bayern de Guardiola sobre los nuestros, fue la antesala del festival, 0-4, en el Allianz Arena. En los años 70, 80 y 90 esto hubiese sido impensable: tras un 1-0 en Madrid habríamos sido goleados sin piedad en el recinto bávaro, no tengo ninguna duda.

Algo más pesó el Bernabéu, aunque no como antaño, en la vuelta de semifinales ante el Manchester City de Pellegrini en 2016 (tras el 0-0 de la ida en el Etihad Stadium), pero fue tras un partido prudente y de control (jugábamos sin nuestra estrella Cristiano Ronaldo y fue un gran Bale quien lideró al equipo), desde luego no una de aquellas mágicas noches de “90 minuti son molto longo” del añorado Juanito Gómez.

Sólo en 2017 pesó netamente el Bernabéu en el devenir de la semifinal, cuando en una enorme exhibición de Cristiano, con hat-trick incluído, prácticamente finiquitamos el pase a la final frente al Atlético de Madrid con un inapelable 3-0.

Este año 2018 esperamos no volver a las andadas, y que sirva el aviso que recibimos en la vuelta de los cuartos de final, en la que, pese a que traíamos un aparentemente cómodo 0-3 del Juventus Stadium, la “magia” del Bernabéu tan solo apareció en el minuto 92, al arrollar Benatia a nuestro Lu