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James y el infame inglés

James y el infame inglés

Escrito por: Nacho Faerna30 septiembre, 2016

El domingo pasado John Carlin publicó en El País un artículo titulado “James es un cobarde: ¿sí o no?”. Lo abría con una cita de Shakespeare y lo ilustraba una foto del jugador colombiano entrenando con una camiseta del Real Madrid. El Bardo debe de estar hasta los laureles de que asociemos su nombre con cualquier tontería que se nos ocurra escribir, pecado del que me acuso yo mismo, que, sin ir más lejos, inauguré esta sección invocando la célebre arenga de San Crispín. Sin embargo, dudo que podamos encontrar un texto más infame que el de Carlin entre la miríada de los que se cobijan a la sombra de las palabras del cisne de Avon.

Ya el título de la pieza es una declaración de (ausencia de) principios, pero lo dejaremos para el final. Comienza el periodista inglés su racionado razonamiento afirmando de forma taxativa que “en cualquier ránking de los cien personajes vivos más conocidos del mundo la profesión más representada sería la del futbolista”. Dado que esta premisa es uno de los pilares sobre los que se sostiene, es un decir, el argumento de Carlin, hago una búsqueda en internet de alguno de esos ránkings. Cualquiera me ha de valer, tal como asegura el autor. Los primeros resultados me dirigen a la lista que anualmente confecciona la revista Time para elegir a los cien personajes más influyentes del mundo, y, vaya por Dios, entre ellos no se encuentra ningún futbolista. Es cierto que Carlin dice “conocidos” y no “influyentes”, pero es que no encuentro por ningún lado una clasificación exclusivamente de famosos. En la lista Forbes de las mayores fortunas tampoco aparece ningún futbolista entre los cien primeros, pero sí se cuelan varios, desde luego no una mayoría, en la de celebrities con las alforjas llenas; Cristiano también aquí por delante de Messi, por cierto. Ningún dato parece corroborar que la de futbolista sea (“de lejos”, como enfatiza Carlin) la profesión más representada en cualquier ránking de conocidos. De hecho, ni siquiera en la lista de deportistas más famosos del mundo que elabora la cadena ESPN los futbolistas son los más numerosos. Están prácticamente igualados con los jugadores de fútbol americano y ampliamente superados por los de baloncesto. Empezamos mal.

A continuación, el autor abunda en su –ahora lo sabemos– incorrecta premisa y afina su mala puntería para aseverar que en esa eventual lista de cien personajes vivos más conocidos, más apócrifa que hipotética, “nadie le disputaría los dos primeros puestos a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo”. Por ese orden. No me voy a detener mucho en esta presunción porque encuentro en ella el eco del apotegma de Xavi Hernández y, como comprenderán, me siento incapaz de añadir ni una coma a lo que ya escribió Número Dos sobre este asunto hace diez días. Aprovechen y relean a mi hermano, regocíjense. Sólo diré que en la lista de la ESPN, el primer lugar lo ocupa Cristiano y la Pulga se tiene que conformar con intentar saltar por encima de los más de dos metros de LeBron James, el segundo del ránking.

Pero no es LeBron el James contra el que arremete Carlin, sino el que se apellida Rodríguez y nació en San José de Cúcuta, Colombia, “el personaje más conocido y admirado de su país natal”, según el inglés. Ni siquiera la muy colombiana señora de Piqué puede en su opinión disputarle el título. Sofía Vergara, Juanes o el presidente Santos tampoco. Vale. No vamos a negar que James es muy conocido y admirado dentro y fuera de su país, y, con toda seguridad, el futbolista colombiano más famoso del momento, pero dudo sinceramente que eso le convierta en uno de los cien personajes más conocidos del mundo, así en general, como pretende Carlin que asumamos de manera axiomática. Porque pruebas ya hemos visto que no aporta.

james

Seguimos leyendo al periodista inglés y empezamos a entender de qué va la vaina cuando les reprocha a los futbolistas en general que se callen sus opiniones políticas. Aquí acierta de pleno. Es más difícil oír a un futbolista expresar públicamente sus preferencias ideológicas que encontrar a uno sin tatuajes. Las contadísimas excepciones que se han definido políticamente son mucho menos frecuentes que entre otros gremios de famosos, como el de los actores o el de los cantantes. Aunque viendo los chuzos que les llueven a actores y cantantes cuando se pronuncian, tampoco es de extrañar que los futbolistas se mantengan a cubierto. En general, es muy raro que un deportista de los llamados de élite reconozca abiertamente sus simpatías políticas, no digamos ya partidistas, y seguramente sería un síntoma de normalidad democrática que eso cambiara.

No dura mucho el consenso con Carlin porque en el siguiente párrafo se lanza de nuevo a dar por sentadas cuestiones con las que se supone que debemos comulgar incontestablemente. Los futbolistas callan sus ideas políticas, dice el inglés, “en algunos casos por simple ignorancia, en otros por falta de convicción, en todos por dinero”. En todos. O sea, siempre. Porque lo dice Carlin. Callan siempre, according to John, para no poner en riesgo sus contratos publicitarios. Y digo yo, ¿no cabe ninguna posibilidad de que los futbolistas no quieran compartir sus ideas políticas por algún otro motivo? ¿Para no disgustar a sus padres, por ejemplo, que a lo mejor piensan de otro modo? ¿Para ahorrarse discusiones con sus cuñados en las comidas familiares? Quizá no se pronuncien porque consideran que su opinión tampoco cuenta demasiado y que no merece la exagerada repercusión que tendría dada la enorme popularidad de que disfrutan. A lo mejor es simple prudencia. Ya hemos dicho aquí alguna vez que nos parece excesiva la ejemplaridad que se les exige a los futbolistas, a los que se pretende transformar en modelos para todos los niños del planeta. ¿Es compatible esa imagen beatífica con reconocer en voz alta a quién vas a votar? En fin, se me ocurren miles de razones por las que alguien puede decidir guardarse sus opiniones políticas. Carlin cree que en el caso de los futbolistas no; el motivo es siempre el vil metal. Deduzco que no será algo privativo de ellos, que si un personaje público cualquiera presta su imagen a una campaña publicitaria haremos bien en sospechar que a cambio de la pasta gansa está renunciando a decir lo que piensa; el inglés sugiere que es inimaginable que siga expresándose con total libertad, porque no querrá poner en riesgo sus contratos publicitarios. Yo qué sé, a lo mejor Carlin tiene razón. Después de todo a mí nadie me ha ofrecido nunca hacer publicidad de nada, no sé muy bien de lo que hablo. Al inglés, en cambio, lo he visto anunciando un banco. Quizá me toque envainármela y reconocer su mayor competencia en este particular. A lo mejor porque él sabe de lo que habla, concluye diciendo con sorprendente generosidad, dado el tono general del artículo, que “se puede entender” ese silencio de los futbolistas motivado por la pela. Pero la tolerancia de Carlin a este respecto tiene un límite.

Lo que Carlin no puede entender ni dejar pasar bajo ningún concepto, y por fin llegamos al meollo de su artículo, es que James no se pronuncie a favor del “sí” en el plebiscito que se va a celebrar el próximo domingo para refrendar o rechazar el acuerdo de paz entre las guerrillas de las FARC y el gobierno colombiano. Hasta ahora, según parece, el futbolista no ha dicho nada en los medios y eso le convierte, a ojos de Carlin, en un cobarde. De ahí el título de su pieza en El País. Dice el inglés: “no cabe ninguna duda de que si la estrella del Real Madrid sigue el ejemplo de Nairo (ciclista colombiano ganador de la Vuelta a España, que se ha declarado a favor del acuerdo) el resultado del plebiscito dejará de estar en cuestión. El “sí” arrasa”. ¡Qué capacidad de influencia la de James! Una palabra suya bastará para convencer a todo un país. ¿Y cómo es que los de Forbes no lo incluyen en su lista?

Con lo fácil que habría sido que el periodista inglés, de madre española y por tanto perfectamente bilingüe, hubiera añadido un pronombre a su categórico juicio: “no ME cabe ninguna duda…” Es evidente que la omisión no es inopinada, que Carlin quiere hacer sentir a James todo el peso de la culpa si el resultado de la consulta no es el que él considera deseable; si albergan alguna duda, lean: “James tiene una semana (desde el pasado domingo) para demostrar si le interesa más el dinero que el bien común colombiano, si es un cobarde o un valiente”.

He empezado calificando de infame el artículo de Carlin. La frase que acabo de entrecomillar creo que justifica con creces el calificativo y su aplicación no sólo al texto sino a su autor. James no sólo es colombiano, supongo que tiene a buena parte de su familia allí; insinuar que pudiendo evitar sufrimientos a sus compatriotas y seres queridos con tan sólo expresar su opinión favorable al acuerdo no lo hace para no comprometer sus ingresos publicitarios, no es únicamente una infamia, es una estupidez. Si votar a favor del acuerdo es apostar por la paz y hacerlo en contra condenar al país al terror, ¿qué marca de ropa deportiva, qué compañía en el mundo a la que James pueda prestar su imagen, cancelaría el contrato con el futbolista por declarar públicamente su apoyo al “sí”? No conozco en profundidad el acuerdo entre las FARC y el gobierno, pero ¿seguro que los partidarios del “no” carecen por completo de razones defendibles? Imaginemos por un momento, y no digo en absoluto que ese sea el caso, que James se encontrara entre los que miran con escepticismo los términos del acuerdo, ¿qué le parecería a Carlin que el futbolista hiciera pública su opinión? ¿Dejaría James de ser un cobarde? ¿Dejaría de serlo al precio de convertirse en culpable de lo que pasara a continuación en su país? ¿En serio? ¿Piensa Carlin que James tiene de verdad ese poder, y, sobre todo, esa responsabilidad?

El último párrafo de su artículo remata la faena:

“El escenario ideal sería el siguiente: James marca un gol para el Real Madrid entre hoy (por el pasado domingo) y la noche del domingo 2 de octubre, se quita la camiseta y revela ante el mundo otra debajo que pone: “Sí a la Paz”. Sería, con muchísima diferencia, el gol más importante de su vida. Sería su oportunidad de pasar a la historia no solo como un gran futbolista, también como un gran hombre”.

Ahí es nada. O James hace lo que le dice Carlin, o será un cobarde. Un cobarde, recordemos, al que “le interesa más el dinero que el bien común colombiano”. No cuesta mucho reducir al absurdo el delirante argumento del inglés: Zidane tiene la obligación moral de alinear al colombiano. Lo hizo el martes frente al Dortmund y más le vale que lo haga el domingo ante el Eibar. Como no lo haga, será cómplice de James en su negativa a favorecer el proceso de paz en Colombia. Y con él Florentino, el ministro en funciones García-Margallo, el rey Felipe VI y Ban Ki-moon, por no tomar cartas en el asunto.

Cabe también otra posibilidad, que no quiero pensar que Carlin haya podido contemplar. Tal vez, quién sabe, James tenía previsto hacer algún gesto en el partido contra el Eibar. Aprovechando la diferencia horaria con Colombia, siete horas menos allí, puede que planeara aprovechar la increíble audiencia de cualquier partido del Real Madrid para hacer llegar al mundo su opinión, la que sea, justo el día en que se va a celebrar el plebiscito. ¿Se dan cuenta? Si tal cosa ocurriera, el crédito se lo llevaría Carlin, que inevitablemente parecería haber agitado la conciencia del jugador colombiano con su admonitorio artículo. El inglés pasaría entonces a la historia no sólo como un gran periodista, también como un gran hombre.

No sé, ¿qué piensan ustedes? Carlin es un infame: ¿sí o no?

Numero Tres

Nacho Faerna, el tercero de los Faerna, es guionista y novelista. O sea, que le pagan por mentir, pero tuitea gratis en @nachofaerna y @galernafaerna. Se toma muy en serio sus placeres. El Madrid es uno de ellos.

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