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La ingle de Illgner: Una reivindicación

La ingle de Illgner: Una reivindicación

Escrito por: José María Faerna16 julio, 2015

John Toshack se sentó en la sala de prensa del Bernabéu luciendo bronceado de bon vivant y ese aire tongue in cheek de los británicos cuando hacen algo tan extravagante como hablar lenguas foráneas. “Hay un problema con la ingle de Illgner”, le espetó al micrófono aliterando que es gerundio y paladeando ese bosque de eles salpicado de es mucho más abiertas de lo que la prosodia castellana prescribe. Toshack parecía muy divertido; galés de nación –el futbolista más importante que dio el país del rugby hasta la llegada de Ian Rush, que a su vez ostentó el título hasta que Gareth Bale irrumpió como un búfalo en White Hart Lane y subió al Olimpo de Chamartín–, seguramente acababa de descubrir que en español groin suena extrañamente parecido a "inglés", aunque la verdad es que Toshack siempre parecía divertirse mucho. Era un día de septiembre de 1999 y el galés anunciaba mientras se rascaba la sotabarba el primero de los lances de azar que han marcado la carrera de Iker Casillas, el mejor portero que ha tenido el Madrid desde el origen de los tiempos hasta el día de hoy.

Bodo Illgner era un portero de postín. Había sido campeón del mundo con Alemania en el 90, estaba iniciando su cuarta temporada en el club y le había cerrado definitivamente el camino de la titularidad a Cañizares, que se fue al Valencia. Toshack no parecía demasiado preocupado por aquel problema de abductores –en realidad, hago memoria y no consigo recordar a Toshack preocupado nunca. Yo diría que parecía aliviado porque Albano Bizzarri, el suplente que había llegado de Racing de Avellaneda con el runrun de joven portero con proyección, también estaba lesionado. Más que proyectarse, Bizzarri se había empeñado en estrellarse comportándose bajo palos como Peter Sellers en un guateque, así que tampoco sorprendió que al galés impasible la perspectiva de salir a San Mamés el domingo con un chaval inédito de dieciocho años en la portería le pareciera razón suficiente para volver a concentrarse en mejorar su approach en los campos de golf, asunto mucho más enjundioso para él que la pejiguera de andar haciendo alineaciones domingo a domingo. El resto ya es historia. El chaval resultó ser un portero fresco y distinto, un tipo de reflejos inverosímiles, que salía al uno contra uno con las manos por delante, algo que los porteros hacía al menos diez años que habían dejado de hacer.

Luego vinieron más episodios de chiripa: la lesión de César en plena final de Glasgow, cuando un Del Bosque conservador había decidido que el chico hiciera la mili en el banquillo; la enigmática conjura de un frasco de colonia contra los metatarsos de Cañizares en la concentración del Mundial, y, finalmente, el encuentro de la bota de Arbeloa con los metacarpos del muchacho ya transformado en leyenda que destapó la caja de los truenos un día de principios de 2012. Como argumentaba férreamente aquí Número Dos la semana pasada a sensu contrario, el fútbol es cosa de azar, materia de cuentos, que no de cuentas. Yo no vi a Di Stéfano, pero vi la sombra de Lev Yashin, la araña negra, a punto de la retirada. Vi también a Gordon Banks, a Sepp Maier, al Txopo Iríbar, a Dino Zoff, a Oliver Kahn. A todos los que han sido alguien bajo un larguero en los últimos cuarenta años he visto yo, pero a ninguno, oídme bien, a ninguno vi parar las cosas milagrosas que todos hemos visto parar a Casillas.

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Pero basta, que esto no es una necrológica. Como vengo avisando desde el título, es una reivindicación. No venía yo aquí hoy a glosar la carrera de Casillas. Al cabo, los que convalidan los pitos infames que han acompañado su última temporada madridista siempre empiezan por reconocer lo que fue aunque solo sea para dar más relieve a la mala caricatura que encierra esa frase letal: con todo lo que nos ha dado. En esta misma Galerna escribía hace un par de días Paul Tenorio en un ensayo muy bien articulado que “existió un periodo, conviene no negarlo, en que Casillas fue el mejor”. Repárese en la sabia elección del verbo y de la lítote: conviene no negarlo, aunque solo sea para coger carrerilla antes de atizarle. La demolición de Casillas no es un episodio de ingratitud sino un esplendoroso e irresponsable gargajo contra el viento. Hace años le oí a Guillermo Cabrera Infante contar la prueba a que sometían a los sospechosos de locura en su pueblo natal del Oriente cubano. Los conducían a la casa del herrero, les hacían poner los huevos sobre el yunque –ignoro qué hacían con las locas presuntas– y empuñar el martillo. “Si no se machacaban los huevos es que no estaban locos”, concluía Cabrera Infante y con él sus muy esclarecidos paisanos. Pues bien, un sector del madridismo que no es necesariamente estúpido porque, entre otras cosas, sabe expresarse con la alta exigencia sintáctica que impone escribir en La Galerna, parece haber decidido que nos machaquemos virtualmente los huevos. Los propios y, de paso, los del vecino de abono.

La leyenda de Casillas es patrimonio del madridismo, no importa si aquel ha gestionado mejor o peor su decadencia, cosa que, probablemente, ha hecho más mal que bien. Es como si para defender el  laicismo montáramos una campaña para echar abajo la catedral de León porque el metro cuadrado de oficinas cotiza más en el mercado inmobiliario que el metro cúbico de penumbra gótica coloreada. Cada cosa en su sitio, amigos.

Y bien, ¿entonces qué quieres, que por ser monumento histórico-artístico se le hubiera blindado la titularidad hasta el día del juicio?, se preguntará alguno legítimamente. Obviamente, no. Con ese argumento, Don Alfredo o Gento tendrían que haber jugado hasta en silla de ruedas. Se ha convertido en artículo de fe que Casillas ya está acabado. Es más, que ya lo estaba en 2011, cuando no tenía los treinta y cuatro años de ahora –que no son invalidantes para un portero, por cierto– sino cuatro menos. No soy lector de prensa deportiva porque tengo buen gusto y soy un hombre ocupado –quién necesita leerla, además, desde que el patrón Bengoechea inventó La Galerna y el portanálisis para librarnos de todo mal–, pero no recuerdo que en aquellas fechas remotas nadie hablara de la decadencia de Casillas que tantos ven ahora en perspectiva. Me habría gustado que Iker envejeciera en el Madrid, como vi envejecer en su tiempo a Gento. En el banquillo, si es que el entrenador de turno, el único facultado para ello, así lo hubiera decidido. Al cabo, él también jubiló a un campeón del mundo, es ley de vida. Pero me habría gustado que tuviera la oportunidad de reivindicarse, de defender su titularidad en los entrenamientos. Eso se había convertido ya en un objetivo imposible. ¿O es que en los pitos inducidos de la última temporada no opera el mismo mecanismo vudú que en La Galerna se ha descrito más de una vez con respecto al As y a Bale, por ejemplo?

La acusación más que hinchada de traición es quizá el episodio más incomprensible de este triste asunto. ¿De verdad el intento de rescatar las relaciones personales entre algunos viejos compañeros de la selección es un acto de leso madridismo? ¿Acaso alguien tiene las grabaciones de aquellas conversaciones telefónicas para demostrar con ellas que Casillas nos bajó los pantalones a todos?¿En qué se diferencia esa construcción fantástica de las hernias y las ouijas de los sospechosos habituales? ¿Acaso después de aquello no mejoró el rendimiento del equipo en los clásicos, más centrado en ganar el partido que en morder el anzuelo de todas las tanganas? ¿Aportaba más Pepe comportándose como la niña del exorcista que ahora, convertido en un central hecho, derecho y aplomado? Ni siquiera creo que la culpa sea de Mou, aunque es evidente que le tenía ganas. Él no lo sacó realmente del equipo, lo sacó una lesión. Mantener el resto de la temporada a Diego López fue una decisión opinable pero legítima porque lo estaba haciendo bien.

El resultado es desastroso. La catedral de León, con mal de la piedra. El club, encharcado en el manejo patoso de las habilidades sociales, por más que objetivamente se ha comportado generosamente con Iker en la salida indemnizándole aunque no lo haya despedido –eso dice Florentino y el interesado no lo ha desmentido, así que habrá que creerle. Y abocado a una situación deportivamente absurda: ¿No estaba la portería bien cubierta con Iker y Keylor y que a quien dios se la dé Benítez se la bendiga? Ahora andamos por ahí obligados a invertir en un portero cuando hasta los lactantes saben que lo que necesitamos son centrocampistas bien forrados para escoltar a Kroos y a Luka, que no dan abasto. Solo queda encargarle misas y rogativas al Padre Suances para que si el Oporto se nos cruza un mal miércoles europeo, el síndrome Morientes-Morata no devenga síndrome Morientes-Morata-Casillas y, sobre todo, para que el madridismo sepa mantener los huevos lejos de los yunques. Que candidatos a blandir martillo no faltan.

Número Uno

 

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

13 comentarios en: La ingle de Illgner: Una reivindicación

  1. Muchisimas gracias por este articulo!!!Enclarece e intenta unir a Mourinhistas y Casillistas. Gente como usted necesita el Madrid porque hay que sumar y no restar!!!!

    1. Amigo Makarov, creo que yerra usted: no hace falta unir a Mourinhistas y Casillistas, pues ya estamos unidos en algo mucho más grande que la suma de las partes: el madridismo.